El Salvador - Julio 24, 2017

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Sólo la responsabilidad en el manejo de los asuntos públicos hará posible que el país tenga estabilidad garantizada y progreso consistente

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Lo que hasta hoy ha quedado en clara evidencia es que se quiere continuar manejando el gasto sin medir las consecuencias y allegándose recursos con ese mismo estilo. No es de extrañar, entonces, que vayamos de crisis en crisis, haciendo que el país siga perdiendo viabilidad en su ruta de progreso.

17 de Julio de 2017 a la(s) 0:0 / Editorial

En prácticamente todas las áreas del quehacer gubernamental donde se están dando situaciones críticas lo que se percibe como factor principal para que eso esté ocurriendo es la falta de responsabilidad en la gestión. Un ejemplo patente de ello se da en el campo fiscal, donde a todas luces existe un desorden que tiende a ser caótico porque el Gobierno no ha hecho lo necesario para contar con los fondos suficientes para honrar sus obligaciones, que desde luego no han aparecido de repente, sino que están ahí, perfectamente identificadas de antemano. En otras palabras, no hay ninguna justificación o excusa valederas para no cumplir con lo que debe; y lo que ha sucedido es que las maniobras para simular realidades, como en el caso del Presupuesto General del Estado, más temprano que tarde se vuelven contra los que las activan.

En la base de todo esto se halla la resistencia tozuda a entrar en una dinámica de disciplina que vaya ordenando las disponibilidades financieras y programando su ejercicio conforme a lo que se debe proveer en los momentos oportunos. Aquí entra en juego eso que tantas ronchas crea en el ambiente institucional público: la austeridad. Y esta no es, por supuesto, una mera práctica mecánica de apretarse el cincho, sino un autocontrol programado, que debe responder a las distintas demandas del fenómeno real en que se vive. Lo que hasta hoy ha quedado en clara evidencia es que se quiere continuar manejando el gasto sin medir las consecuencias y allegándose recursos con ese mismo estilo. No es de extrañar, entonces, que vayamos de crisis en crisis, haciendo que el país siga perdiendo viabilidad en su ruta de progreso.

Hay que señalar sin reticencias que lo que estamos necesitando de entrada es una sinceración plena sobre lo que pasa en los hechos, para ya no continuar en la viciosa práctica de tapar hoyos abriendo otros. Y la forma en que se trata el endeudamiento de corto plazo es una muestra patética de ello. En lo que se refiere al Presupuesto General del Estado, no ha habido ningún disimulo en aprobarlo incompleto y desfinanciado para no encarar la necesidad de endeudamiento que requeriría mayoría calificada en la Asamblea Legislativa; pero esa ficción tan peligrosa casi de inmediato opera como bumerán, y desde el inicio del año fiscal se anda buscado cómo rascar fondos usando la urgencia como argumento de presión intimidatoria. Esto tampoco es sostenible, y para colmo mantiene la situación nacional pendiente de un hilo, con todas las consecuencias adversas que eso acarrea.

La institucionalidad gubernamental vive atrapada en un círculo de iliquidez, que se manifiesta de múltiples maneras, haciendo que los servicios fallen, que los compromisos financieros se atiendan irregularmente y que la credibilidad nacional se deteriore constantemente. Esto es lo que ya no puede ni debe seguir, porque el riesgo de parálisis cada vez se hace más visible. No podemos seguir sobreviviendo con el agua al cuello, porque eso es perder de antemano las mejores oportunidades de desarrollo. La ciudadanía, que gana conciencia en la medida que los problemas se le agudizan, está clamando para que la responsabilidad y la eficiencia se hagan presentes de veras.

A esto habría que dedicarle el esfuerzo de todos, aun de aquellos que están políticamente más enfrentados. Es hora de habilitar soluciones, dejando atrás la conflictividad estéril. El país lo necesita y los salvadoreños lo merecemos.
 
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