Elaboremos un poco más en la esperanza: “Cuando todo parece terminarse y el panorama es de lo más oscuro, cuando la vida parece haber perdido su significado y no hay nada más que hacer; cuando nos sentimos acorralados por fuerzas superiores a las nuestras, surge la esperanza como recurso final para encontrar un nuevo rumbo, levantar la frente y continuar hacia adelante”.

Así explican la esperanza familiares de secuestrados en Colombia; secuestrados, punto análogo e importante que exploraremos más adelante.

La esperanza, dicen muchos, es el único sentir superior al miedo, es la única fuerza capaz de vencerlo: “La esperanza es un detonante. Cuando la tenemos se desencadena en nosotros un deseo de luchar, un ánimo especial para afrontar las actividades cotidianas, incluso las más difíciles; nos permite adquirir el deseo de seguir adelante cuando nuestras fuerzas nos abandonan y la voluntad necesaria para renunciar a nuestros sueños aun cuando el camino es una cuesta casi imposible”.

El miedo y la esperanza han sido las dos prevalentes emociones del votante salvadoreño en la posguerra: miedo al totalitarismo, a la dictadura, al verde olivo, así entregando la Presidencia de la República a lo conocido, en cuatro ocasiones; venciendo ese miedo en las últimas elecciones, la esperanza detonó, se desencadenaron fuerzas vivas imposibles de parar, amalgamas de votantes nunca vistas en El Salvador. ¿Y... ahora? El panorama no es halagador, todos los índices aterrorizan: macroeconómicos, microeconómicos, socioeconómicos, y nuestros índices preferidos, los micro socioeconómicos, los de abajo para arriba, los individuales... nada halagador, le paran el pelo hasta al más optimista.

El votante tiene miedo de la delincuencia, se siente en los pasajes, buses, escuelas; miedo en el hogar, la incertidumbre del pan de cada día, los empleos, de la pérdida de un ser querido a la emigración forzada por la necesidad; miedo en los grupos beneficiados por la generosidad del gobierno, qué tan sostenibles son los programas y subsidios; miedo de sus cerros cada vez más pelones, sus aguas cada vez más negras, su aire cada vez más raro; su salud más débil, epidemias cada vez más fuertes.

Los votantes sienten hoy el miedo a la dictadura del verde olivo; al autoritarismo, la oligocracia; al caudillismo. Hay un sentir general que nuestro El Salvador ha sido secuestrado por unos pocos, aprovechando las debilidades de nuestro marco institucional, enquistados en artificiales esferas de poder, donde el beneficio propio prevalece.

Bien hace un buen amigo, colega articulista de este prestigioso periódico, respetado economista, de una enorme talla intelectual, en cuestionar la viabilidad de nuestro terruño. Sin embargo, es precisamente ahora, en estas elecciones de 2014, que debemos de vencer todos los miedos, recuperar la esperanza, desencadenar ese deseo de luchar, de seguir adelante; de renunciar a nuestros sueños propios en beneficio del futuro de nuestros hijos.

Encontremos un nuevo rumbo por encima de ese panorama oscuro. No nos dejemos seducir por las promesas, que al fin al cabo, como bien dijo nuestro presidente, promesas de campaña eso son, promesas.

Escojamos bien, escuchemos, veamos atentos a lo que es realidad y lo que son lentejuelas y espejitos.