En Centroamérica hay un gran debate sobre si se debe o no despenalizar el uso y tráfico de marihuana. Hay en la región una callada atracción para legalizar, al menos, la marihuana. Funes ha dicho que no está de acuerdo; Pérez, que sí.
Fumé cigarrillos “blancos” como prostituta, necesitada de dinero, mientras espera clientes. Creo que llegué a fumarme como 60 cigarrillos al día. Eso era, como me decía un buen amigo que perdí, hace algunos años, como correr detrás del escape de un autobús con 30 años de decrepitud y vejez. Quizá por eso un día amanecí en un hospital con el corazón un poco dañado. Si hubiese fumado marihuana, tal vez me hubiera ido mejor. Pero, en fin, ya no puedo hacer nada para cambiar el destino.

Aunque no he fumado nunca marihuana, tuve amigos en la universidad que la inhalaban como si el aire de todo el planeta se fuese a acabar. Solo les faltaba comerse una hamburguesa de picadura de marihuana para coronarse como adictos plenos.

Yo disfrutaba, eso sí, ver a mis compañeros atontados y con los ojos rojos después de fumarse no sé cuántos cigarros de marihuana. Y después tenía que soportarles las hambrunas que les entraba cuando el efecto les pasaba. ¡Se querían tragar un cerdo entero! La diferencia es que el cigarrillo no me atontaba ni me sacaba de circulación.

Sospecho que, como siempre fui medio “nerd” y un fuerte candidato a autista, tal vez no sentí nunca la necesidad de fumar de ese tipo de mecha. Dos vicios habrían sido catastróficos en mi vida; aunque, en esa época, no fumar marihuana era estar fuera de onda en la universidad.

En Centroamérica hay un gran debate sobre si se debe o no despenalizar el uso y tráfico de marihuana. Hay en la región una callada atracción para legalizar, al menos, la marihuana. Funes ha dicho que no está de acuerdo. Otto Pérez dice que sí. Tímidamente, otros gobernantes quieren legalizarla. Ahora que se conoce que Hugo Martínez, el canciller salvadoreño, será el nuevo gurú de la integración (se habría roto el empate entre El Salvador y Panamá), tendrá que atender ese intenso debate interno, con una posición más neutral.

Hay mil argumentos para favorecer la despenalización del uso de la marihuana. Estados Unidos le tiene horror a eso. Yo, honestamente, no tengo una posición clara sobre el tema. He visto a tanta gente atolondrada por el uso de la marihuana (otras se pasaron a drogas mayores) que no estaría seguro de votar “sí” a la legalización. Creo que los únicos que se harían ricos con eso serían aquellos países del área que le imiten la buena semilla a los jamaiquinos. Dicen que aquí hasta abonan la marihuana con leche.

En otras ocasiones tiendo a pensar como Sun Tzu: “La guerra es como el fuego. Los que no deponen las armas son consumidos por ellas”. Y pienso así porque, honestamente, no creo que nadie en Centroamérica le gane la guerra al narcotráfico. Cada vez ponemos más muertos, más violencia, más recursos, para tratar de evitar, sin éxito, que a los jóvenes estadounidenses no les lleguen ese tipo de drogas.

Lo que no me gusta en esa guerra es que los centroamericanos pongamos los muertos, el dinero y hasta los policías para evitar que los jóvenes estadounidenses se droguen, a cambio de absolutamente nada. Por eso me gusta otra propuesta: si quieren que paremos las drogas, paguémonos lo suficiente por cada decomiso. Ya estamos cansados de poner hasta a los muertos en ese descomunal desmadre.

Peor aún: cuando los narcos y los buenos nos damos de balazos, entonces las embajadas de Estados Unidos tiran una alerta: “No vayan a Centroamérica, porque ahí se están matando”. El cinismo, en todo eso, es que nos matamos para sanar a los jóvenes estadounidenses y no recibimos nada a cambio. Por eso es que tampoco me disgusta que se legalice la marihuana. A pesar de eso, argumento heroico no hay en ese tema.