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Agustín Edwards Eastman Fallece el presidente de El Mercurio

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El Mercurio es parte del Grupo de Diarios de América (GDA). Es el periódico de referencia de Chile y Agustín Edwards Eastman lo dirigió desde que tenía 29 años.

26 de Abril de 2017 a la(s) 0:0 / El Mercurio/GDA

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El lunes por la mañana falleció, a los 89 años de edad, el presidente de la Empresa El Mercurio SAP, Agustín Edwards Eastman. Los casi 90 años de la vida de Agustín Edwards Eastman -editor de El Mercurio hasta su fallecimiento- recorrieron casi la mitad de la existencia de la república y se entrelazaron con ella a muchos respectos. Continuador de una tradición empresarial, periodística y de compromiso público mantenida por cinco generaciones precedentes, hizo honor a ella.

En el ámbito de la prensa encontró muy joven su vocación profesional, cuando su abuelo, Agustín Edwards MacClure, lo introdujo a la vida del periódico, a la que estuvo entrañablemente ligado por más de siete décadas. A la temprana muerte de su padre, Agustín Edwards Budge, debió asumir, a los 29 años, la responsabilidad de encabezar la dirección de la empresa familiar, lo que fortaleció aún más su espíritu periodístico. Consolidó en ella un espacio de independencia y respeto profesional en el que se han desempeñado cientos y cientos de periodistas que han alcanzado altos méritos y reconocimientos. “La contratación en los medios periodísticos de profesionales de calidad, con independencia absoluta de sus convicciones personales” sintetizó su criterio rector para resguardar el pluralismo informativo.

Impulsor en la prensa de un espíritu de cambios, redobló la tradición de sus predecesores de adoptar las más avanzadas tecnologías de cada momento y asumió las diferentes necesidades de profundización e interpretación de la noticia que los tiempos exigían. A su gestión se deben, por ejemplo, la circulación nacional de El Mercurio en el mismo día de su publicación, pese a la compleja geografía chilena, desde la década de 1960; su complementación con una gama de revistas especializadas, que él mismo inició en 1966 con la Revista del Domingo, y la temprana introducción en sus páginas del color y de las fotos internacionales de transmisión instantánea.

Entusiasta de la innovación, impulsó los portales digitales, así como la televisión por cable en Chile. Sus numerosas iniciativas le valieron importantes reconocimientos, entre ellos el Premio Maria Moors Cabot, concedido por la Universidad de Columbia. Del mismo modo, fue activo partícipe y dirigente en distintas instancias de periodismo global, y llegó a presidir la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y el Grupo de Diarios de América (GDA), del cual fue uno de los principales inspiradores y fundadores.

Como todo emprendedor, tuvo éxitos y reveses, y su vida distó de ser apacible. En 1970, por de pronto, tras graves amenazas que, más allá de sus empresas, alcanzaban a su familia, se radicó con su esposa e hijos en los Estados Unidos y se desempeñó abriendo mercados externos como vicepresidente de una multinacional de alimentos.

Bajo la inspiración de ideas de libertad, en los años 60 creó el Centro de Estudios Socio-Económicos (CESEC), tal vez el primer think tank moderno en Chile.

Tras el angustioso secuestro de un hijo, en 1992 dio vida y encabezó por un cuarto de siglo la Fundación Paz Ciudadana, para incorporar a la sociedad en la búsqueda de soluciones técnicas al problema de la delincuencia, convocando a un directorio integrado por personalidades de muy diversa ideología política.

Inquieto por temperamento, nunca fue hombre de escritorio. “Multifacético, hosco en apariencia, pero muy ameno en confianza”, así se lo describía en una de las escasísimas entrevistas a que accedió, con ocasión del centenario de El Mercurio de Santiago. Necesitaba la actividad personal directa, manifestada en variados planos, entre los que destacó su cultivo de la navegación, que lo llevó incluso a ser oficial de reserva de la Armada de Chile -un motivo de especial orgullo para él-, lo que aunó a su curiosidad de viajero incansable.

Hombre de amplia cultura, acompañado por su esposa, Malú del Río, impulsó incesantemente la divulgación cultural y recreacional masiva, y por empeño de ambos, en estrecha vinculación con el Museo de Arte Moderno de Nueva York, Chile recibió en 1968 la primera gran exposición internacional de pintura, “De Cézanne a Miró”.

Por su interés en la botánica, dirigió personalmente la recuperación de especies autóctonas en peligro de extinción -cactáceas de alta montaña, flora de Juan Fernández, entre otras-, promoviendo asimismo numerosas publicaciones de excelencia al respecto.

Su ardorosa pasión por los libros se tradujo en la formación de una admirable biblioteca y, además, en su decidido apoyo a la Editorial Lord Cochrane y luego en la fundación del sello editorial El Mercurio-Aguilar, después proseguido independientemente por El Mercurio.

Como ocurre con personalidades de gran formato, su figura ha sido y probablemente continuará siendo objeto de controversia.

Las encrucijadas políticas en la década de 1960, las convulsiones en la de 1970 y los dolorosos desgarros posteriores -cuyas secuelas persisten hasta hoy- lo arrastraron a una figuración no buscada e incluso contraria a su carácter, que resumió, en una entrevista con Raquel Correa, diciendo: “La profesión de uno no está para ser centro. Uno está para observar y contar lo que hacen otros”. Pese a su reserva, nunca dudó en asumir como editor lo que creía la principal responsabilidad de un medio de comunicación: “Tratar de ayudar a construir el país que uno quisiera entregarles a sus nietos”, así lo expresó y así lo mantuvo en sus actos, pese a las odiosidades que ello le acarreó y al mito que sus detractores se esforzaron en construir.

Su legado periodístico resulta invaluable. Impregnó a sus diarios del sentido de servicio público, exigiéndoles que se conservaran ecuánimes, por encima de pasiones e intereses, e incluso por sobre las conveniencias de sus dueños, en la tradición más que secular de El Mercurio. De su abuelo, el fundador del diario de Santiago, había heredado la voluntad inflexible de alcanzar constantemente nuevas y más ambiciosas metas. En el centenario de este diario expresó su credo periodístico en términos sencillos y, a la vez, ejemplares: “Debemos dar la noticia completa e indeformada, pero las conclusiones que de ella deduzcamos serán las que válidamente nos dicte nuestra línea editorial, indicando no solo lo que vemos, sino cómo lo vemos y por qué lo vemos”.

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