El Salvador - Julio 26, 2017

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Las realidades que imperan en nuestra subregión ampliada necesitan tratamientos inteligentes y armoniosos

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En diversas ocasiones se han dado, a lo largo del tiempo, iniciativas destinadas a generar entendimientos regionales y subregionales en nuestra zona geográfica, la mayoría de las cuales se quedan en la mera retórica o cuando más apuntan hacia la formación de asociaciones que muy pocas veces pasan de lo puramente formal. En el caso centroamericano eso es notorio con patética insistencia. Nunca pudo cuajar una integración subregional en serio, pese a los diversos vínculos que nos hermanan; pero ni siquiera se ha podido activar una cooperación orgánica que nos permita activar en conjunto nuestras ventajas comparativas. Y si eso es así entre nosotros, ya no se diga con nuestros vecinos del Norte, comenzando con México y siguiendo con Estados Unidos. Pero hoy la realidad misma del fenómeno globalizador en clave regional está planteando otro escenario, que como tal no tiene precedentes.

26 de Junio de 2017 a la(s) 0:0 / David Escobar Galindo / Escritor

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Un par de problemas muy agudos y acuciantes han venido poniéndose cada vez más críticos, y son problemas que nos atañen directamente a todos los países del área: el auge agresivo del narcotráfico y el aumento exponencial de la migración indocumentada, que responden a distintos orígenes pero que tienen puntos de enlace en su puesta en acción en el terreno. A estas alturas, ya es totalmente imposible soslayar la evidencia de que todos los que nos hallamos ubicados en esta zona geográfica tenemos tareas cada vez más compartibles, tanto en lo referente a los desafíos como en lo tocante a las oportunidades; y al ser así, lo que se impone es el imperativo de dejar atrás las viejas fórmulas de relación –marcadas por los artificios de la era de la bipolaridad– para pasar a la lógica de este momento de transversalidades crecientes.

Es muy significativo que sea la agudización de los problemas compartidos lo que esté generando dinámicas de verdadera colaboración entre todos nuestros países, desde Estados Unidos hasta el Triángulo Norte de Centroamérica. No sólo la fe mueve montañas: también la realidad lo hace. Y la primera novedad es ir entrando en el entendimiento –no siempre explícito pero sí cada día más notorio– de que los conceptos de “poderosos” y de “débiles” requieren también ser replanteados conforme a las nuevas condiciones del fenómeno real en sus diversos niveles. Hoy se puede ver con mayor nitidez histórica que todos de alguna manera necesitamos de todos, y que esa simple verdad no puede seguir siendo eludida sin pagar facturas de muy alto monto.

Y la prueba se vuelve aún más inquietante y aleatoria porque la nueva Administración estadounidense se halla en actitud autodefensiva, de características emocionales muy intensas. Esta es, sin duda, una expresión más de la forma en que tienden a darse las cosas en el momento actual de la evolución global, lo cual parece estar activando, desde el fondo de los hechos, un reclamo urgente de racionalidad, que de seguro se irá imponiendo pese a que por ahora eso parezca muy distante. Sin embargo, no perdamos de vista que hay siempre un hilo conductor por debajo de todas las asperezas y todas las incongruencias: ese hilo es el cordón umbilical y vital del destino humano.

Cuando hablamos de “nuestros problemas” subregionales dentro de esa percepción ampliada queremos enfatizar que el mapa real va cambiando según las circunstancias progresivamente imperantes. Eso nadie puede gobernarlo por su cuenta, sea cual fuere el poder que esgrima. En verdad, el acontecer global, que es el que hoy se impone sobre todos los proteccionismos imaginables, exige más voluntad de armonía que nunca y también mucha más capacidad de inteligencia. Estamos en momento de aprendizaje también global, y de eso nadie escapa.

Valoremos, pues, esta coyuntura, que por instantes se vuelve tan tormentosa, como una gran oportunidad para reconstruir el mapamundi en todas sus expresiones. Es una tarea de exigencias inapelables pero también de aperturas insospechadas. Nuestros países centroamericanos tienen que aprender a verse como son, sin complejos ni fantasmagorías, para desde ahí ir desbrozando las rutas hacia los mejores puntos del horizonte.
 
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