Cuando se habla de política solo se asocia con el perfil de los candidatos, su cobertura y espacio para influir en sus respectivos partidos, al avance en su aparente liderazgo, su libertad de proponer y decidir al mismo tiempo, y su potencial capacidad de actuar ya como mandatarios con independencia de sus bases y auténticos líderes de partido. Pareciera que en la credibilidad de la respuesta está la inclinación del votante pensante y reflexivo; no así del voto duro, del que se dice haber sudado la camisola, ese puede votar ahora o en seis meses y su decisión será la misma; más necios que sabios.
Dada la peor crisis del país en muchos años, es importante considerar ese lastre, ese trasfondo de este país. ¿Son los candidatos los que realmente mandan o es el sistema personificado por los comités de las fracciones políticas, sinónimo del poder político y económico excluyente e impermeable? La respuesta se vuelve más importante en el futuro próximo, porque las intenciones de los candidatos pudiesen originalmente ser sanas y bien intencionadas, sus mensajes de campaña también, y hasta su discurso inaugural como mandatario podría ser más que un enunciado del deber ser, sería producto de una honestidad virgen y de la convicción de que no son sabelotodo y han sido electos básicamente para coordinar un equipo técnico, capaz y probo, combinación que ha resultado en más de un país latinoamericano.
Si esa intencionalidad en el pasado no hubiese sido empañada por intereses particulares (pago de facturas), que distorsionan la motivación natural de los candidatos, El Salvador estaría más cerca de solventar sus ingentes problemas, hoy en día sobredimensionados por factores externos y decisiones egoístas de quienes en la práctica deciden. Si ese antecedente se repite, independientemente del candidato ganador, las ofertas políticas sonarán superficiales, carentes de fuerza y de mecanismos factibles financieramente hablando. Es harto necesario entonces programas de gobierno que sean convincentes hacia el interior del país y atractivos para la comunidad financiera externa. Y es que existe un agotamiento de apuestas de grupos hegemónicos que solo enriquecen “a los mismos”, pero que no generan resultados concretos en términos de beneficios sociales amplios y mejoras en la calidad de vida de los salvadoreños.
Para un país trabajador y laborioso, con una población económicamente activa, ocupada en el extranjero y otro considerable porcentaje de la misma con un subempleo o empleo disfrazado o con carencia de “trabajo decente”, como lo define el PNUD, el país tiene que experimentar un cambio fundamental en el rumbo que hace mucho tiempo perdió. El país ya no tiene margen para continuar apostando a ingresos foráneos de trasferencias del exterior; el país integralmente se estancó. Su esfuerzo futuro tendrá que concentrarse en una cultura innovadora traducida en productividad, para poder generar mayores fuentes de trabajo en el sector formal, en ese que genera valor agregado y divisas y no en servicios de simple transferencia de bienes importados con precios incrementados por la participación de miles de intermediarios.
Pareciera fácil la solución; lo es, si hay voluntad ciudadana para erradicar esos intereses exclusivamente particulares Habrá que crear oportunidades de trabajo, fortalecer una clase media y hacer renacer el agro, crear mecanismos eficaces de distribución del ingreso, una carga tributaria adecuada sin contrapartida de corrupción, potenciar el talento para la innovación. No se trata de cual candidato es el más viable; no votemos por un cambio como objetivo en si mismo o porque ya no queremos más de lo mismo. Demandemos y votemos por un programa de gobierno consensuado y factible que surja de una auténtica participación ciudadana.