Los dirigentes partidarios y los candidatos a cargos de elección popular lo hacen todo el tiempo, algunas veces por descuido, otras veces por ignorancia y, en muchas ocasiones, también por conveniencia.
 
Por su parte, los periodistas y entrevistadores de radio y televisión fomentan esas malas prácticas discursivas con su manía de encajonar a los actores y analistas políticos en categorías simples que, según ellos, la gente puede comprender fácilmente. Pobre de aquel que no esté dispuesto a mutilar su pensamiento para hacerlo coincidir con alguna viñeta preestablecida. Como mínimo, lo acusarán de indefinido o evasivo. 
 
Cada viñeta acarrea juicios de valor, favorables o desfavorables según la ideología de quien las utiliza. Recuerdo que en tiempos del conflicto armado, algunos bravos militantes de las organizaciones que formaban el FMLN se referían a sus aliados del FDR como “los democráticos”, con una connotación poco disimulada de escarnio o, en el mejor de los casos, con una actitud condescendiente hacia esos amigos serviciales pero débiles en sus convicciones revolucionarias.
 
De igual manera se usan los términos “izquierda” y “derecha”, cada uno con tono de acusación o de orgullo según quien los pronuncie. Son categorías que han ido quedando desprovistas de valor analítico, porque carecen de un significado claro y no dan cuenta de los posicionamientos sobre temas que han ido apareciendo en el debate político en años recientes y hace sólo dos o tres décadas no ameritaban siquiera una mención en la propaganda o en los planes de gobierno.
 
El uso de esos términos en la actualidad oculta además importantes cambios en los posicionamientos de los partidos que se autodefinen como de izquierda o de derecha. El respeto a las libertades políticas y civiles, por ejemplo, siempre había sido una bandera de la izquierda; pero a consecuencia de los experimentos del socialismo bolivariano y del ascenso al poder de las viejas izquierdas, cada vez es más frecuente ver a agrupaciones catalogadas como de derecha defendiendo esos derechos ante los embates de partidos de izquierda contra la institucionalidad democrática.
 
Que ARENA y el FMLN vivan en constante pleito de perros y gatos no significa que el país esté polarizado. La mayoría de los ciudadanos, lejos de ser atraídos avasalladoramente por las posiciones extremas en una supuesta polarización, tienden a alejarse de ellas. No son los fanáticos los que dictan la pauta.
 
Es cierto que la votación siempre termina repartida entre ARENA y FMLN, pero al menos un 
40 % de los votantes, talvez más, no se identifica con ninguno de esos proyectos políticos. La persistencia del bipartidismo electoral no es reflejo de una polarización social, sino consecuencia de las percepciones de viabilidad que derivan de la abismal diferencia de recursos entre los partidos “históricos” y los pequeños o emergentes.
 
Esa es la razón por la que nuestro país ha sido visto como tierra fértil para terceras vías, pero ello no significa que cualquiera que intente ponerse en medio de ARENA y el FMLN puede efectivamente constituirse en una opción política real.
 
El gran error de los ideólogos del movimiento Unidad, encabezados por Joaquín Villalobos, está en creer que basta con ponerse en medio, adjudicándose una viñeta de derecha provocativamente adornada con el adjetivo “antioligárquica”.
 
La gente difícilmente olvidará que los tres partidos que sustentan ese movimiento han apoyado consistentemente al FMLN, es decir, son parte de uno de los polos en esa polarización de la que ahora pretenden librar al país con su mágica presencia. Pocos salvadoreños van a prestarse a combatir a los oligarcas de antaño solo para allanarles el camino a nuevos oligarcas.
 
En nuestro país, la lucha política se está librando en el nivel más fundamental (“down to the wires”, como dicen los gringos). La única polarización real se da entre los que defienden la institucionalidad democrática y los que atentan contra ella favoreciendo esquemas, leyes y proyectos autoritarios.
 
Los que han alimentado ese tipo de enfrentamiento no pueden asumir, por arte de palabra demagógica, un rol de redentores. En esta lucha la gente no quiere paños tibios sino una clara definición en favor de la democracia.