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Cada 4 horas ocurre una violación

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Entre 2006 y 2014, el IML efectuó peritajes en 10,546 niñas y adolescentes que fueron violadas. Casi el 16 % de víctimas tenía 14 años. El país tiene una de las tasas más altas de violación sexual de América.

21 de Diciembre de 2015 a la(s) 6:1 / Suchit Chávez

La víctima de violación sexual en El Salvador tiene rostro de mujer joven. Tiene rostro de adolescente. Y el rostro de su agresor está dibujado con trazos de cercanía: generalmente es su novio.

Este periódico, con colaboración de la Universidad Carnegie Mellon de Pittsburgh (Pensilvania, Estados Unidos) y la unidad de investigación social LPG Datos, analizó los datos de los peritajes por violación sexual realizados por el Instituto de Medicina Legal (IML) entre los años 2006 y 2014 en todo el país. El análisis dio como resultado la prevalencia de miles de casos de violación sexual en mujeres jóvenes, en ambientes conocidos y por personas de su círculo de confianza.

Del registro se infiere que 5.1 violaciones ocurrieron cada día. Es decir, una violación sexual cada cuatro horas y 42 minutos. Tres de esos cinco casos correspondieron a una mujer menor de edad.

Conozca el proceso tras una denuncia de violación sexual en el siguiente video: ¿QUÉ PUEDO HACER SI SOY VÍCTIMA DE VIOLACIÓN SEXUAL?

Los peritajes también ponen en evidencia que entre menor es una víctima de violación en El Salvador, entre los cuatro y nueve años, el abuso es dirigido contra niños. Niños que normalmente fueron abusados por vecinos o por alguien aún más cercano.

Alfonso (nombre cambiado) es un hombre que ahora supera los 40 años. Fue abusado sexualmente. “Yo andaba rondando los ocho años. Duró hasta mis 13, 14 años. No puedo decir en esa cantidad de años cuántas veces pasó. Varias veces, pero tampoco era algo que era todas las semanas ni tan repetitivo, pero sí sucedió varias veces”, cuenta.

Su agresor, ocho años mayor que él, era su hermano. Ambos compartían la misma habitación y una noche se acercó a su cama para manosearlo. “Él me empezó a decir palabras. Y ya quedó instituido como ‘jugar de aquello, juguemos de aquello’. Y era solamente a tocarse. Al principio no puedo decir si me gustaba, estaba muy niño, me parecía raro. Pero ya después yo le decía, yo lo buscaba, ‘juguemos de aquello’”, relata Alfonso, quien ahora tiene claro que lo suyo fue abuso sexual.

Vea también: VIOLENCIA SEXUAL, ENTRE EL TEMOR Y EL SILENCIO

El caso de Alfonso sucedió hace muchos años, pero cumple con las pautas que Silvia Juárez, quien tiene cerca de una década de experiencia en atención al tema de violencia sexual, explica para los delitos sexuales: “Los hechos de violencia sexual no son un acto de placer, sino un acto de poder, y a partir de ahí uno puede entender los comportamientos sobre los grupos etarios e incluso sobre los sexos”, comenta.

Juárez es coordinadora del programa “Por una vida sin violencia” de la Organización de Mujeres Salvadoreñas (ORMUSA). La organización publicó en septiembre pasado el informe “Situación de violencia contra las mujeres. 2014”, en el cual analizaron datos de violencia sexual de los años 2009-2014. El documento detalla que durante años la violencia sexual contra los hombres se ha mantenido constante, pero baja en comparación a la ejercida contra las mujeres.

El análisis de este periódico sobre los datos de Medicina Legal coincide con el de ORMUSA: de 16,964 víctimas de violación sexual entre 2006 y 2014, el 93% fueron mujeres y el otro 7% hombres; 2,700 adolescentes de 14 años fueron agredidas sexualmente en esos nueve años, según los datos del IML.

“Se nos vende la idea que en el imaginario de los callejones oscuros, que de los matorrales salga un hombre y nos desgarra la ropa. Cuando en el caso de la violencia sexual Medicina Legal y Fiscalía también coinciden en que la mayoría de agresores están en el ámbito de confianza”, explica Juárez.

