El ocho es el número de la suerte para los chinos. Para el nadador estadounidense Michael Phelps, también. Al obtener ocho medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Pekín, ha inmortalizado su nombre sin necesidad de ser asiático.
El deporte mitifica porque en este abundan los héroes, gente de carne y hueso cuyas gestas escapan a los mundanos. Una de ellas puede ser nadar 17 carreras en nueve días e imponerse en 14 de ellas y, por supuesto, en las ocho finales disputadas ante los mejores adversarios del planeta. Eso es lo que ha hecho de Michael Phelps ya una celebridad en la historia de los Olímpicos.
Si se sumaran todos los metros en los que ha competido y los tiempos logrados, resultaría que el estadounidense ha recorrido en todos los estilos 3,300 metros en 31:14:3 minutos. Una proeza que convierte a Phelps en el nuevo póster del deporte mundial, como en su día lo fue el de su gran predecesor en la piscina, Mark Spitz. No importan las comparaciones. Ni con nadadores legendarios ni con otros atletas. En sí misma, la hazaña protagonizada en Pekín por este sencillo chico de Baltimore es mayúscula, “admirable, una monstruosidad, un orgullo para el mundo entero”, según la definió Rafael Nadal apenas una hora después de proclamarse campeón olímpico. Fue un saludo de grande a grande.
Phelps solo tiene una fecha en el calendario y la subraya cada cuatro años. Su lunática aventura ha resultado tan real que él ha sido el hilo conductor de los Juegos desde su estreno. Nada sencillo para un nadador, el único que junto a Spitz, en 1972, ha sido capaz de mantener el suspenso jornada a jornada, al igual que modificar los horarios de competencia para tener altos niveles de audiencia televisiva.
Él ha necesitado una semana para lograr una proeza que otros consiguen en un impactante y sobrenatural fogonazo de 9:69 minutos. Un tiempo increíble.
La figura de Phelps, de 23 años, contribuye a su canonización vitalicia. Su sencillez le entroniza aún más porque le arrima al pueblo. Nada que ver con la arrogancia habitual de los atletas estadounidenses. Su humildad habla por sí sola. “Solo quiero dar un beso a mi madre y descansar”, dijo el joven, quien ha batido siete récords del mundo en una semana; el mismo que se colgó su octavo oro en Pekín en un domingo chino, la 14.ª de su carrera, la 16.ª en total si se contabilizan sus dos bronces en Atenas.
Existe un dato curioso, si Phelps fuera un país, estaría —hace una semana— quinto en el medallero, solo por detrás de Estados Unidos, China, Reino Unido y Alemania.
Las comparaciones no le molestan, pero Phelps quiere ser el primer Phelps, no el segundo Spitz, al que admira tanto como a Michael Jordan y Tiger Woods.
No cabe duda de que el logro de Phelps en Pekín quedará para siempre en el imaginario colectivo y su épica se relatará de generación a generación. En la era del vértigo global, su grandeza se multiplicará con el paso de los años. Resultará inolvidable. Phelps, ahora, es el rey de Olimpia.