El tema de la educación sexual ha cobrado importancia para diferentes sectores, con tan variados intereses y opiniones que parece difícil encontrar un punto confluente de estrategias y acciones. Si bien es cierto que algunas discusiones, como el uso del preservativo y la enseñanza escolar, deben de ocupar un grado de preocupación, es necesario enfatizar en la responsabilidad compartida que los diferentes actores tienen en el desarrollo de políticas de nación.
En el contexto actual debemos considerar que somos un país con una tasa de analfabetismo rural del 23%, escolaridad promedio de 3.9 años y una cifra aproximada de 205,009 niños que trabajan. Cualquier esfuerzo educativo tendría efectos parciales cuando la corta escolaridad se acompaña de una experiencia laboral prematura.
Con este marco ¿cómo hemos de lograr responsabilidad de la conducta sexual si todo el peso de este objetivo quedara únicamente sujeto a folletos pedagógicamente desarrollados? La familia salvadoreña enfrenta una crisis que debe de ser tomada en cuenta. Ante un ingreso rural promedio de $284.21, resulta obvio que el compromiso económico estará relacionado con migraciones y con la participación de los actores del núcleo familiar dentro del ámbito laboral, lo cual generará una familia disgregada con un contexto de violencia como lo evidencian las estadísticas del maltrato a la niñez y a la mujer. Dentro de este ambiente, la familia difícilmente puede atender esa responsabilidad orientada hacia la educación sexual.
El área de salud enfrentará dificultades dado que nuestro sistema se describe escasamente descentralizado y con una cobertura del 57.3% de la población (según PNUD).
Las instituciones como las iglesias evangélica y católica parecen haber centrado su interés en discusiones relacionadas con el uso del preservativo y la necesidad de programas que promuevan conductas como la abstinencia y la fidelidad de pareja.
De acuerdo con el meta-análisis publicado en la “Cochrane Database of Systematic Reviews”, por K Underhill et al (2008), resulta aleccionador que los programas de abstinencia no parecieran haber logrado el impacto deseado, en la reducción del contagio con VIH, lo cual denota una característica propia de los grupos de riesgo y el no cumplimiento de estrategias como la antes mencionada. Estos datos no desvirtúan la necesidad de mantener una postura moral y de valor puesto que, como precepto indiscutible de la transmisión de enfermedades, debe de existir contacto y conducta de riesgo para que exista contagio. Otro punto álgido con respecto a las instituciones religiosas, gobierno y salud requiere comprensión y discusión, ya que los objetivos del milenio 5 y 6 de alguna manera obligan a tomar políticas y acciones, que de no ser atendidas podrían poner en riesgo el acceso a financiamientos y créditos a escala internacional.
Finalmente, pareciera que la acción más coherente para el abordaje de la educación sexual requiere de la interacción y coordinación de diversos sectores religiosos, salud, educación y esa institución llamada “Familia”, ya que si bien cada uno por separado presenta debilidades evidentes, es posible que su acción coordinada alcance un impacto más claro y objetivo. Dentro de un contexto tan segmentado y en desventaja, las puertas del entendimiento, la sinceridad y el diálogo, parecen constituir la mejor medida para enfrentar esta problemática. Por ello es clave destacar que la educación sexual es una relación de dos y más.