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Una crítica del arte y la cultura oficiales en El Salvador

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El arte y la cultura no son pantallas estáticas para la proyección ideológica, sino telones en un movimiento constante entre el imaginario colectivo y los recuerdos personales, entre las formaciones incompletas de la realidad actual y los residuos del pasado.

17 de Julio de 2016 a la(s) 6:0 / Évelyn Galindo-Doucette/ OPINIÓN (Desde allá) Estados Unidos/ Meridiano 89 oeste

Miguel Rubio, del colectivo peruano de teatro Yuyachkani, una vez dijo: “Nada de lo que uno representa en escena se compara con lo que está sucediendo en este país”. Con esto el dramaturgo hacía referencia a la teatralidad del Estado y a la puesta en escena de un espectáculo político que reúne la “coreografía” de la sociedad actual con símbolos e iconografía históricos. Eric Hobsbawm conceptualiza este proceso nacional como “la invención de una tradición histórica”, arraigada en el presente y que circula a través de una cultura y arte oficiales.

A finales de 2008 Joao Santana fue contratado para dirigir y ejecutar la campaña electoral del entonces candidato presidencial del FMLN, Mauricio Funes. Santana es considerado un gurú de la publicidad política por su manera de captar y traducir la esencia popular. Ha sido catalogado por los medios de comunicación internacionales como el “creador de presidentes de izquierda” y algunos lo comparan con Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda que fusionó el arte y la cultura en la maquiavélica campaña de propaganda del partido nazi.

Su trabajo en El Salvador puede usarse para ilustrar esa “invención de una tradición histórica”. Es probable que a partir de 2008 Santana haya sugerido la utilización de la iconografía del beato Óscar Romero como un símbolo estatal: se hizo uso de la memoria del arzobispo para ganarse la confianza de la población. Se trató de un esfuerzo consciente del Gobierno para establecer una conexión metafórica entre el Romero de los setenta y ochenta con el programa político actual de la izquierda.

Entre 2009 y 2014 se cambió el nombre del aeropuerto internacional a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, se patrocinó arte “oficial” como el “Romero” del pintor Rafael Varela colocado en Casa Presidencial y se lanzó una campaña de publicidad que declaraba que el FMLN caminaba “por el rumbo señalado por Monseñor Romero”.

Sin embargo, el Romero que vimos (principalmente con el gobierno de Funes) como ícono oficial no es el mismo Romero de antes. Una imagen se convierte en iconografía precisamente porque trasciende su momento histórico. Después de 2009 la imagen del arzobispo representa y comunica nuevos significados que tienen que ver con la política actual, ya algo lejos de lo que era su figura histórica.

Mi intención no es argumentar en contra de la representación de figuras y eventos históricos asociados con una política de izquierda, nada más lejos. Es claro que una parte de la performance y de la cultura visual patrocinadas por el Estado abre un espacio público para recordar un pasado que no está relacionado con la memoria emblemática de los grupos de la derecha política. También es claro que las transiciones políticas abren un espacio para la reemergencia de memorias que antes se suprimieron: la memoria histórica que promueven los gobiernos de izquierda sirve como una respuesta necesaria a la que ha dominado la historia nacional desde antes de la masacre de 1932.

Pero cuando el arte reitera una visión oficial y deja de servir para la crítica de esta, entra en el campo de la propaganda. La esperanza del arte y de la cultura está, por tanto, en las propuestas artísticas de lógicas sociales alternativas, contestatarias y complejas que logran conciliar la solidaridad con las víctimas de la guerra con un ejercicio crítico de la memoria y de la realidad social.

Esto lo vemos en las obras visuales y escénicas de muchos artistas independientes, por ejemplo, Mauricio Esquivel, Ronald Morán, Mayra Barraza, Muriel Hasbún y Víctor Crack Rodríguez, quienes desafían e interrumpen la hegemonía de las narrativas políticas dominantes del gobierno de turno. El arte y la cultura no son pantallas estáticas para la proyección ideológica, sino telones en un movimiento constante entre el imaginario colectivo y los recuerdos personales, entre las formaciones incompletas de la realidad actual y los residuos del pasado

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