El Salvador - Julio 25, 2017

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La productividad y la competitividad bien estructuradas e integradas son la fórmula viable para promover empleo suficiente

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Una de las demandas de mayor fuerza y apremio en el ambiente es la que se refiere a contar con oportunidades de empleo que llenen las expectativas de superación ciudadana, en especial de los jóvenes que se incorporan en forma continua al mercado laboral.

16 de Mayo de 2016 a la(s) 6:0

En el país se producen constantemente reclamos ciudadanos para mejorar las condiciones de vida de la población, sobre todo de aquella menos favorecida en el plano socioeconómico. Esto no es una novedad, porque las sociedades tienen en todas partes desajustes estructurales, que pueden ser de las más variadas naturalezas y también de las más diversas magnitudes. Siempre hay cosas que mejorar, y ya no se diga en ambientes como el nuestro, en el que los trastornos del sistema nacional son tan antiguos y nunca han merecido los tratamientos reparadores y reconstructores que se requieren no sólo para servir a la justicia sino también para sustentar la convivencia social y la paz ciudadana.

En la ruta hacia el desarrollo se vuelve indispensable activar de manera consistente la generación de oportunidades, lo cual tiene que comenzar por hacer viable y accesible un esquema educativo que responda a las exigencias de cada coyuntura histórica. En el caso de El Salvador, no se ha dado a lo largo del tiempo un adecuado enfoque progresivo de la educación, y por consecuencia los accesos a la misma y los resultados que produce han padecido insuficiencia crónica. Esto deriva en una productividad cuyas falencias ponen al país en persistente desventaja competitiva, y más aun en un mundo crecientemente abierto, en el que las posibilidades de desarrollo van de la mano con los desafíos de efectividad.

Una de las demandas de mayor fuerza y apremio en el ambiente es la que se refiere a contar con oportunidades de empleo que llenen las expectativas de superación ciudadana, en especial de los jóvenes que se incorporan en forma continua al mercado laboral. Este es un punto clave para impulsar de veras el desarrollo en el país, y su activación en los hechos depende en gran medida de que haya crecimiento económico en la dimensión y con el ritmo necesarios. Un crecimiento débil y fluctuante, como el que se viene dando entre nosotros desde hace bastante tiempo, es en verdad la principal retranca para todo lo demás. Ni el asistencialismo políticamente programado ni las medidas de ocasión como los aumentos artificiosos del salario pueden sustituir en ningún sentido los beneficios del crecimiento real, que se basa en una productividad eficaz y en una competitividad eficiente.

Los salvadoreños, sin distingos de ninguna índole, tendríamos que sumar fuerzas y esfuerzos en pro de un El Salvador que se ponga en la primera línea de los tiempos actuales y futuros. No podemos seguir en el rezago insustancial y conflictivo, haciendo piruetas inútiles mientras las oportunidades pasan a nuestro alrededor sin pena ni gloria. En la medida que el país se siga desgastando en tal estancamiento más complejas y difíciles se nos harán las realidades que tendremos que enfrentar.

Lo que realmente falta para que nuestra sociedad se anime a asumir en forma concreta y decidida los dinamismos del progreso es responder con sinceridad la pregunta del millón: ¿Qué es lo que nos impide ver con claridad, planificar con visión y actuar con inteligencia? Nos lo impiden, en primer lugar, las actitudes obcecadas y retrógradas, que ya no pueden llevar a ninguna parte. Hay que animarse a lo nuevo, sin deslumbrarse por las novedades fáciles.

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