Es una bendición y un misterio divino ser mujeres... Somos las “idóneas”. Fuimos creadas para la conciliación, la reconciliación, el ordenamiento, el consuelo, la energía, la esperanza, la alegría y el espíritu de lucha a proyectar hacia los hombres, hacia la niñez, la adolescencia y la juventud; recordando que los varones, sin importar edad ni ninguna otra condición, son para siempre “niños” que demandan de nuestra “idoneidad” para vivir, mientras que nosotras, como decía mi abuelita, “somos más animalas”, en el buen sentido de la expresión, sin importar si somos o no letradas o versadas en esto o aquello. ¡Y para que más les pese, entre más viejas, más listas!

Recordado lo anterior, queridas mujeres, sería bueno que en lo posible nos atendamos y nos consideremos entre nosotras mismas. Si la vorágine del tiempo nos coloca en algunas desventajas, justo es que entre todas manejemos un espíritu de confraternidad y nos valoremos mutuamente como lo que efectivamente valemos y pesamos; que cuando alguna caiga, siempre haya dos brazos femeninos fuertes para ayudarla a levantarse; que entre nosotras las risas y las lágrimas sean compartidas porque juntas somos más fuertes...

Por ejemplo, en un bus, antes de levantarnos, llamar a otra mujer que va parada y darle el asiento, para que no caiga sentadote alguno de los muchos inconscientes que ahí viajan. Si alguna mujer lleva paquetes, igualmente ayudarla; esto, para soliviar a la prójima y para no amontonar más karma sobre los ingratos que van cerca, que perfectamente se pueden sentar ellos sin considerar la fragilidad física de las mujeres... Puédese hacer la excepción de señores ancianos y frágiles.

¡Es feo que algunas parejas jóvenes, sentadas, vayan magullándose delante de la gente, y talvez una anciana va cerca, parada: ni la muchacha (que talvez llegue a vieja), ni el hombre, que a lo mejor tuvo madre y abuela, “se mosquean”, como se dice: ambos siguen en su faena y no se les ocurre posponerla para practicar el noble valor del respeto y la consideración hacia la ancianidad.

Mujeres: cuando Dios nos dé la oportunidad de honrarle en ciertos puestos de trabajo, ayudemos a nuestras prójimas en el turno de pasar, llenarles formularios, explicarles procedimientos, facilitarles sus trámites, representarlas, defenderlas, medicarlas, etcétera; porque debemos recordar que es cierto que somos fuertes, hábiles y más, pero también somos de carne y hueso, tenemos nuestro corazoncito –¡y en el lado izquierdo!–. Y muchas veces nos desplomamos moralmente, y es solo Dios por medio de sus escogidos quienes nos pueden levantar.

Si se acabó la caballerosidad y otros valores que antaño nos inculcaron, pienso que para iniciar o retomar el bien no hay época específica, podríamos iniciarnos en la mutua ayuda femenil, obviando lo que aquel cantara: “Por ellas aunque mal paguen”, y que nuestro eslogan sea: “Por ellas aunque ni paguen”, pues ante la satisfacción del deber cumplido, la mejor paga es la satisfacción.