Se refiere, entre otros tópicos, al extraordinario avance de la tecnología en nuestro tiempo, que ha llegado a ser capaz de concentrar multifunciones en un solo dispositivo, sustituyendo complejos aparatos físicamente mayores.

Destaca la gigantesca red de centenares de millones de conexiones permanentes de alta velocidad, con gran movilidad para un mundo de relaciones sin restricciones de espacio y tiempo, imprescindible para la vida actual.

El impacto de esa colosal red es una acumulación exponencial de la información, se multiplican los datos sobre fenómenos conocidos o desconocidos. Esas conexiones nos permiten producir, procesar, transmitir y almacenar información. Estamos tan inundados de información que es casi imposible su dominio para la mente humana.

Con todo, algunos especialistas se atreven a dar por sentado que estas nuevas herramientas para manejar y acceder a la información van a convertirnos en personas mejor informadas, con más opinión propia, más independientes y más capaces de entender el mundo que nos rodea. Hipotéticamente se vuelve realidad la utopía de la sociedad del conocimiento. La neurociencia considera al conocimiento como un producto, resultado de operaciones internas del cerebro a partir de información provista por nuestros sentidos y de la que ya poseemos; esta combinación elabora estructuras que nos permiten estudiar, interpretar y ser conscientes de todo lo que nos rodea. Únicamente por medio de la razón podemos acceder al conocimiento.

Peter Drucker, en 1969, sostuvo que el conocimiento es un valor de cambio como el capital y el trabajo, siempre que permita su aplicación exitosa en los procesos productivos.

Con estos planteamientos resulta preocupante para los educadores comprobar en la vida diaria la preferencia por lo prefabricado. En las aulas comprobamos la falta de capacidad crítica de nuestros estudiantes, jóvenes que pueden soportar cinco horas de un concierto de rock con altos decibeles de sonido, pero que no soportan 50 minutos de la clase más interesante o de una conferencia; pasan horas conectados a internet, Facebook o a su celular y uno se pregunta si de veras se fomenta en alguna forma su conocimiento.

Cuando el profesor pide que lean un texto de cuatro páginas, difícilmente logran concentrarse, todo tiene que ser digerido, resuelto, de cortar y pegar o simplemente de recopilar. Pareciera que vivieran en un universo paralelo de ocio y diversión, desconectados de la realidad.

En el otro extremo, dice Brey, encontramos un alto nivel de especialización en los expertos al servicio del proceso productivo o comercial, pero que su conocimiento no fluye hacia la sociedad en general, ignoran los conocimientos de otras áreas próximas a su trabajo.

En las universidades es mínimo el número de estudiantes inclinado por las áreas del saber puro, como la física, la matemática, la filosofía y la antropología. Carreras preferentes son las ciencias empresariales y la informática, aunque haya una baja oferta de empleo para los egresados.

Afortunadamente, algunas instituciones de educación superior hacen esfuerzos por corregir u orientar estos niveles de entrada con metodologías modernas, aplicación de tecnología, capacitación, organización administrativa y otros; sin embargo, la familia, la escuela y el medio en general están limitados por factores sociales, económicos y políticos cuya repercusión esperamos que no alcance las dimensiones que menciona Giovanni Sartori (Italia, 1924): “El homo sapiens, un ser caracterizado por la reflexión, por su capacidad para generar abstracciones, se está convirtiendo en homo videns, una criatura que mira, pero que no piensa, que ve, pero no entiende”.