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Mediodía. Concepción Torres ha preparado chilipucas y un rimero de tortillas como almuerzo. A su hijo no le gustan, preferiría comer pollo todos los días.

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  • Mediodía. Concepción Torres ha preparado chilipucas y un rimero de tortillas como almuerzo. A su hijo no le gustan, preferiría comer pollo todos los días.

  • Urgencia. Roberto Torres, de 32 años, dice estar desesperado por trabajar. Lamenta ser analfabeto.

  • Mediodía. Concepción Torres ha preparado chilipucas y un rimero de tortillas como almuerzo. A su hijo no le gustan, preferiría comer pollo todos los días.

  • Alternativa. La chilipuca, un frijol oriundo de Centro y Suramérica, es llamado “la carne del pobre” por sus cualidades nutricionales, con alto valor en hierro y proteínas.

  • Apetecer. Concepción preparó chilipucas como almuerzo. Su hijo preferiría pollo.

  • Hogar. Cerca de Guaymango vive Juana Chávez y sus tres hijos varones. El mayor, de 13 años, viaja hasta Apaneca para recoger el café que botan al suelo los pepenadores.

Mediodía. Concepción Torres ha preparado chilipucas y un rimero de tortillas como almuerzo. A su hijo no le gustan, preferiría comer pollo todos los días.
Fotografías de Rony González

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asi es mediodía. Y parece que muy pronto habrá almuerzo. Del tejado, que se asemeja a la tapa de una vieja cafetera, ha empezado a escaparse un hilito de humo blanco... De espaldas, frente a un fogón de leña, Concepción Torres —una morena de 36 años— cocina algo para su prole. Una que está compuesta por sus dos hijos, su marido, su mamá y un hermano de 32 años.

—Ya casi está listo el almuerzo... —anuncia Concepción, sin dejar ver qué ha preparado en su pequeña y ennegrecida cacerola.

José, su esbelto hijo de 12 años, la escucha sin emocionarse. Ni siquiera se acerca a la olla, para intentar destaparla y saber qué es. El niño prefiere enterrar su mirada en el árido paisaje cuajado de lomas, unas totalmente pelonas y otras moteadas de milpas y maicilleras requemadas por el sol. De hecho, su papá , en este mismo momento, siega maicillo, en un parcela vecina, a cambio de $3 por una jornada de 6 de la mañana a 4 de la tarde.

Este exiguo ingreso —por familia— es lo estandarizado en Guaymango, un pueblo recostado en la costa aserrada del departamento de Ahuachapán. En 2005, el FISDL (Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local) ubicó a Guaymango en el “top 15” de los poblados más pobres de El Salvador. Eso le acarreó la asistencia de más de 19 organismos de ayuda social nacionales y extranjeros. Sin embargo, programas como Libras de Amor y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) continúan ubicando a Guaymango (y a muchos otros municipios) como uno de los que más padecen desnutrición. Un 37% de sus niños estaría sufriendo delgadez, corta estatura, retraso intelectual, alimentación deficiente...

Lo que se cocina y come en cada hogar salvadoreño es tan íntimo y potencialmente revelador que casi raya en el tema tabú. Cabe en el imaginario o en las estadísticas. Contradictoriamente, Concepción Torres, la jefa de este hogar, se abre en el tema, a pesar de que no quiere revelar aún qué ha hecho de almuerzo. Ella afirma que rara, muy rara vez , sobre su mesa hay carne o leche para merendar. “Aquí, si al caso, a veces compramos cuajada o tilapias (pescado) cuando hay pisto. El problema es que en Guaymango no hay trabajo. A veces consigo un trabajito de limpiar casas o lavar unas grandes volcanadas de ropa por $3 el día. Para colmo, aquí nadie sabe leer, solo mis dos hijos.” De hecho, su hermano menor, Roberto, de 32 años, dirá que ya ha viajado a San Salvador en búsqueda de trabajo y se le ha dificultado más encontrarlo porque, según él, no sabe leer. Él asegura que ni siquiera quiere formar una familia, porque “nunca” tiene empleo, dinero.

