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Crónica
Cuando el rescate es poco más que consuelo




Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 7/5/2008

“Ya encontramos a la Brendita”, repetía entre un ataque de llanto Alexander Peña, cuando ayer, a las 10:20 de la mañana, el cadáver de su hija de 12 años, junto al de otras tres personas, fue rescatado en el sector de la represa Milingo, en Ciudad Delgado.

Cuando la bolsa negra llegó frente a él, sus ojos ya estaban llenos de lágrimas. Desde que le dijeron que habían encontrado a dos mujeres, tuvo la certeza de que alguna sería la que buscaba.

Mientras un rescatista pasaba la camilla por el puente colgante por el que tuvieron que atravesar las bolsas con los restos de las víctimas, Peña no retiraba sus ojos de la bolsa que transportaba un cadáver más pequeño que los otros que ya estaban en el lugar instalado para reconocerlos.

Ahí, en el kilómetro 7 de la Troncal del Norte, unos 6½ kilómetros en línea recta desde el sitio donde derrapó el bus, Peña lloró a su hija. Sin embargo, su búsqueda todavía no terminaba. También esperaba ver, y pronto, el cadáver de Gilma Alejandra Cubías, su esposa.

De la represa también sacaron el cadáver de un niño de unos ocho años, según la Fiscalía; el de una mujer, “la hermana Mary”; y el de un hombre, a quien los miembros de la iglesia Elim —a la que pertenecían los accidentados— reconocieron como “don Polito”.

“Llore, hermano, llore. Hasta el mismo Cristo lloró cuando encontró a Lázaro en su tumba”, consolaba a Peña uno de sus acompañantes.

Dos kilómetros más arriba la escena era diferente. No había familiares; había curiosos. No había rescatistas, pero sí un cadáver. No había bolsa negra, había un potrero, lodo y grama. “No nos dejaban acercarnos a que viéramos, y la sacan solo para dejarla tirada acá”, se quejaba uno de los locales ante la escena del cadáver de una mujer no identificada, el cual yacía en medio de un lodazal mientras adultos y niños observaban a la fallecida con el vestido a medio abotonar.

Ante la alarma de un posible deslave, los rescatistas que se encargaban de la fallecida partieron intempestivamente. Como si de una persecución hollywoodense se tratara, los conductores de los pick up ni siquiera esperaban a que sus compañeros se terminaran de acomodar en la parte posterior de los vehículos.

Atrás quedaba el cadáver. Atrás. “Será que le podemos poner una sábana encima”, preguntaba otra de las vecinas con cierta timidez, “Es que acá hay niños”, agregaba. Pero aquellos ojos no miraban con morbo el cadáver, sino la escena del abandono.

“Eso es no tener alma”, comentaba un espectador mientras movía una y otra vez la cabeza en señal de reprobación.

“Lo que queremos es darles cristiana sepultura a ellos”, comentaba más tranquilo el pastor de apellido Campos, miembro del Tabernáculo Bíblico Bautista, y que se había lanzado a la búsqueda de los restos de las demás víctimas, quienes para él no eran solo un número: eran sus amigos.

Foto de LA PRENSA/Victor Peña