“Mami, el río se llevó el bus. Solo yo me pude salvar.” Una llamada telefónica. Las duras palabras las escuchó Celina de Montoya. Al otro lado de la línea: la voz entrecortada de el menor de sus hijos, Fabricio. El único sobreviviente.
Sin palabras. Así está hoy Celina. Agradece a Dios. Lo hace una y otra vez. Pero también menciona a Melvin, el joven que ayudó a salir del bus a su hijo: “Estoy agradecida con él. Era un muchacho ejemplar”.
Minutos antes de la llamada, la tragedia en la colonia Málaga se había gestado. La fiereza del agua le daba los últimos retumbos al bus antes de arrastrar hacia la quebrada la vida de 32 feligreses de la iglesia Elim. Fabricio Montoya, estudiante de bachillerato, tomó fuerza y siguió a su amigo Melvin. Salieron por las ventanas. “Él me dio la motivación, fue el primero en salir. Lo hizo tres veces. Me ayudó.”
El motorista había puesto el freno de mano. Eso amortiguó tan solo un poco los vaivenes de la unidad, presa de las aguas. Fabricio y Melvin intentaron —en vano— sujetar con lazos el bus para evitar que sucumbiera hacia la quebrada.
Momentos antes, los padres, hijos, hermanos, madres y abuelos al interior del bus habían abrazado la resignación. El consuelo divino. Esa imagen se quedó fija en la mente de Fabricio. “Fue una angustia. Las madres empezaron a abrazar a sus hijos. Se dieron cuenta de que no era el poder del hombre lo que hacía eso y comenzaron a orar, a encomendarse a Dios. Decidieron que era lo mejor.”
“Fue el ángel guardián que Dios puso para mí”. Es la descripción que tiene Fabricio para Melvin. “Quisimos ayudar a los otros, pero no se pudo. Me armé de valor y salté. A los 15 segundos, el bus fue arrastrado y fue a parar dos casas abajo.”
De su amigo ya no supo más. “Melvin se quedó, no sé qué le pasó por la mente.”
En la mañana, después de la tragedia, las imágenes del dolor y angustia permanecían frescas en él. Desde esa noche está en la casa de su abuelo, en la colonia Dolores, adonde fue llevado luego de ser auxiliado por Cruz Verde. Esa noche no durmió. El poco sueño que tuvo estuvo impulsado por el efecto de tranquilizantes. La fe en Dios se le ha fortalecido. Renacer: “Siento que Dios tiene algo para mí”.
Mientras, en la calle principal de la colonia Montserrat, entre sollozos dos jovencitas se consolaban por la pérdida de Abraham Ramírez, otro adolescente que no corrió con la misma fortuna que Fabricio. Abraham había salido temprano de la escuela ese día para ir al culto. El uniforme que llevaba era la esperanza para identificarlo.