El Salvador - Agosto 19, 2017

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El interés ciudadano y el bien público deben estar por encima de cualquier otra consideración a la hora de tomar decisiones políticas

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Lo que se observa en el país al hacer un enfoque de perspectiva sobre lo que pasa, especialmente en lo tocante a los más complejos y acuciantes problemas nacionales, es la ausencia de autodisciplina ordenadora y gestora en cuanto a los tratamientos de dichos problemas.

24 de Julio de 2017 a la(s) 0:0 / David Escobar Galindo

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Tal ausencia constituye la máxima falla que afecta a nuestro sistema de vida, que está cada vez más expuesto a los vaivenes del azar y a las complicaciones de la ineficiencia. Al ser así las cosas, lo que se viene imponiendo con crecientes efectos desestructuradores y desestabilizadores es la improvisación sin disimulos ni matices; y, a este nivel en que han llegado las cosas, no hay área de nuestra realidad que esté libre de ese desorden que ya se volvió costumbre inveterada. Es de ahí de donde hay que partir para reenfocar el funcionamiento del sistema vigente.

Aunque nuestro dinamismo democrático ha logrado mantenerse básicamente estable desde que se instaló entre nosotros allá a comienzos de los años 80 del pasado siglo, no podemos desentendernos del hecho de que tal estabilidad es más producto de la necesidad histórica que del accionar de los actores que se hallan en juego. Estos actores –políticos, sociales y económicos– más bien han venido incumpliendo sistemáticamente sus responsabilidades correspondientes. Y habría que preguntarse: ¿Cuánto tiempo más aguantará el régimen democrático esta fragilidad funcional? Esa pregunta debería estar en la carpeta de todos, como un pálpito que no se puede ni se debe eludir.

Se ha hablado mucho de participación ciudadana, pero sin que en especial las fuerzas políticas renuncien al propósito de conducir dicha participación conforme a sus propósitos. Sin embargo lo que se va requiriendo progresivamente es una participación que no sea concesión sino lo que realmente es: impulso energético del sujeto principal del sistema, que es la ciudadanía. En otras palabras, a lo que vamos es a la ciudadanización del quehacer nacional en todos sus aspectos y facetas. Y esto lo que permite, en primer término, es colocar al bien común en el lugar que le es propio; es decir, en la primera línea y en la primera posición del ejercicio.

Lo que estamos experimentando, aunque haya poca referencia concreta a ello, es el nuevo posicionamiento del rol ciudadano, que es pieza básica no sólo para la sostenibilidad del sistema sino, sobre todo, para la viabilidad del mismo. En realidad, es la ciudadanía la gestora principal de su propio destino, y esto se va manifestando cada vez con mayor nitidez y empuje. Ahora, pues, la gestión del bien común y la preeminencia del interés ciudadano ya no sólo dependen de los actores representantes, sino que es tarea prioritaria de los actores representados.

No es casual, entonces, que la dinámica política, encarnada de manera emblemática en el trabajo electoral sucesivo, esté tomando nuevas posiciones y nuevos derroteros. La antigua comodidad con que accionaban los partidos se desvanece a ritmo acelerado. Hoy la ciudadanía no es la figura casi siempre invisible, sino la persona que se anima a promover sus propósitos y sus aspiraciones. Este cambio es el auténtico cambio real, el que no es ocurrencia momentánea.

Estamos en vísperas electorales de doble fecha, y por ello es más oportuno que nunca medir tanto el desempeño institucional como el proceder ciudadano. Se tomarán decisiones políticas trascendentales, y en ellas tendrían que prevalecer tanto el bien común como el interés ciudadano. Esto hay que recalcarlo de manera inequívoca.

Lo más importante de todo es salvaguardar la salud de la evolución nacional, que no se detiene ni un instante. Dicha evolución nos abarca a todos y nos afecta a todos, para bien o para mal, según se vayan desenvolviendo las cosas. Asegurar que sea para bien debe ser punto de honor.

Apuntarle a lo positivo es factor determinante para despejar la ruta del progreso; y eso debe ir acompañado por la apuesta a la buena práctica. En ambos sentidos tenemos déficit histórico.

El país y su gente merecen que el giro renovador se dé cuanto antes.
 
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