En el tendedero del patio todavía está colgada una camisa blanca manga larga, un par de calzones y otra camisa pequeña de niña.
En la casa, hecha de lámina y de unos cuatro metros de largo por tres de ancho, no hay nadie.
La soledad parece marcar también la vida de las hermanas de Erick Amaya, un menor de un año y medio y quien murió en uno de los albergues del ISNA.
Ellas, hurañas, ajenas a su ambiente y esquivas hizo suponer a sus maestras que posiblemente eran abusadas. “La niña era buena estudiante, pero muy retraída”, cuenta Rubia Vásquez de Guzmán, profesora de una de las hermanas de Erick.
Según ella recuerda, la menor no salía a jugar en los recreos y se quedaba en el salón de clase sentada en su pupitre.
“Una vez incluso la cuestionamos para ver si no la habían maltratado o tocado, pero ella nos dijo que no”, dice la maestra.
Sin embargo, ni ella ni Gloria González, maestra de parvularia que tenía a cargo a otra pequeña hermana de Erick, vieron nunca muestras de maltrato físico en ninguna de las menores.
En el cantón, las camisas de las niñas parecen flamear como banderas rendidas. Reina del Carmen Pérez, mamá de Erick, no ha puesto un pie por aquellos lugares desde que la separaron de sus hijos, según cuentan los vecinos.
German Amaya, padre del menor, ha sido visto en Olocuilta y en el cantón, de vez en cuando, pero no llega para quedarse.
Su hermano, Roberto Amaya, llegó al lugar con la esperanza de encontrarlo. “Yo no sabía nada, me enteré por el periódico y vine a ver qué pasaba”, expresó.
Dice que nunca supo que tuvieran problemas entre ellos y que a Reina casi no la conocía. “Llegó una vez a mi casa, pero hará ya seis años”, recuerda.
Los vecinos se unen a la versión de una “mujer extraña” que conocían poco. “Vinieron recientemente, como desde marzo, pero ella nunca salía, solo a los niños se los veía para arriba y para abajo”, cuenta una lugareña.
“De castigo los mandaba a lavar la ropa de todos y ella ahí se quedaba”, agrega otra mujer bajando un poco la voz, casi con miedo.
Por el momento, los cinco hermanos de Erick están en el Centro Infantil de Protección Inmediata (CIPI) en San Salvador y permanecerán ahí al menos 30 días. Su futuro no es claro. Para el ISNA la prioridad es regresarlos a su grupo familiar, de no ser sus padres algún pariente cercano que se pueda hacer cargo de ellos.
Si no, una de las medidas que pueden tomar es “institucionalizarlos”, es decir, internarlos en un centro de menores, donde, probablemente, serán separados para colocarlos en hogares dependiendo de su edad.
“Yo con gusto me haría cargo, pero yo tengo mi familia y soy una persona de recursos normales”, dice Roberto, el hermano del padre de Erick, quien tiene cuatro hijos y un trabajo de vigilante privado.
Como la camisa tendida, el caso ha quedado, sin explicación, confundido y quizá sin solución. ¿Dónde están los padres? ¿Dónde irán los niños? ¿Cuál es la explicación del ISNA?