Hablar para un grupo de personas requiere de ciertos requisitos que debemos tener en cuenta. Vocalización, tono, volumen, ritmo, etc. Hay que saber pronunciar las palabras de forma clara y completa, vocalizando de forma correcta (abriendo bien la boca), dándole una velocidad adecuada (separando claramente cada palabra de la frase). El ritmo de las palabras se complementa con el ritmo de las pausas. Las pausas pueden hacerse para remarcar el interés de lo dicho el momento anterior a esa pausa, para captar la atención de nuestros interlocutores, para pedir de forma velada una opinión o sugerencia al respecto, para pensar o reflexionar sobre lo dicho o simplemente para marcar un descanso en nuestra disertación.
En una negociación es tan importante el lenguaje verbal que podemos expresar mediante las palabras todo aquello que nuestros interlocutores quieren oír. Pero además de la “letra”, la “música” es muy importante. No solo importa lo que se dice sino cómo se dice. Lo que se dice hay que hacerlo de forma clara, con buena dicción y pronunciación. Pero a las palabras le falta algo: el tono de voz. El tono de voz refleja la característica especial que deseamos dar a nuestras palabras. Con un tono de voz dulce se puede cautivar, convencer, persuadir e incluso tranquilizar. Con un tono de voz tosco o rudo se puede intimidar, disuadir, amenazar e incluso atemorizar. Es muy importante acompañar a nuestras palabras de un tono y volumen adecuado, para no causar una impresión distinta a la que deseamos transmitir. Hay expertos que afirman que nuestro tono de voz refleja nuestro estado de ánimo. Por lo tanto, hay que cuidar que en nuestras exposiciones nuestro estado de ánimo sea bueno.