El Salvador - Julio 25, 2017

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Los partidos están en proceso de democratización, y tienen que ir disciplinándose en esa ruta que les plantea tantos desafíos

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37 años después de que nuestro país entró en fase democratizadora al quedar desactivadas todas las opciones autoritarias al final de los años 70 del pasado siglo, y 25 años después de que se iniciara la posguerra allá al inicio de 1992, los partidos políticos nacionales siguen aprendiendo a reconocerse en su verdadera naturaleza y en su correspondiente misión.

10 de Julio de 2017 a la(s) 0:0 / David Escobar Galindo

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Ha venido desapareciendo de manera progresiva e inevitable la comodidad del viejo esquema, en el que las expresiones partidarias eran simplemente apéndices serviciales del poder establecido: hoy, cada vez más, son fuerzas con vida propia que tienen que ganarse la vida como tales. Este giro histórico es a la vez inspirador y demandante, y dicha dualidad constituye la mejor caracterización de los tiempos que corren en el plano político.

Se van dando muestras sucesivas de que los partidos avanzan en el ejercicio democratizador, aunque por ahora lo siguen haciendo en buena medida por impulsos que les vienen de fuera de sus propias estructuras. Es una especie de aprendizaje inducido, a falta de dinámicas suficientes desde adentro. En ese sentido, la justicia constitucional ha asumido rol conductor, lo cual genera resistencias y reticencias de variado origen, particularmente desde ámbitos partidarios específicos. El partido en el gobierno es el más reacio al respecto, ya que por su mismo esquema ideológico tradicional las aperturas internas se le dificultan aún más; pero el movimiento aperturista y ordenador no es detenible como tal, ya que responde a necesidades evolutivas que vienen desde el fondo del proceso nacional en marcha.

Por orden de la justicia constitucional los partidos han tenido que entrar en fase de consultas a su interior para seleccionar a los candidatos que van a ir a la contienda de cara a las urnas. Esta dinámica ha resultado zigzagueante y traumática en varios sentidos, porque no han faltado las maniobras para hacer prevalecer las posiciones de las cúpulas y porque la falta de experiencia real en este tipo de ejercicios hace que vayan surgiendo vacilaciones e inseguridades. Pero al ver las cosas con el desapasionamiento conveniente, lo que queda de manifiesto en primer término es que la dinámica del cambio tiene ya suficientes energías para resistir cualquier avalancha que pretenda frenarla.

Como los salvadoreños vamos experimentando en carne propia a lo largo de este proceso renovador, la dinámica democratizadora es sin duda un desafío diario, que presenta múltiples aristas. Tengamos presente que democratizar implica abrir espacios para que se manifieste el sentir ciudadano, redefinir límites de acción tanto política como institucional, irles poniendo coto a todos los excesos y abusos que caracterizaban al régimen tradicional y potenciar el respeto, la tolerancia, el buen juicio y la apertura de miras en pro del bien común. Todo lo anterior exige que se active un componente insustituible: la disciplina en todas las formas de proceder atinentes al desempeño público.

Los partidos políticos nunca han sido buen ejemplo de disciplina al servicio del sano desenvolvimiento del proceso nacional. Antes no se les exigía que lo fueran, porque eran meros instrumentos del poder; hoy, cuando se impone que cumplan con su verdadero rol, ya no tienen opciones evasivas: deben hacerse cargo de la responsabilidad que les compete si es que quieren seguir vivos y actuantes sobre el escenario.

Todavía quedan muchas incongruencias haciéndose sentir en el ejercicio preelectoral, y lo bueno será recoger las lecciones de lo que ocurre para ir haciendo las correcciones debidas para lo que falta por ahora y para lo que vendrá después.

En todo caso, hay que valorar el hecho cierto de que la política está a prueba, aquí y en todas partes, lo cual es uno de los signos más reveladores de los tiempos. Ojalá que los salvadoreños, y en especial los liderazgos nacionales, asumamos en serio el mandato histórico.
 
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