El Salvador - Julio 28, 2017

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El volcán de los desplazados

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La disputa de territorios entre dos pandillas ha obligado a cientos de personas a dejar su hogar en los cantones Tunalmiles y Talcomunca, en el noroccidente de Izalco. Esta es la historia de aquellos que ahora sufren por no poder volver al sitio que, pese a todas las dificultades, llamaban con cariño hogar.

8 de Noviembre de 2015 a la(s) 0:30 / Un reportaje de Moisés Alvarado/Fotografías de Melvin Rivas y Víctor Peña

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A hora y media de aquí hay un hogar, que es el de ellos. Hora y media entre calles de tierra que luego se vuelven de piedra suelta y maleza, luego se angostan y ya no pueden ser nombradas como tales, apenas veredas donde a duras penas cabe y avanza un automóvil de doble tracción.

A hora y media está el sitio de frío clima donde los hombres que han trabajado la tierra desde siempre regresan, muy de vez en cuando, para mirar los pequeños brotes de café que han dejado crecer a su arbitrio, seguros de que el grano algún fruto les dará ante la ausencia de cuidados.

Pedro* es uno de esos hombres. Ya pasa de las seis décadas y es un tipo pequeño y duro. Apenas mueve los brazos al caminar. Seguramente es una costumbre de toda la vida para una persona habituada a los caminos difíciles. Ahora visita a su hermano Roque en esta pequeña casa, donde viven 10 personas.

Ellos, como más de una centena de personas, tuvieron que abandonar su hogar en las faldas del volcán de Izalco, más específicamente en el caserío Tunalmiles Norte, ante la amenaza de una pandilla o de dos. Bajar y buscar un nuevo espacio donde vivir, porque el sitio donde lo habían hecho por más de medio siglo dejó de ser un lugar seguro.

Y medio siglo no pasa en vano. Por eso les fue tan difícil convencerse de que ellos o uno de los suyos podrían ser los siguientes en morir si no se mudaban. Por eso ellos y los que vivían en las otras casas construidas en los solares (las familias de sus hijos) no fueron los primeros en decidir tomar sus cosas y marcharse, apenas inaugurado mayo.

La situación comenzó a ponerse oscura a inicios de este año, cuando un trabajador de la zona desapareció camino a cortar café. Meses después, un muchacho al que identifican como Eduardo se salvó de morir luego de que jóvenes desconocidos lo interceptaron y golpearon cuando se conducía a su hogar. El principio del fin se ubica en la segunda mitad de abril.

El 20 de ese mes, un joven jornalero, Germán Linares, fue asesinado en el caserío Chorrera Blanca. El motivo: hacer lo que hacía todos los días para ganarse el pan, conducir vacas desde el terreno donde las guardaba, en Tunalmiles Norte, hasta donde los animales se alimentaban, en el cantón El Chaparrón del vecino Nahuizalco o, lo que es lo mismo, pasar del territorio de una de las facciones del Barrio 18 al de la Mara Salvatrucha. Una quebrada marcaba el frágil límite.

—Las llegaba a dejar en la mañana y en la tarde iba a traerlas. Al fin de tanto, mejor le dieron. Decía él que eran mentiras que lo iban a matar –dice Pedro.

Siete días después hubo otro hecho brutal. En el caserío Los Hernández fueron asesinados cuatro jóvenes, primos y trabajadores de la tierra todos ellos. Las razones fueron las mismas: caminar desde el cantón El Chaparrón, en Nahuizalco, hacia la hacienda Macarena, a través de Tunalmiles Norte. Solo días después, todos los habitantes del caserío donde sucedió el homicidio dejaron sus hogares tras ser amenazados. Los pandilleros no dejaron siquiera que se llevaran sus cosas.

Pedro y Roque recuerdan que los que se fueron regresaron a traer sus pertenencias solo hasta que miembros de la Fuerza Armada y la Policía los acompañaron en la faena. Fue entonces cuando tomaron la dolorosa decisión de abandonar ese pedazo de tierra al que llamaban hogar.