Según el IML, entre 2006 y 2014, 3,106 novios fueron señalados como los agresores responsables de perpetrar una violación. Y 3,267 agresores están bajo la categoría “conocido”.

“Lo que demuestra que el antiguo mito, desafortunadamente, de ‘no hables con extraños’ no va a proteger siempre a un niño o a una niña, porque muchas veces los agresores están más cerca”, valora el director de Medicina Legal, Miguel Fortín.

El análisis de datos arrojó que el agresor identificado como “novio” es particularmente frecuente en el oriente del país: en más del 30 % es el victimario de los casos en La Unión, San Miguel y Usulután. En el otro extremo del país, en Ahuachapán, un porcentaje similar se le atribuyó a “conocido”.

Y aunque las víctimas emboscadas por un desconocido no sean las más frecuentes en el país, las hay en un importante porcentaje. El 25.79% de los casos registrados durante los nueve años en La Libertad tuvo como agresor a un “desconocido”, la categoría más alta en ese departamento.

El pasado 3 de agosto, una joven de 21 años esperaba un autobús, a las 9 de la noche, en la parada del parque San José del centro de San Salvador. La joven volvía de su trabajo. Un hombre se le acercó por detrás, le puso un cuchillo y le advirtió que no gritara. El hombre la interpeló y le dijo que ella era “mujer de pandillero”. La obligó a caminar, con la punta de metal raspándole la espalda, hacia un hospedaje y pagó una habitación con el dinero que le robó, según el relato consignado en el expediente judicial del caso.

El hombre exigió a la joven que se desnudara para corroborar si tenía tatuajes de alguna pandilla. Cuando se quitó la ropa, ella le pidió que no le hiciera nada, que andaba con su período menstrual. “¿Y no para eso tenés atrás, pues?”, respondió el agresor. La joven fue violada y puso la denuncia cuando el victimario la dejó ir del hospedaje.

Ese hombre es Mauricio Geovany Pérez Guerra, identificado públicamente como violador en serie, y quien tiene en su contra cuatro procesos judiciales por violación. El relato de la joven es uno de los cuatro casos y cuando fue entrevistada dijo a uno de los peritos del IML: “En el momento que me llevaba solo pensaba ‘qué me va a hacer, quizá me va a matar’”.

El caso evidencia lo que para Juárez implica la violencia sexual: una relación de poder. “Tiene que ver con ese mandato de poder, yo no me voy a enfrentar a un mandato de poder igual o superior, sino aquel que pueda ser dominable. Claro, los cuerpos jóvenes son cuerpos dominables”, dice Juárez.

Secuelas

Roberto es psicólogo y tiene más de dos décadas de ser terapeuta. Pidió no ser identificado para este reportaje. Coincide con Juárez en que un agresor ejerce una relación de poder al violar. “Lo que pasa es que cuando (los agresores) van a enfrentar a una mujer de igual a igual se sienten en desventaja, obviamente ellos inconscientemente sienten que no son normales, entonces tienen que buscar la sexualidad con algo que sea menos que ellos, un niño, un anciano, un animal”, dice, y atribuye ese hecho a que “todo abusador ha sido abusado, es una regla”; aunque matiza, “no todos los abusados van a abusar”.

Esto talvez explicaría que los ocho casos, que ocurrieron entre 2006 y 2014, en los que el agresor fue el hijo de la víctima fueron perpetrados contra mujeres de más de 60 años, en siete de los casos, y uno contra una mujer de 47.

Roberto, Juárez y Fortín concuerdan, cada uno por su lado, en las profundas secuelas que la violación provoca en las víctimas. Y entre más cercano es el agresor y más reiterado el abuso, peor.