Mientras Concepción platica y echa unas tortillas de maíz, aparece su mamá, María Antonia Torres. Es una señora delgadísima y con más arrugas que la palma de una mano. Brilla de tanto sudor. Con 76 años de edad, asegura que viene caminando desde un alejado cantón llamado Platanares, varias lomas más al oriente, donde compró unas pastillas para intentar curarse de una tos que no la deja ni dormir. No lo dirá, pero tampoco ha almorzado. Solo bebe un poco de agua de chorro (la que les instaló una “oenegé”) y un poco de ayote sancochado con un poquito de azúcar. A propósito, ni del ayote hay desperdicio aquí. Sus semillas fueron puestas ya sobre el tejado, para que se oreen y luego sean convertidas en alguashte, una especia verdosa y vernácula.

María Antonia, la señora de 76 años, es la única de este clan que tiene un ingreso fijo: los $100 que cada dos meses le entrega el programa gubernamental Comunidades Efectivas y Solidarias. “Pero este pisto no me alcanza ni para comprarme un fresco . Todo el dinerito se me va en pastillas o para comprar frijoles o un pollito para Navidad”, dice la anciana que desde que era niña ha vivido sobre esta loma, en una casa construida con adobes y varitas de bambú. Hace poco, se lamenta, el Gobierno se retrasó con el pago de esos $100 y hubo varios días que tuvo que comer tortillas de maicillo. Un cereal nutritivo, pero bastante más tosco que el maíz. La pensión de María Antonia es muy esperada. El día que entregan el dinero, la acompaña casi toda la familia, porque hace tres años, y muy cerca de aquí, un anciano, Pedro Hernández, fue asesinado por varios desconocidos que le arrebataron su pensión de $100.

Según María Antonia, antes se vivía y comía mejor en Guaymango, porque no había que comprar tanto abono o semilla mejorada. “Ni había esto de las pandillas... Abundaban las frutas hasta para regalar. Hoy ni animalitos (silvestres) encuentra ya.”

En resumen, ni María Antonia ni Concepción conocen el concepto de “seguridad alimentaria”. Un término que frecuentemente machaca la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, en sus siglas en inglés) para designar la capacidad de cada persona a tener acceso a alimentos “nutritivos que satisfagan sus necesidades alimenticias y sus preferencias a fin de llevar una vida activa y sana”.

En este hogar, se vive al día. Cuando falta el frijol y el maíz —que se siembra en invierno en una parcela alquilada— deben comer maicillo. O fiar algo en la tienda, casi siempre aceite, sal, consomé en polvo , alguna gaseosa o fideos.

El dicho popular de “coyol quebrado, coyol comido” es tan literal aquí que , antes de descubrir finalmente que almorzará esta familia, todos sus miembros aseguran estar pendientes del número de flores que está echando el único árbol frutal de la casa, un descomunal mango.

—Esas flores están prometiendo mangos. El año pasado casi no dio fruta, quizá porque costó que lloviera— detalla Concepción Torres.

San Salvador tiene una sede del Programa Mundial de Alimentos (PMA), la agencia humanitaria más grande de la ONU. Su representante local, la danesa Dorte Ellehammer, descarta que en El Salvador se presente la cara más dramática del hambre, la de la hambruna. Es decir, aquí no habría una falta generalizada de alimentos y por consiguiente una alta mortalidad en las regiones donde se produce.

—El Salvador es un país de “renta media” con gente que tiene mucho dinero y otra que no tiene dinero para acceder al alimento. Pero, sí , sí hay hambre... Existen varios municipios, en zonas rurales y urbanas, con muchos niños con desnutrición crónica...

Según Dorte Ellehammer, esta desnutrición crónica —que en algunos municipios es altísima, como Rosario de Mora, sobrepasa al 45% de sus infantes— generará secuelas intelectuales y físicas irreversibles, “cuyos efectos se trasladan como costos económicos y sociales que retrasan el progreso de la sociedad”. El año pasado, la desnutrición le costó al país unos $147 millones.

Hace poco más de dos años, el PMA hizo público algo por demás interesante, un “mapa del hambre” de El Salvador. Los datos fueron obtenidos con sus propios números y otros obtenidos del Gobierno. El resultado reveló que más de 36 municipios, de un total de 262, tenían niveles altísimos de desnutrición crónica. El municipio de Guaymango es uno de ellos. El 37% de sus infantes los padece.