—No hay que esperar a que a uno le pongan la pistola en el pecho para salir… como les digo a muchos, yo ya gocé, ya sufrí, pero los que van naciendo queremos que crezcan, que vivan lo suyo… Gracias a Dios la alcaldía nos ayudó con unos viajes en unos camiones, pero lo demás allá quedó abandonado. Total que se aprovechó la gente que quedó allá y se llevaron el hierro, las láminas que dejamos –afirma Pedro sin una gota de lamentación.

***

El comité de turismo de Izalco se ha reunido en la casa comunal para definir estrategias que atraigan a más turistas. Sus pueblos originarios y la fama de que aquí se practica la brujería no son suficientemente atractivos para lograr el objetivo. En la reunión está el subinspector Nazareo, uno de los encargados de la subdelegación que la PNC tiene en el municipio. Da sus aportes, promete su compromiso y se marcha. A pocas cuadras de allí está la base de su institución.

Ya en su oficina, Nazareo habla de otro de sus problemas, uno más grave que la escasez de turistas: los desplazamientos forzados registrados en las faldas del volcán de Izalco desde diciembre de 2014.

Según el subinspector, como Policía han registrado tres. El primero ocurrió en Chorrera Blanca, el mismo lugar donde un tiempo después fue asesinado German Linares. El saldo es de 15 casas deshabitadas. El segundo fue el de Tunalmiles Norte, con 20. Y el tercero, a principios de septiembre, se reportó en el caserío El Sitio del cantón Talcomunca y fronterizo con Tunalmiles. Unas 35 viviendas, según una mirada detenida al recorrer el lugar, fueron abandonadas en este sector, conformado por terrenos de la Diócesis de Sonsonate donados a sus antiguos ocupantes.

En total, son 70 las casas en las que ya no vive nadie. Calcular el número de personas que se ha ido se vuelve complicado cuando se considera que, según comentó uno de los vecinos que vivía en Chorrera Blanca, en cada casa residían de tres a cuatro familias, lo que también pasaba en Tunalmiles Norte y, es posible, en El Sitio.

Para contar con un número único, una opción sería colocarlo en siete personas por hogar. Por lo tanto, casi 500 individuos, según esta multiplicación conservadora en la que están de acuerdo los desplazados de Tunalmiles Norte y Chorrera Blanca que fueron entrevistados, habrían dejado su vivienda en los últimos 11 meses por causa de la violencia.

Y serían más: existe una parte del caserío Tunalmiles Norte donde la gente ha decidido no irse del sector. La resolución no es gratuita: desde hace un par de meses una tropa de las Fuerzas Armadas se ha acuartelado en una vivienda del lugar. Sin embargo, los vecinos afirman que han recibido amenazas de que cuando ese contingente se vaya, “todos serán masacrados”.

El subinspector Nazareo asegura que encontrarle un porqué a estos movimientos es simple: se trata de una cruenta pelea de territorios entre pandillas rivales que ha tenido como efecto secundario un aumento en el acoso a la “población civil”.

Para eso cita información de inteligencia, en la que se afirma que cabecillas del Barrio 18, por tradición el grupo con más presencia en Izalco, han girado instrucciones para que aquellos que están en las calles defiendan a sangre y a fuego los territorios conquistados, ante la amenaza de la Mara Salvatrucha, que está atenta ante cualquier vacío de poder, con el objetivo de apoderarse de más espacio en Izalco, bastión de sus enemigos. Una especie de golpe moral. Y aunque se conozca el motivo de tantos movimientos, su solución es la antípoda de lo simple.

