El Salvador - Agosto 23, 2017

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Tenemos que mover todas las voluntades nacionales hacia el reconocimiento de que El Salvador es patria y destino de todos

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En El Salvador, la Patria está dejando de ser visible y sensible, aunque por dicha se mantiene viva y actuante en la nostalgia de un buen porcentaje de los que emigran. En eso la migración cumple también paradójicamente un rol vitalizador.

7 de Agosto de 2017 a la(s) 0:0 / David Escobar Galindo / Escritor

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Acaban de concluir las celebraciones anuales en honor del Divino Salvador del Mundo, y cuando llegan fechas como éstas se hace patente que somos una comunidad nacional con identidad propia, tanto en la historia vista en perspectiva como en el presente sucesivo. En los tiempos más recientes, sin embargo, lo que se ha visto y experimentado es una especie de constante deslave del sentimiento de pertenencia, y habría que ahondar con más detenimiento y con mayor penetración en las causas y consecuencias de tal fenómeno, que desde luego no puede ser casual ni tampoco circunstancial, ya que irse desentendiendo y desligando de lo propio es siempre una experiencia que tiende a ser dolorosa y traumática.

Una de las causas principales de esto que estamos señalando es sin duda la poca habilidad desarrollada en el país para acompañar creativamente la evolución, que es un hecho natural de la vida tanto para los individuos como para la colectividad de la que son parte. Los acontecimientos casi siempre nos encuentran desprevenidos, y eso ha hecho y en buena medida sigue haciendo que en cada tramo evolutivo vayan quedando cabos sueltos y piezas dispersas. Y cuando la evolución se acelera, como ha sucedido desde los años sesenta del pasado siglo, el ánimo nacional imperante corre el riesgo cierto de desconectarse y de dispersarse; y en tales condiciones se debilitan los vínculos normales, como ha sucedido con el sentimiento de pertenencia.

Esto, unido a los impulsos migratorios que han sido tan poderosos en el ambiente desde siempre, hace que los salvadoreños ya casi no activemos lazos de unión consciente con nuestro propio ser nacional. Hay quienes hasta se atreven a sentirse asqueados por lo que somos, por lo que tenemos y por lo que hacemos, cuando en otras partes, aun del vecindario, no se ha dejado de fomentar el amor y la admiración por las cosas buenas que también proliferan en la respectiva cotidianidad. En El Salvador, la Patria está dejando de ser visible y sensible, aunque por dicha se mantiene viva y actuante en la nostalgia de un buen porcentaje de los que emigran. En eso la migración cumple también paradójicamente un rol vitalizador.

Pese a todas las adversidades que la vienen rodeando en los tiempos recientes, la salvadoreñidad tiene suficiente fuerza para sobreponerse como la raíz vertical de nuestro ser como nación; y lo que se requiere es que ese espíritu nacional vaya saliendo de sus encierros imposibilitantes para pasar al espacio donde las energías esenciales pueden ser desplegadas en clave de crecimiento. Lo que no podemos ni debemos es continuar atrapados en la autonegación, cualesquiera sean las razones que la acompañen: El Salvador, como todo cuerpo vivo, necesita respirar y alimentarse en los niveles adecuados para sobrevivir en forma y en serio. Si todos lo entendemos así, el país podrá ir pasando a una fase mucho más positiva.

Cuando mencionamos en el título de esta columna que El Salvador es Patria y Destino de todos ponemos énfasis en la esencia de lo que somos, independientemente de la conciencia que se tenga de ello. El tema, entonces, es al mismo tiempo de esencia y de conciencia. La esencia está siempre aquí y la misión consiste en revelarla en todo momento; la conciencia puede estar o no estar presente, y la función consiste en hacer todo lo necesario para que nunca falte.

La Patria es la raíz compartida y el Destino es el follaje emergente. Para que esa raíz pueda desarrollarse como se debe tiene que estar suficientemente fertilizada por el amor. En cuanto al Destino, lo que lo mueve es la voluntad. La suma del amor y la voluntad es lo que posibilita que el ser nacional esté sólidamente arraigado y expansivamente desplegado. Y a lo que los salvadoreños estamos llamados es a ponernos al servicio de esa conjunción inspiradora.

Necesitamos patriotismo auténtico así como necesitamos aire puro para mantenernos sanos en todo sentido. Y esto no es idealismo superficial sino realismo fundamental. La familia, la escuela y la sociedad están llamadas a aliarse para hacerlo factible.
 
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