La cifra de Guaymango es altísima si se toma en cuenta que la media nacional es de 19%. “Y hasta en San Salvador hay desnutrición. Hay acceso a alimentos, pero a veces de no de buena calidad o la elección que hacen no es la más adecuada”, dice Elia Martínez, nutricionista del PMA. Según Elia, su institución está asistiendo a muchos de los municipios más afectados, porque más que entregar alimentos, “quieren cambiar mentes”, cambiar o mejorar los sistemas de producción de pequeños agricultores, sensibilizar a madres lactantes, fortalecer prácticas de salud e higiene y hacer que instituciones públicas y privadas, como este periódico, ubiquen al hambre en un mapa.

San Fernando es uno de los poblados más apartados y recogidos del país, si no es que el más. Yace en el fondo de un encajonado valle, rodeado de montañas cubiertas de coníferas, en el norte del departamento de Chalatenango. Según el mapa del PMA, a escala nacional, este idílico paisaje es dueño de uno de los más altos índices de desnutrición. El 44% de sus niños la sufren. Y a pesar de eso, es asistida por muy pocos organismos de ayuda social.

En la zona urbana de San Fernando, medio mundo dice sentirse hermanado por la pobreza. Sin embargo, han identificado que entre ellos reside una familia que soporta una dosis extra de adversidad. Se trata del matrimonio de María Imelda Morillos y Ángel Alvarenga, de 60 y 78 años de edad, respectivamente. Ambos viven en una casa de adobe que parece amarrada a una calle de tierra para no caer en precipicio.

En este hogar, el único ingreso fijo son los $100 que recibe cada dos meses Ángel por parte del Gobierno. “Ya debemos ese dinero, porque se han retrasado en dar el pisto y ya debemos en una funeraria donde hemos sacado fiada una caja (ataúd) y en la tienda donde he fiado huevos o quesito fresco”, cuenta Imelda.

El año pasado, Imelda, una delgada y bronceada mujer de 60 años, hizo algo muy noble. Su sobrina, una madre soltera de 33 años, cayó en tanta pobreza y desvarío que sus tres hijos se desnutrieron hasta los huesos. El Gobierno asumió la crianza de uno de sus bebés, que por su grado de desnutrición, tendrá secuelas intelectuales de por vida. El otro bebé pasó a tutela de su padre. E Imelda hizo lo suyo, decidió adoptar, con todas la de la ley, al niño que nunca tuvo, a Miguelito, un niño de nueve años.

—Sé que estoy mayorcita, pero quiero criar a este cipotillo; quiero que no pase hambre —asegura Imelda con su desdentada sonrisa.

A su edad, y a veces, consigue dinero yéndose a cortar café del otro lado del río Sumpul, a Honduras, donde le pagan $1.50 por pepenar todo el día. En otras ocasiones, Imelda lava ropa ajena a cambio de $3. “Como en las casas donde lavo me dan almuerzo, no desayuno. A veces, cuando no tengo trabajo solo hago un tiempo para que le quede más comida al cipote y al hombre (esposo) que ya está viejo, pero ahorita anda aporreando maicillo con el niño”, cuenta Imelda en un tono que no cuesta creerle.

—Imelda, cuando almuerza, ¿qué suele preparar?

—Cuando hay, frijoles o algún huevo. A veces solo hay tortilla y un poquito de frijoles y le digo a mi niño: “peor es comer solo con sal”.

Imelda —quien jamás ha visto el mar o probado el Pollo Campero— asegura que para Navidad no hizo nada especial, que se durmieron, con una cena frugal, como cualquier noche. Juraría que a pesar de que en esta región hay ganado no prueba ni leche ni queso, “porque aquí la gente reúne toda la leche y la van a vender allá abajo, a Chalatenango o Aguilares. Aquí ni verduras se consiguen”.

De nuevo en Guaymango, Concepción Torres —la morena de 36 años— destapa por fin su cacerola del almuerzo. Preparó unas ennegrecidas chilipucas, unos frijoles considerados “la carne del pobre”, porque a pesar de su aspecto y textura, poseen proteínas. En un platillo, Concepción sirve una ración a José, su hijo. El niño ve las chilipucas, se levanta de la mesa y balbucea: “No tengo tanta hambre, mamá”.