Nazareo afirma que es posible que se den más éxodos, pues existen varios caseríos ubicados entre los límites de las dos pandillas. La línea iría, más o menos, así: inicia entre Tunalmiles y Nahuizalco para pasar justo donde está el penal de Izalco, en el cantón Talcomunca, para cortarlo en dos hasta llegar a Huiscoyolate, fronterizo con Sonzacate (con mayoría MS), seguir por Tres Ceibas y continuar hasta La Chapina, ambos en el límite con el municipio de Sonsonate.

Lo mismo sostendrá horas después Gerardo Vega, gerente de la alcaldía izalqueña. El funcionario comentará que son comunes las peticiones de ayuda de las personas que todavía viven en estos sitios. Sin embargo, les es imposible, por el momento, encontrarles una solución certera.

El subinspector Nazareo continúa con la entrevista en su pequeña oficina. Habla con la soltura de un conocido de toda la vida. Comenta que no se descarta la hipótesis de que una de las razones por las que la Mara Salvatrucha ha aumentado su presencia en las faldas del volcán es el traslado de 650 pandilleros de esa estructura hacia el sector 2 del penal de Izalco, antes ocupado por más de 1,000 elementos activos del Barrio 18 Revolucionarios que fueron llevados hacia las cárceles de Quezaltepeque y San Francisco Gotera en abril de este año. A pesar de ello, a Nazareo le gusta ser optimista y no duda en exaltar el trabajo de su corporación, que hasta el 14 de octubre había reportado 96 asesinatos, 13 más que en todo 2014.

“Pero por lo menos con el Barrio 18, nosotros hemos hecho mucho por desarticular esa estructura. Hace unas semanas agarramos a tres de los palabreros más importantes”, dice Nazareo, jactándose de la eficiencia de su subdelegación, que tiene a 70 agentes para ocuparse de todo el municipio, el más populoso de Sonsonate.

Sin embargo, puede tratarse de un espejismo, como lo reconoce uno de los policías asignados a Izalco. Primero, porque cuando un cabecilla es atrapado, ya existe una persona para ocupar su lugar. Segundo, porque los miembros de la MS, enemigos del Barrio 18, aprovechan la captura de uno de sus rivales para avanzar en la conquista de más territorio.

Una tercera razón es que la presencia de la PNC es escasa en los terrenos montañosos de las faldas de volcán de Izalco donde se presentan los mayores problemas (la mayor parte de los patrullajes recae en los soldados), como lo manifiestan todas las personas desplazadas que fueron entrevistadas para este reportaje y los agentes de la corporación que, horas más tarde, se sumarán a una visita de campo al caserío El Sitio. Entre ellos se encontrará Nazareo, un hombre que hace solo un rato hablaba de turismo.

***

Llegar a Tunalmiles Norte desde el centro de Izalco (o viceversa) resultaba toda una odisea para sus habitantes, por lo que casi todos se ganaban el pan en las fincas cafetaleras de la localidad: 30 minutos en un bus entre caminos peñascosos hasta el centro del cantón. De ahí, una hora más a pie.

A pesar del aislamiento, Tunalmiles Norte era el hogar de Pedro y Roque. Y no solo por el tiempo que pasaron en el sitio. Era su hogar porque lo forjaron a base de minucioso amor. Primero, con la construcción, hace 40 años, de la calle que lleva hasta ahí: rompieron desde el centro del cantón, con la ayuda de un buen samaritano, ese camino que hoy, mal que bien, permite que hasta la hacienda Macarena, ubicada más arriba que el caserío donde vivían, llegue un carro de doble tracción.

La otra conquista fue contar con agua potable en cada vivienda. Ambos hermanos trabajaron hace 40 años en el primer proyecto de la tubería madre que, aún ahora, lleva el líquido hasta las comunidades del centro de Izalco.

Para ellos, sin embargo, la oportunidad no llegaría sino hasta el nuevo milenio, gracias a la cooperativa con la que habían colaborado toda la vida, la Asociación del Proyecto Múltiple de Agua Potable de Izalco, o, para decirlo de forma más breve, APROMUP Izalco. El sueño de contar con agua fresca en cada casa se cumplió, a punta de infinidad de esfuerzos y, sobre todo, de trabajo físico.

