El Salvador - Agosto 20, 2017

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Ya no es posible continuar en déficit constante frente al imperativo de ejercer una gestión pública que cumpla de veras con sus obligaciones

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La falta de fondos se ve en prácticamente todas las áreas del quehacer gubernamental, lo cual ha detonado una tendencia que ya se volvió costumbre: acudir al endeudamiento para resolver urgencias coyunturales. El país está con el agua al cuello en lo que a deuda se refiere, y eso va complicando las cosas en forma progresiva, pues la carga no sólo se vuelve más pesada sino también más costosa.

24 de Julio de 2017 a la(s) 0:0

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Se ha venido volviendo cada vez más notorio en nuestro ambiente el estado calamitoso de las finanzas estatales, con diversos impactos en el desenvolvimiento del trabajo que debe realizarse para que se pueda hablar de una gestión verdaderamente responsable y congruente con sus tareas propias. Es claro que hay un desbalance creciente entre los ingresos y los gastos, y eso hace inevitable ir avanzando hacia un ajuste real entre las disponibilidades y las erogaciones, haciendo incidir desde luego un factor al que hasta hoy todos los Gobiernos se han resistido con matices, pero en forma sistemática: la práctica de la austeridad, que siempre debería estar presente para poder activar los debidos controles.

La falta de fondos se ve en prácticamente todas las áreas del quehacer gubernamental, lo cual ha detonado una tendencia que ya se volvió costumbre: acudir al endeudamiento para resolver urgencias coyunturales. El país está con el agua al cuello en lo que a deuda se refiere, y eso va complicando las cosas en forma progresiva, pues la carga no sólo se vuelve más pesada sino también más costosa. Y cuando a eso se juntan artificios temerarios como es el de aprobar anualmente Presupuestos desfinanciados, las trampas se multiplican, tal como lo vivimos los salvadoreños a cada paso.

El hecho de que no haya recursos suficientes para atender situaciones enteramente previsibles, como son las elecciones que se avecinan, da una muestra inequívoca del grado de insostenibilidad al que se ha llegado en este campo. Por otra parte, los servicios públicos básicos también sufren nocivos y persistentes efectos, como se ve en las dramáticas carencias que se multiplican en los servicios de salud y en las tareas de la educación, donde se van acumulando faltas y fallas que ponen de manifiesto los peligros de colapso que acechan a los respectivos esquemas de gestión. Hacer señalamientos como los anteriores, que se presentan sólo como una muestra representativa de lo que ocurre, no es apuntarle a la negatividad sino reiterar el llamado a la toma de conciencia sobre la gravedad de la situación en que estamos para empezar a enderezar el rumbo hacia el campo de las soluciones efectivas.

Y al llegar a este punto vuelve a tomar presencia una necesidad que está en la base de la sostenibilidad en todos los sentidos: si no hay crecimiento económico suficiente y sustentado no es factible salir de los atolladeros actuales y evitar atolladeros futuros. Por consiguiente, lo que habría que movilizar de inmediato es el mecanismo de los entendimientos nacionales para que todas las fuerzas económicas retomen su compromiso con el desarrollo, haciendo que cuestiones claves como la productividad, la inversión y la prosperidad impulsen al país por una nueva ruta donde pueda haber beneficio realmente compartible.

Se tiene que poner en práctica un proyecto de incentivos para la inversión y la producción que vaya mucho más allá de lo que ahora existe. Hemos perdido mucho tiempo y por ello revitalizar el ritmo demanda enorme voluntad y eficaces esfuerzos.

Hay que salir del malsano encierro político en función de tomar impulsos unificados de cara a los desafíos del presente y a las metas del futuro. En tanto más pronto se inicie ese tránsito más posibilidades se abrirán para el buen desempeño generalizado.
 
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