El Salvador - Julio 25, 2017

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Los poetas del olvido

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Hay, en El Salvador, contrario a países tan cercanos como Nicaragua o Costa Rica, una línea antipoeta que comienza en los bordes de las disputas político-ideológicas partidistas, pasa por las culturas oficiales y oficiosas y termina en los vetustos archivos de museo de las academias y ateneos.

24 de Junio de 2017 a la(s) 0:0 / David Hernández



Ejemplo de ello es la figura paradigmática de Roque Dalton García, quien al día de hoy sigue siendo una figura incómoda para ciertos cenáculos de ambos extremos de la gama ideológica nacional, debido a su carácter heterodoxo y su poesía libre de dogmatismos, sin ataduras ni compromisos a las consignas de turno y ejerciendo una ironía tal, que desbarata al más serio de los intelectuales que se toman en serio.

Es quizás debido a esa ortopedia ideológica que cierta cantidad de poetas han quedado relegados al olvido pese al gran aporte que hicieron y que, por ironías del destino, la historia les vedó el lugar que merecidamente ganaron en el panteón de los auténticos ilustres de la poesía salvadoreña. Me refiero a poetas que vivieron y escribieron en todo su esplendor el mágico mundo de la creación y que ejercieron de manera muy cualitativa la expresión poética en sus textos.

Algunos representantes, cuya obra ha quedado sepultada bajo el aluvión de la obra de los poetas oficiales de turno, promocionada desmedidamente muchas veces sin justicia alguna, serían poetas como Vicente Rosales y Rosales y su poema “Invierno”, Antonio Gamero y su poema “Buscando tu saliva”, Armando López Muñoz y su poema “Destierro voluntario”, que Roque Dalton se adjudicó a sí mismo, pese a que fue publicado en una antología de 1960 bajo la autoría de López Muñoz.

De igual forma hay que rescatar a César Ulises Masis y su poema “La nueva palabra”, así como a Lilian Serpas, “La flauta de los pétalos”, a Ricardo Castrorrivas y sus “Crónicas del amor”, a Julio Iraheta Santos y su irreverente “Patria, triste puta querida”.

En este sentido, también cabría reseñar al poeta Rigoberto Góngora y su “Testimonio del hombre”, y a José María Cuéllar y su “Acabo de partir de mí mismo”.

En todos ellos rezuma una poesía innovadora, comprometida con la revolución del lenguaje y que se desmarca del “yoísmo” y el autoprotagonismo fácil muy en boga en todos los “poetas del montón” que en el mundo han sido, pero de quienes nadie hoy recuerda una sola línea.

Dentro de esta línea de poesía casi olvidada, habría que incluir a Uriel Valencia y su exquisito poema “Amor la lluvia de la muerte”; al “Patria exacta” de Oswaldo Escobar Velado o a Roberto Armijo con su monumental poema “Homenaje a mi padre”. Así también el célebre “Conjuro entre hierbas sin nombre” de José Roberto Cea y de Roque Dalton García, “Desnuda”.

Todos ellos parecen seguir bregando en las célebres rimas de Oswaldo Escobar Velado, esbozadas en su poema “Moriré... Morirá”: Moriré no hay duda, pero quedará mi grito

como tambor sonando... ¡POETAS, OS INVITO A PROSEGUIR EL GRITO QUE HE VENIDO CANTANDO!

Son poetas que escribieron con su vida los versos que quedarán de la tribu, una vez pasadas las tormentas y tempestades, cuando las aguas vuelvan a su curso. Surgidos del viento y el rocío de la madrugada como la Madre Claudia Lars de las estrellas en el pozo.
 
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