—Pasamos seis años trabajando en el proyecto para tener agua. No nos desesperaba eso, y allá estábamos, pacientes y felices –dice Pedro.

Este logro fue seguido por el de la instalación de energía eléctrica, gracias a un proyecto de la alcaldía que llevó el recurso hasta sectores donde era impensable que llegara. Eso sucedió más o menos hace dos años. De nuevo, a base de grandes esfuerzos para personas que solo en meses buenos lograban ganar no más de $200.

Algunos, quienes no tuvieron los recursos para hacerlo cuando nació el proyecto, lo realizarían hasta después. Ese es el caso de Emilia, hija de Roque, quien no tenía ni un año de haber hecho esa inversión cuando fue desplazada. “Es que uno no es sabio”, dice la señora. Pero un hogar no es solo caminos, agua y electricidad. También es recuerdo, también es raíz.

—Para nosotros, allá está nuestro padre, ronda el recuerdo de él. Ahí aprendimos a ser hombres y esperábamos dejar de serlo también ahí cuando fuera nuestro tiempo. Por lo menos para los mayores, parece que no podrá ser así. Dios sabe por qué –dice Roque.

***

El problema de los desplazamientos forzados por causa de la violencia en El Salvador es parte de la cotidianidad. Para hacerse una idea, solo hay que recordar algunos ejemplos que las noticias han atestiguado este año: el de San Luis La Herradura, en La Paz, a finales de enero o el de la colonia Guatemala este mes.

El país, sin embargo, no cuenta con cifras oficiales que midan el fenómeno. El único esfuerzo fue realizado por el Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) a finales del año pasado. En este se dice que en 2014 un total de 289,000 personas fueron desplazadas por la violencia.

La cifra se obtuvo mediante el resultado de 1,260 entrevistas a adultos en todo el país, a quienes se les hizo la pregunta “en lo que va del presente año, debido a amenazas, ¿ha tenido que cambiar su lugar de vivienda?” El 4.6 % respondió que sí. Ese número, luego, se comparó con las estimaciones de población de la Dirección General de Estadística y Censos (DIGESTYC) para 2014, que supera los 6 millones de habitantes.

La Policía Nacional Civil cuenta, en su caso, con estadísticas sobre personas que han denunciado desplazamientos forzados. Estas se pidieron, por medio de una solicitud de acceso a la información pública, el 15 de octubre, pero al cierre de este reportaje todavía no habían sido entregadas.

La asociación Refugees International, que este año publicó el informe “Huir o quedarse, un acto suicida: desplazamiento interno en El Salvador”, recomienda al Gobierno incluir un par de preguntas específicas referentes al fenómeno en el censo que se presentará en 2017. Además, lo instó a “reconocer públicamente” que las pandillas y el crimen organizado son los causantes de “la mayor parte del desplazamiento interno y externo de El Salvador y comprometerse a desarrollar e implementar una respuesta humanitaria”.

También incluye recomendaciones como la creación de albergues transitorios para quienes huyen y la consulta a los gobiernos municipales para identificar posibles lugares de reubicación y reasentamiento donde estas familias, y quienes les rodean, puedan estar seguros. Como entidad regidora de todo el proceso postula a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, e insta la creación de un grupo de trabajo interdepartamental que establezca un protocolo de acción. El problema, sin embargo, continúa siendo invisible y tales recomendaciones, de momento, suenan más a ficción.

***

Una veintena de hombres aborda un camión en el centro de Izalco en dirección al cantón Talcomunca. El vehículo tiene media hora de estar detenido en espera de su escolta: un automóvil en el que irán tres soldados y un policía como medida de seguridad.