“No hay nada más privado que la sexualidad de un ser humano”, dice Fortín y ejemplifica los niveles de daño: “El primer caso que yo vi de una víctima de agresión sexual crónica aquí en este instituto, cuando yo trabajaba en psiquiatría forense, era una niña que tenía una expresividad al hablar totalmente sexualizada, en donde la niña pedía tener contacto sexual con todo el mundo, incluyendo con los entrevistadores”, relata el psiquiatra, quien añade “uno podría decir ‘ah, esta niña es la mala’. ¡No! ¡Es la víctima! Es la víctima más víctima de todas, porque casi desde que nació esta niña había sido sexualizada”.

Roberto se ha dedicado durante años a la rehabilitación de adictos. “Nunca he llevado un registro, pero quizá el 85% de los casos de adicción a las drogas que yo he tratado han sido víctimas de abuso sexual”, dice, y agrega: “El abuso sexual es uno de los factores, uno, pero de los más importantes de la adicción a las drogas”. Si el agresor, dice el terapeuta, es un familiar “imagínese el conflicto. Una persona a la que la víctima tiene que amar, si es el papá, pero la víctima lo está odiando”.

Para Juárez, sin embargo, es necesario botar “el mito de que la víctima no se puede recuperar”. “Las víctimas nunca van a olvidar el hecho, van a aprender que eso fue parte de tu historia, que la vida va a seguir adelante”, dice.

Ninguno de los pacientes de Roberto denunció jamás su caso ante las autoridades. Juárez explica que existe un estimado de la Organización Panamericana de la Salud (OPS ) que de cada caso denunciado hay cinco más que no se denuncian.

Tomando en cuenta los datos entre 2006 y 2014, El Salvador tiene una tasa promedio de 30.1 violaciones por cada 100,000 habitantes. Una de las más altas de América Latina; y muy parecida a la tasa de Estados Unidos. Sobre esto se ahondará en la segunda entrega de este tema que se publicará mañana.

Mitos que no son mitos

El pasado 10 de octubre, cuando la Fiscalía General de la República (FGR) señaló a Mauricio Geovany Pérez Guerra de ser un violador en serie, un lector comentó en la página web de este periódico: “Jajajaja cómo le va a ir a este cuando llegue a la cárcel. En menos de un mes estará como el volcán de San Salvador”.

Juárez comenta que los niveles de indiferencia ante la violencia sexual en El Salvador han llegado a eso: a que las violaciones en cárceles sean motivo de “chiste”.

El análisis de datos confirma que el problema existe: entre 2006 y 2014, el IML registra 25 casos de violación sexual cometidos en un centro penal, centro de readaptación o una bartolina policial. Nueve fueron contra mujeres, el resto contra hombres.

Guillermo García, presidente de la Asociación de Exinternos Penitenciarios de El Salvador (AEIPES), señala que la práctica sucede con frecuencia.

“La regla general es que en el sistema penitenciario, tanto en los gobiernos de derecha como de izquierda, se han dado este tipo de hechos”, afirma García.

El pasado 4 de diciembre, una mujer acudió a una audiencia en el Juzgado Primero de Instrucción de San Salvador para acompañar a su hija de 11 años de edad, quien daría su testimonio ante un juez de la agresión sexual que sufrió. La madre comentó que uno de los abogados de William B., el acusado, intentó sobornar a la familia para que retirara la denuncia. “Le ofreció $10,000 a mi esposo. El abogado le dijo que lo ayudara, que don William no aguantaba, porque lo estaban usando de mujer (violándolo)”, contó la madre.

García denunció, incluso, que tales prácticas son ejercidas por las mismas autoridades y aseguró que hay un director en funciones de uno de los centros penitenciarios que fue denunciado en septiembre de violar a un interno transgénero. La Procuraduría de Derechos Humanos (PDDH) confirmó que la denuncia existe, pero aún no hay una resolución. La FGR también lo confirmó. Sin embargo, el funcionario aún no ha sido acusado formalmente.




*Este reportaje fue realizado por Suchit Chávez para La Prensa Gráfica (El Salvador) en el marco de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas, del International Center for Journalists (ICFJ), en alianza con CONNECTAS. Contó con el aporte en el análisis de datos de María De Arteaga – Auton Lab, Carnegie Mellon University
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