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Canby pide que nos controles



Óscar Martínez Periodista
enfoques@laprensa.com.sv
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 6/15/2008

 

Hace unas semanas, un estadounidense llamado Peter Canby dio una conferencia en México a un grupo de periodistas. Este señor de pelo cano nos relató cómo en su medio, 60 personas se dedican a verificar todo aquello, por minucia que sea, que pretenda publicar uno de los periodistas de esa revista.

Que los reporteros, por muy famosos que sean, deben de entregar sus anotaciones, grabaciones, lista de contactos e incluso revelar los nombres (no para difundirlos, solo para conocerlos) de aquellas fuentes que en los reportajes aparecen como anónimas. Eso contó Canby. Es difícil que les metan gol, pues. Tienen 60 porteros. Y eso que en planilla cuentan con periodistas de reconocido profesionalismo.

Para muchos en este gremio, la revista donde trabaja Candy está en el altar de la calidad en este oficio. Se llama The New Yorker, es estadounidense, y él es la persona al mando de ese grupo de 60 verificadores de datos. Se dice que en el Air Force One, el avión presidencial de aquel país, nunca falta un ejemplar de The New Yorker.

La charla terminó, y Canby pidió que vinieran las preguntas. ¿Qué tan rigurosos son? ¿Cómo se coordinan entre los 60? ¿Qué pasa si no se puede verificar algún dato? (esta la contestaré con sus palabras: “No se publica”). Al escuchar a algunos de los presentes preguntar parecía como si saliendo de ese salón correrían a fundar en sus medios un equipo de verificadores agudos para que ya no se les colara ninguna imprecisión en sus páginas.

Le cedieron la palabra a un joven reportero que preguntó: “¿Y cómo ve la situación en Latinoamérica?” Ante tan vago cuestionamiento, Canby pudo haber contestado que muy vaporoso le resultaba el ambiente y muy bonitos los árboles, pero decidió meterse con usted, lector de esta columna.

Que no hay condiciones en Latinoamérica para que los medios tengan un equipo de verificadores, dijo. Que ni los medios quieren, ni los lectores (usted) lo exigen. Que a ellos sí, los lectores sí les piden calidad y les reprochan cuando se equivocan y les dan de palos cuando mienten, pero que por estos lados no, que usted es más tranquilito, digámoslo así.

No, no se trata de ir a quemar nada, porque entonces en lugar de corregir, exterminan. Vamos a ejemplificar. A ellos, cuenta Canby, les llueven cartas de lectores que los corrigen sobre fechas, datos y minucias como que si el mono del artículo sobre fauna tropical en peligro de extinción no vivía en esa isla que dijeron, sino que en la de la par.

Pausa. ¿Ven? No son cartas diciendo que si uno es comunista y que si el otro es fascista y aquel un maoísta. Son cartas sobre la veracidad del periodismo (ese mono no vive ahí, vive allá). Sí, hay medios de comunicación de todos los colores, pero la charla de Canby no iba por ahí, sino que sobre la calidad de un artículo, sobre el control que se debe de ejercer para que ese reportaje, crónica, el género que sea, no mienta, no invente.

El jefe de verificadores de The New Yorker cree que usted es bastante conformista, sí, y no lo digo como un truco retórico para intentar, por medio de retarlo, que usted despabile y empiece a leer con lupa los diarios. No, Canby de verdad lo cree, y por eso el poco entusiasmo con el que dijo que en nuestras sociedades ve lejos que los lectores ocupen el papel de sus 60 porteros de la información. Dijo también que no se le ocurre otro actor, aparte de usted, para llenar ese vacío. Es decir, algo así como que el control de los lectores no es el ideal, pero es mejor que nada.

Eso cree Canby: que usted debería de agarrar esa lupa, buscarnos errores, mentiras, y –con argumentos, no con insultos– comprobarnos que son mentiras. ¿Qué pasaría si lo hiciera? Quién sabe, pero Canby cree que debería intentarlo.