Se trata de los miembros y trabajadores de una de las cooperativas y ADESCO que abastecen de agua al 75 % de la población en el municipio, lo que no es poco: según las proyecciones de la Dirección General de Estadística y Censos (DIGESTYC), Izalco es el municipio con más habitantes en el departamento de Sonsonate: 79,564. Este sistema tiene un beneficio inmejorable: las entidades cobran a cada uno de sus asociados, la mayoría campesinos pobres, un aproximado de $2.50 al mes.

Ninguna es más grande que la Asociación del Proyecto Múltiple de Agua Potable de Izalco (APROMUP Izalco). Según su representante legal, Antonio Chilulum, ellos solos abastecen a casi 10,000 familias en 10 cantones. Su visibilidad, sin embargo, ha hecho a las cooperativas de agua presas de la delincuencia. Sobre todo porque la mayoría de sus nacimientos están en las faldas del volcán de Izalco, en parajes a menudo desiertos.

Según comentó el directivo hace unos días, los pandilleros acostumbran romper las tuberías (hechas con hierro fundido y de 8 pulgadas de diámetro) para obligar a los miembros de las asociaciones a subir a repararlas. Es entonces cuando realizan sus ataques. A todas luces es una paradoja: muchos miembros de estas estructuras se benefician con el agua de esos proyectos. Por eso, desde hace meses, subir por cuenta propia se ha convertido en sinónimo de peligro.

—Ahorita no se puede ir sin autoridad, porque es mejor preparar la cajita. Si no es gente de la PNC, son miembros del Ejército los que van con nosotros –aseguró Chilulum, quien dice que ha pagado hasta $4,000 en extorsión.

Por eso, esta mañana de octubre, cuatro hombres armados viajan junto a los trabajadores para protegerlos de cualquier eventualidad. Los vehículos pasan del penal de Izalco, que hace apenas unas semanas reportó el asesinato de cuatro de sus reos, y se internan un par de kilómetros más arriba. Ahora, la cuadrilla baja hasta los barrancos en los que hay que laborar, abrir surcos de 1 metro de profundidad en la tierra para que ahí quepa la gruesa tubería.

A unas decenas de metros de aquí se encuentra el nacimiento de agua que alimentará a cientos de personas más abajo. Ahí mismo fue el escenario, hace apenas un mes, del asesinato de Arnulfo Báchez, uno de los trabajadores de la cooperativa. Mauricio, quien estuvo presente ese día, camina hasta el sitio en un principio para mostrar la caja de captación que estaban construyendo aquel día.

Las labores estaban terminadas y era hora de descansar un rato en el frescor. Sucedió una escena que parece habitual en este sitio: cinco hombres cubiertos con pasamontañas, tres de ellos armados, se aparecieron desde detrás del monte. A todos los colocaron boca abajo mientras se llevaban lo que estaba a la mano, incluyendo materiales de trabajo, como palas y piochas.

Se percataron de la presencia de Báchez, quien pasaba de los 40 años de edad, porque tenía un ojo lastimado. Por ese detalle le decían “la Choca”. Lo cuestionaron sobre su procedencia, si era del cantón Tunalmiles. El hombre respondió que sí, pero que no era a quien buscaban, porque su apodo era “Caballo”.

La explicación no bastó y se lo llevaron aparte, a unos cañales. Mauricio y los otros escucharon, a lo lejos, las tres descargas. Otro hecho sucedió el 4 de marzo, cuando dos personas (que no han aparecido) fueron secuestradas en Chorrera Blanca (el mismo punto donde fue asesinado German Linares), cuando un grupo de 20 trabajadores se dirigía a reparar una tubería.

La extorsión también es generalizada, como lo explicó hace unos días un miembro de otra de las cooperativas, quien dice que, en su caso, han tenido que realizar dos grandes pagos de $3,000. En tuberías averiadas, por otro lado, han gastado otro par de miles de dólares.

