El Salvador - Julio 25, 2017

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Nuestra memoria histórica necesita abrirse a sí misma para no quedar reducida a los esquemas preconcebidos conforme a visiones particulares (y 2)

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Sólo si hay conciencia histórica bien cimentada y suficientemente desplegada es posible hacer valer una memoria histórica que merezca el nombre de tal.

15 de Julio de 2017 a la(s) 0:0 / David Escobar Galindo

En las distintas épocas del pasado hubo en el país un interés normal en recoger lo acaecido sucesivamente en textos históricos, algunos de ellos de gran valor documental. Los historiadores eran figuras que gozaban de importante reconocimiento en el ambiente cultural de aquellos entonces; y basta con citar algunos nombres representativos para evidenciarlo: Santiago I. Barberena, Rodolfo Barón Castro, Jorge Lardé y Larín, Roberto Molina y Morales... Pero una nueva atmósfera comenzó a imponerse, en éste y en muchos otros campos, a partir de la sexta década del pasado siglo. El Salvador estaba pasando a otro ámbito de su evolución; y como no hubo en aquel momento ni lo ha habido después un ejercicio de comprensión analítica del cambio, cada vez ha parecido más que las cosas se dan dentro de un automatismo inmanejable.

En verdad, lo que en el fondo mueve los acaeceres humanos es el encadenamiento de las causas y los efectos, y eso tiene su lógica propia, que es la que en todo caso y circunstancia hay que tener presente para entender lo que ocurre y lo que no ocurre. Y el elemento que permite darle vida inteligible a todo este proceso es la conciencia histórica; una conciencia que va hilvanando la identidad y el sentido de los sucesos, que existen en su momento y permanecen en la proyección de su momento. Subrayamos la conciencia histórica porque de ella depende que seamos sujetos autorreconocidos en todas las estancias del devenir. Sólo si hay conciencia histórica bien cimentada y suficientemente desplegada es posible hacer valer una memoria histórica que merezca el nombre de tal.

Puestas así las cosas, tendríamos que dimensionar la significación que ha tenido dicha conciencia en nuestro desenvolvimiento a lo largo del tiempo. Y lo que resulta es muy insuficiente y por consecuencia muy desalentador. Si algo no hemos desarrollado los salvadoreños es una conciencia histórica habilitante para saber y entender lo que somos y lo que representamos; y de ahí derivan prácticamente todas las limitaciones que nos aquejan. Si tal conciencia fuera entre nosotros lo que debe ser, otra muy diferente sería nuestra capacidad de reconocernos integralmente como individuos y como sociedad, tanto en lo positivo como en lo negativo. Si lo negativo tiene tanto poder para ponerse en primera línea es porque prevalece la sensación de que la realidad tanto individual como social es una especie de apuesta en el vacío.

Si la conciencia histórica está fragmentada o distorsionada igualmente lo estará la memoria histórica. Y eso es lo que se da en nuestro ambiente. La preguerra y la guerra fueron un período de conflictividad intensiva, y luego la posguerra nos trajo una serie de novedades sin precedentes, como es el despliegue expansivo de la democracia. Ahora que se habla tan insistentemente de memoria histórica se tendría que enfocar la realidad nacional como un dinamismo en el que las fallas y los aciertos tendrían que tener su puesto asegurado. En otras palabras, si la memoria histórica busca hacerse valer como tal debe ser un verdadero enfoque en perspectiva, que no dependa de intereses ni de prejuicios, ni tampoco sea un recorrido selectivo por los terrenos de la realidad, que siempre es multifacética.

Así, en el caso específico de nuestro pasado más reciente, los salvadoreños tendríamos que activar la memoria de lo ocurrido en los períodos de preguerra y de guerra, a fin de identificar no sólo lo que pasó sino también las lecciones de eso que pasó, porque la historia bien concebida no es un simple relato que debe ser lo más fiel posible sino sobre todo la enseñanza viva resultante de dicho relato. Ahí está la verdadera trascendencia del conocimiento histórico, que como decíamos antes es una mezcla bien sazonada de conciencia y de memoria.

Durante todo aquel período hubo gran cantidad de sucesos individuales y colectivos, muchos de ellos trágicos pero también otros de alto valor ejemplarizante. Hubo crímenes victimizadores que ganaron la atención nacional e internacional y heroísmos personales sin cuento en la sucesiva cotidianidad. La memoria tendría que acogerlo todo en su examen de perspectiva, sin evadir ni melodramatizar; de lo contrario nunca habrá auténtico conocimiento de lo que ha sido y sigue siendo El Salvador real.

La memoria histórica es un ejercicio vital para que una sociedad –en este caso la nuestra– se haga cargo en serio de su pasado, de su presente y de su futuro. Todo va hilado en el tiempo, desde lo estrictamente personal hasta lo profusamente global. Esa es la principal lección de la historia.

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