Como hemos señalado en esta misma columna de opinión, la realidad suele ir delante del pensamiento. La realidad es cambio permanente, mientras que las costumbres, las ideas, los paradigmas, no lo son. Sea en las ciencias, en las artes o en las religiones, los grandes pensadores, los innovadores de ideas, los descubridores, son aquellos que logran poner a la par el pensamiento a la realidad, e incluso adelantarse a esta.

La compleja realidad socioeconómica de nuestros días demanda actualización del pensamiento económico. Si queremos comprender mejor la trama intrincada de variables, la densa red de relaciones e intereses, la amplia gama de nuevos actores que existen hoy en día dentro de nuestras economías, tanto analistas económicos o economistas, sea que se consideren de “derecha” o de “izquierda”, tenemos que atrevernos a remover nuestros pensamientos, comenzar a superar nuestro paradigma económico.

Del lado de los que se consideran de pensamiento económico de “izquierda”, de los que se arropan del cambio, no se puede seguir interpretando la realidad desde esquemas y conceptos rígidos, como lo fueron aquellos que inspiraron hace más de 40 años el pensamiento económico y sociológico de izquierda, como el “Manual de Economía Política” de Lapidus y Ostrovitianov, o “El Materialismo Histórico” de Marta Harnecker.

Hace poco tuve la oportunidad de participar en un panel organizado por jóvenes universitarios estudiantes de economía en la UCA. Quedé realmente impresionado cómo en algunos jóvenes, que se supone son portadores de ideas frescas, rezaban viejas frases e ideas, provenientes más bien de un “catecismo” que de un pensamiento económico”, el cual seguramente sus autoridades o profesores les han inculcado, y asumido sin mayor espíritu crítico.

La tesis central de ese paradigma era: el neoliberalismo es el culpable de todo, es la explicación de todo, es la raíz de todo mal, así como en cierto paradigma religioso el Diablo es el culpable de todo mal. Pensada fácil y cómoda, “teología económica” donde todo se explica por la lucha entre el bien y el mal. Pereza mental.

Pregunté entonces a los jóvenes portadores de esa idea si sabían qué era el neoliberalismo y me definieran sus características. Con dificultad e imprecisión proporcionaron algunas de ellas. Acto seguido pregunté si en El Salvador había predominado el neoliberalismo. Respondieron sin duda que sí. Entonces hice preguntas como las siguientes: ¿Acaso es neoliberalismo que la banca nacional recién privatizada se haya desarrollado bajo las faldas protectoras del Estado? ¿Acaso es neoliberalismo que muchos capitales se hayan amparado en la protección del Estado y no en la competencia/eficiencia para posicionar sus monopolios en el mercado? ¿Acaso fue una medida neoliberal que haya sido la intervención directa del Estado la que nos trajo la dolarización y no la necesidad o el libre juego del mercado? ¿Acaso hubo durante buen tiempo acceso justo y parejo a las importaciones cuando algunos importadores bien conectados al Estado se beneficiaron de aranceles bajos en detrimento de sus competidores?

Entonces, ¿bajo esa forma de funcionamiento económico se puede decir que las políticas neoliberales fueron las predominantes y las culpables de todos nuestros demonios económicos? La evidencia de lo que pasó me dice que no. En todo caso fue un híbrido, sobre el cual habrá que hacer un esfuerzo por definir mejor sus contornos y contenidos.

El pensamiento económico de los estudiantes, si no quiere lindar con el catecismo económico, tiene que tener la capacidad crítica de cuestionar y poner en duda los dogmas y rezos repetitivos de sus autoridades y profesores. Como también lo señalé en esta columna de opinión, no solo la fe sino también la duda mueve montañas. Si no queremos permanecer en el “pensamiento congelado” debemos esforzarnos por ir al encuentro de un paradigma económico que sepa captar mejor la complejidad y los cambios de nuestra realidad económica, que ya no es para nada la misma de hace 20 años. Necesitamos de jóvenes rebeldes y no de jóvenes arrodillados al arrogante catecismo económico desfasado de sus maestros.