Mauricio vuelve para incorporarse al resto del grupo, hombres de varias edades que trabajan en cavar una tarea (3 metros de largo por 1 metro de alto por 30 centímetros de ancho) por la que cobrarán $7. Dinero que es una bendición, dicen varios de ellos, ante la escasez de empleo, pues algunas oportunidades de trabajar en el campo se han cortado porque los terrenos están en el territorio de una pandilla contraria a aquella que corre en el que residen.

El trabajo termina y todo el pelotón regresa a los dos vehículos, aliviados porque no se ha presentado ninguna eventualidad.

—Ya ve, con solo que vengan un par de policías, ya nos sentimos más seguros –dice el presidente de la cooperativa al abordar su camión, cargado con piochas, palas y hombres sudorosos.

***

El contacto con los pandilleros de Pedro y los suyos era escaso. Eran, dicen, personas desconocidas que quizá llegaban de Tunalmiles Sur o de los cantones del vecino Nahuizalco. O de Talcomunca. Era habitual encontrarlos en el camino, vistiendo ropas oscuras, parecidas a las de un policía, y con un arma como compañía. Se limitaban a saludarlos, dicen, y Pedro y los suyos ni siquiera se atrevían a mirarlos a la cara.

Las anécdotas de asaltos, sobre todo a las mujeres de la comunidad, eran moneda común al menos desde diciembre del año pasado. A pesar de esa situación de inseguridad en Tunalmiles Norte, Emilia lamenta no contar ya con una casa propia y tener que pagar un alquiler que a veces se le vuelve incosteable.

—A mí se me va el sueño pensando… no es como uno allá, que aunque uno no ha tenido una buena casa, por lo menos sabe que ahí está, sacaba la comidita como sea, sin la preocupación de decir “si no pago este mes, el otro no tengo dónde vivir” –dice la señora.

Roque, por su lado, manifiesta que se siente poco útil, como “un trapo viejo”. No sabe qué hacer en este nuevo sitio. Desde un accidente automovilístico que tuvo hace cinco años, no ha podido faenar como lo hacía antes. Allá arriba, dice, por lo menos se dedicaba a “vainear el café”. Y llora en silencio, no queriendo llorar. Su hermano lo consuela desde su asiento, con la calidez de sus palabras. Tras un rato, Pedro sugiere moverse a otro sitio, donde están otros que, como él, se vieron obligados a bajar de los montes.

El lugar está a media hora de camino. Al llegar, la primera en recibirlo es una de sus primas, Francisca, y la hija de esta, quien estaba embarazada al momento del desplazamiento. Ella lo invita a conocer a su pequeño.

Francisca fue una de las pocas personas que contaban con un lugar para llegar antes de lo ocurrido. Se trata de un pequeño lote en el que han levantado tres viviendas. Sin embargo, a diferencia de Tunalmiles Norte, aquí no hay energía eléctrica ni agua potable en la casa. Todo un retroceso en sus vidas, dice la señora. Pedro regresa para incorporarse a la plática.

—No, si esa situación era bien fea. Mi prima sabe que en mis tiempos mozos yo tuve mis aventuras en otros cantones, no lo voy a negar. Imagínese que ahora ni eso se puede hacer, ni pecar a gusto –dice Pedro, en medio de unas risas que contagian a su prima. Luego, ambos pasan a temas más serios, como el acoso a los tres profesores que atendían la aislada escuela de Tunalmiles Norte, a los que, más que la lejanía, los constantes asaltos terminaron de ahuyentar.

A esta hora, las 4 de la tarde, llega de trabajar el esposo de Francisca, Alfonso, uno de los pocos que se han atrevido, junto al hijo de Pedro, a regresar habitualmente a los terrenos donde antes trabajaban. Eso es posible gracias al apoyo del patrón, dice, quien brinda transporte y seguridad para llegar hasta sus tierras.

