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¿A qué podemos atenernos?

Un discurso preñado de retórica utópica expresando aspiraciones que casi todos compartimos pero, por lo visto, pocos saben cómo alcanzar.

Joaquín Samayoa/ Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
jsamayoa@fepade.org.sv
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 8/20/2008

A lo largo de varios meses, desde que fue presentada en sociedad su fórmula para la elección presidencial, el FMLN ha venido levantando expectativas entre sus simpatizantes y entre muchas personas que, por una u otra razón, se sienten defraudadas por los gobiernos de ARENA, o simplemente consideran que la alternancia es, por principio, saludable para la democracia.

La espera ha sido larga. Diez años para crear y consolidar la organización político-militar. Doce años de guerra contra la burguesía, el militarismo y el poder imperial. Dieciséis años de participación en contiendas electorales bajo las condiciones convenidas en los Acuerdos de Paz. En total, unas cuatro décadas de espera y de lucha para llegar al punto en que parece posible, y hasta probable, obtener democráticamente el mandato popular para modificar el rumbo del país.

El mantra ha resonado a lo largo y ancho del territorio nacional y dondequiera que se hayan asentado los compatriotas que emigraron en búsqueda de un futuro más promisorio y más seguro para sus hijos. La publicidad se ha despojado de la estridencia característica de la clásica propaganda agitativa. El mensaje es ahora sereno y optimista: “Nace la esperanza. Viene el cambio”.

Como es normal en cualquier democracia, nuestra sociedad se encuentra dividida. Muchos abrazan la promesa de cambio que hace el FMLN, sin saber exactamente en qué consiste. Están hartos de ARENA. Magnifican sus evidentes errores y no aprecian los avances que ha hecho el país en diversos ámbitos. Están convencidos de que la única razón por la que ellos no pueden tener una vida más desahogada es la preferencia de ARENA por los ricos y la falta de voluntad de ese partido para combatir la corrupción. Aceptan, sin discusión, la premisa de que el FMLN es más competente y más virtuoso.

Otros tantos ven el cambio que ofrece el FMLN con escepticismo o temor. Los referentes concretos de lo que probablemente sería ese cambio generan más preocupación que esperanza. Cuba antes y ahora Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador han optado por la ruta del autoritarismo y de la concentración abusiva de poder, solo que con signo ideológico diferente al de los regímenes represivos que fueron reemplazados

El candidato del FMLN viste de blanco y se esmera en proyectar su preferencia por otros referentes socialistas mucho más potables: Brasil, Chile y España. En claro contraste, el FMLN viste de rojo y se apega a sus dogmas. Mucha gente se pregunta quién va a mandar, cuál idea va a prevalecer. Es una pregunta legítima, aunque les incomode a los que quisieran que los electores solo fuéramos críticos cuando analizamos a sus adversarios políticos. La misma pregunta nos hemos hecho en lo concerniente al poder de decisión en ARENA.

Se esperaba que el discurso de Mauricio Funes en la Convención del FMLN fuera dirigido tanto a los convencidos como a los que tienen dudas pero conservan su mente abierta. Desde esa perspectiva, el candidato desperdició una buena oportunidad. Se limitó a repetir las mismas generalidades que ha venido diciendo por meses. Fue un discurso retórico que no respondió a las inquietudes de mucha gente sobre la clase de gobierno que instauraría si llega a ser presidente.

El discurso podría compararse a un rascacielos con bases débiles, finos acabados y algunas salidas de emergencia en caso de incendio o terremoto.

Bases débiles, porque tras la retórica hay un análisis simplista de las causas de los problemas que ofrece resolver. Si la capacidad intelectual del candidato fuera deficiente, pensaríamos que el análisis es malo pero honesto. Sin embargo, en este punto el candidato no merece el beneficio de la duda, ya que todos conocemos sus habilidades analíticas. El discurso fue simplemente demagógico.

Una construcción con finos acabados, un discurso preñado de retórica utópica expresando aspiraciones que casi todos compartimos pero, por lo visto, pocos saben cómo alcanzar. Y si el candidato es uno de esos pocos, ciertamente lo disimuló muy bien en su discurso.

Y algunas salidas de emergencia en los puntos más controversiales. Afirma que no va a desdolarizar la economía, pero deja abiertas “las opciones de política que contribuyan a asegurar un sistema monetario y financiero estable”. Afirma, además, que asegurará todos los mecanismo necesarios para combatir frontalmente el costo de la vida. En esa formulación, convenientemente ambigua, no se nombra pero tampoco se descarta explícitamente el control de precios, un golpe mortal a la economía de mercado que el candidato dice respetar.

Con retórica así de abstracta y ambigua, difícilmente se puede generar confianza.