Pedro también vuelve, quizá cada 30 días, a revisar los arbustos de café que decidieron sembrar antes de la amenaza, pues, comenta, estos no necesitan de un cuido diario, lo que sí pasa con las hortalizas que había plantado. Decidir volver, dice, le costó dos meses. Y lo hace, reconoce, porque de alguna forma tiene que pagar el préstamo que adquirió para hacer algunos sembradíos.

En una casa cercana está otro sobrino de Pedro, Joaquín, desgranando algunas vainas de frijol. Sus cuatro hijos lo acompañan en la faena. Saluda a su tío y le cuenta su situación. A sus 43 años, tuvo que endeudarse para sacar el lote que actualmente ocupa y para comprar las láminas con las que levantó su modesta casa. Las que tenía arriba se las robaron antes de que pudiera regresar.

En Tunalmiles Norte, Joaquín se dedicaba a hacer carbón. Aquí intenta replicarlo, pero no hay, sostiene, quien deje cortar un árbol para conseguir la madera necesaria. La materia prima, por tanto, es una preocupación más.

—Pero vamos a aguantar. Siempre lo hemos hecho. ¿Quién dijo que la vida para uno de pobre era fácil? –dice Joaquín. La luz comienza a ceder, y para Pedro es tiempo de volver a su nueva casa.

***

El vehículo en que viajan los tres soldados y el policía que escoltan el camión de la cooperativa de agua también sirve para transportar a dos periodistas, quienes buscan llegar a los caseríos donde ya no vive nadie. Por eso, tras dejar a los trabajadores sudorosos en un trecho seguro, el carro enfila hacia arriba otra vez.

La opinión común en el centro de Izalco es que este sector del volcán es como un campo minado, donde no es posible acceder sin la compañía de las autoridades de seguridad. Es fácil saber por qué: calles angostas, casi intransitables y flanqueadas por monte, donde es improbable dar la vuelta por largos trechos, conforman un conjunto de elementos perfectos para realizar una emboscada ideal, si alguien la quisiera hacer. Pero la presencia de gente todavía conforta. Eso cambia después de Tunalmiles Centro.

El camino a Chorrera Blanca, El Sitio y Tunalmiles Norte es pura maleza y soledad. Puro sonido de pájaros y viento entre las ramas. Se ha dicho tanto que este es territorio de pandillas armadas hasta los dientes que la ausencia de personas, que en otra circunstancia sería un privilegio para el sosiego, aquí es una amenaza. Las casas no aparecen sino hasta 20 minutos después de haber dejado Tunalmiles Centro.

Dentro de una de ellas, la maleza ha comenzado a crecer donde antes había un piso de cemento. No hay techo, solo cuatro paredes desnudas. Un detalle resulta inquietante: las conexiones de luz eléctrica siguen intactas, con contadores que ahora no sirven para nada. La empresa distribuidora no ha querido enviar a sus empleados hasta el lugar para retirarlos, quizá por temor.

Veinte minutos pasan sin que se vea a un ser humano. De pronto, dos hombres se acercan, llevando consigo machetes desenvainados. Uno de ellos, el que aparenta más edad, pregunta qué hace este grupo de personas en ese terreno que, dice, es de su propiedad.

El policía le explica que se trata de un trabajo periodístico que busca retratar cómo está el lugar después de que tanta gente se fue. El hombre parece intranquilo, pero decide conversar un poco de su situación.

—Aquí vinieron personas bien armadas e hicieron balaceras. Si el problema hubiera sido pequeño, tal vez le hubiéramos hecho frente. La gente se tardó como tres semanas en irse –dice.

El policía le pregunta si no siente temor de estar aquí, en medio de la nada y con la amenaza de una pandilla. El hombre se apresura a contestar que se ve obligado a hacerlo porque es una tierra de su propiedad y que tiene siembras, las que procura divisar desde lejos antes de atreverse a acercarse. El policía le hace notar lo poco conveniente que es aparecerse como lo hizo, con un machete desenvainado en la mano, y lo que hubiera pasado si no se tratara del contingente que hoy visita estas tierras.

—Lo que pasa es que con un largavista ya los había visto a ustedes y por eso me dejé venir –contesta el hombre. Uno de los soldados, alarmado por la respuesta, le pregunta si está armado y dónde dejó esos binoculares que le permitieron ver de tan lejos. —Los dejé allá, colgados –contesta, y niega que tenga un arma.

El hombre comenta también que en lo que tiene de estar regresando a sus tierras (tardó meses, dice, en decidir hacerlo) no ha visto a otras personas y recuerda el caso de desplazamiento más reciente, el del caserío El Sitio, donde 35 hogares se quedaron sin ocupantes. También muestra su descontento por lo que, en su opinión, es un triunfo de la impunidad y de la delincuencia. Se atreve incluso a sugerir una solución más drástica. Ya no hay tensión, policía y soldados han comprobado que los hombres no son pandilleros.

—Esta cosa nunca se va a terminar. Si los agarran y tienen plata, contratan unos tres abogados y a las tres semanas ya vienen para afuera –dice el hombre.

—La razón es que la gente tiene miedo de ir a declarar, siempre tiene que haber un ofendido –contesta el policía.

El otro hombre, quien se había mantenido a distancia, se acerca para dar su punto de vista, y afirma que denunciar no vale nada, pues, según él, es común la noticia de que quien denuncia aparece muerto a las pocas horas.

—Se han dado casos, y bastantes –responde el policía, reconociendo la realidad. El silencio se siente ahora más, cuando se ha terminado de hablar. Al fin, el hombre de más edad lanza otra idea.

—La delincuencia viene ganando, le viene ganando a la gente trabajadora, a las autoridades. Tiene que haber un alto… todo esto está desolado. Creo que este pedazo es un símbolo de lo que es El Salvador –dice, antes de disponerse a volver, junto a su compañero, al lugar de donde salió.

***

Camino a la casa donde ahora reside, Pedro reflexiona sobre la permanencia de su clan en Tunalmiles Norte. Nada los sacó de allá antes, ni los combates de la guerra, que hasta el cerro solo llegaron en noticias, ni la reciente erupción, en 2005, del volcán de Santa Ana.

También da cuenta de las veces que ha salvado su vida, como en la década de los ochenta, cuando un grupo de profesores que pertenecían al sindicato ANDES 21 de Junio fueron asesinados a pocos kilómetros del centro de Izalco. Era habitual que los acompañara. Ese día, sin embargo, alguien le prestó un caballo, por lo que no fue necesario sumarse a los educadores. Ese préstamo evitó que muriera.

Pedro comenta, ahora, que solo espera volver a sembrar y vivir en su casa. “Esa es la emoción de uno y la necesidad de uno, trabajar para el mañana”, dice.

El camino sigue. De pronto, el volcán de Izalco aparece imponente y cubre el horizonte. Pedro señala el límite justo donde llega la bruma que no permite ver el resto del coloso. Ahí, justo ahí, está Tunalmiles Norte. Lo mira atento y pensativo. Y, desde sus ojos, parece volar.

*Los nombres de algunas personas han sido sustituidos para proteger sus vidas

Casi 500 individuos, según esta multiplicación conservadora en la que están de acuerdo los desplazados de Tunalmiles Norte y Chorrera Blanca que fueron entrevistados, habrían dejado su vivienda en los últimos 11 meses por causa de la violencia.
La otra conquista fue contar con agua potable en cada vivienda. Ambos hermanos trabajaron hace 40 años en el primer proyecto de la tubería madre que, aún ahora, lleva el líquido hasta las comunidades del centro de Izalco.
Su visibilidad, sin embargo,ha hecho a las cooperativas de agua presas de la delincuencia. Sobre todo porque la mayoría de sus nacimientos están en las faldas del volcán de Izalco, en parajes a menudo desiertos.
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