El Salvador - Agosto 19, 2017

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Hay que avanzar hacia la humanización de la sociedad en todos los sentidos y niveles para lograr un país mejor

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La familia es el factor humanizador por excelencia. Lo que ahí se absorbe y se vive, desde el vientre materno, es el fundamento del vivir futuro.

12 de Agosto de 2017 a la(s) 0:0 / David Escobar Galindo

Se habla constantemente de garantizar la vigencia generalizada de los derechos humanos, de promover la superación de las condiciones de vida en el ambiente, de lograr y consolidar la pacificación respetuosa del vivir cotidiano; pero casi todo eso se va quedando en palabras, porque las intenciones expuestas no cuajan en procedimientos sustentados y sistemáticos que conduzcan a cambios reales en el esquema evolutivo nacional. Al ser así las cosas en la práctica, lo que se va desintegrando es la esperanza en un país más vivible y convivible y lo que toma relieve es la desconfianza en lo que se puede hacer para que la realidad vaya respondiendo a lo que se requiere para que las cosas en el ambiente entren en un carril verdaderamente positivo.

En el curso del tiempo, y en forma cada vez más notoria durante los decenios más recientes, han proliferado los signos de deshumanización, que actúan siempre como virus desintegradores y como semillas de conflicto. La guerra fue sin duda un factor de alto poder destructivo, que instaló por más de diez años en el ambiente una especie de maquinaria que fue arrasando con muchos de los principios y valores que, pese a todas las distorsiones, formaban parte de la tradición nacional. Fue como si el perverso concepto del “enemigo” sentara sus reales por todos los ámbitos de nuestra atribulada realidad. Y como las siembras del mal se propagan como una verdolaga maligna, muy pronto se empezaron a ver los efectos de esa expansión depredadora.

Se firmó el Acuerdo de Paz en enero de 1992, y desde entonces hasta la fecha se viene evidenciando en el ya más de cuarto de siglo transcurrido que un Acuerdo de Paz para concluir un conflicto bélico, en cualquier tiempo y lugar en que eso se produzca, nunca lleva automáticamente la paz al ambiente de que se trate, sea nacional o internacional. Y es que la paz es un símbolo y la convivencia pacífica es una práctica de vida. Cuando se dice que en El Salvador no tenemos paz lo que en realidad se quiere decir es que lo que no tenemos es convivencia pacífica, la cual sólo se logra cuando hay formas de conducta personal y social que se asienten en un sólido subsuelo de valores y prosperen en un amplio vivero de aspiraciones compartidas.

Lo que ha faltado entre nosotros antes y después de la guerra interna es justamente ese ejercicio coordinado y eficiente de valores y de aspiraciones que posibilita la dinamización constructiva del sentido de Nación y del sentimiento de Patria. Y al no haber convivencia pacífica en grado suficiente lo que se potencia en primer término es la deshumanización a la que nos referíamos al principio. Es por eso que de muy poco sirven en los hechos las iniciativas dizque normalizadoras que se dan en campos tan agudamente conflictuados como son los de la seguridad, del crecimiento económico, del servicio institucional y de la interacción social y política. Hay que llegar al fondo para tocar fondo y empujar desde ahí hacia arriba los propósitos nuevos.

Para rehabilitar los tejidos nacionales que sufren hoy tantos y tan aflictivos deterioros y fisuras es preciso partir de un plan de rehumanización integral que sea parte del plan de país que debe ser la plataforma de ese El Salvador del futuro con y por el que todos tenemos la obligación histórica de comprometernos. Sólo desde una perspectiva que tenga verdadera amplitud integradora se hará factible el tránsito hacia las metas superiores.

En esta tarea tan decisiva para la suerte y para el destino de cuantos pertenecemos a la salvadoreñidad en vivo tiene que haber un reordenamiento de roles que posibilite el avance hacia nuevas condiciones de vida. Así, la familia, la educación formal y la plataforma social están llamadas de hacer cada una lo suyo, según principios permanentes pero sin descuidar los requerimientos de la hora actual, que tienen sus propias características.

La familia es el factor humanizador por excelencia. Lo que ahí se absorbe y se vive, desde el vientre materno, es el fundamento del vivir futuro. Para empezar, se tendría que humanizar la familia, para que pueda desempeñar su misión de brújula y de faro, hacia adentro y hacia afuera.

La educación formal debería ser reexaminada desde sus raíces más profundas, porque si no seguirá en las superficialidades intrascendentes. Dicha educación está destinada a ser el instrumental del progreso individual y colectivo, y sólo así tiene sentido. Humanizarla es darle aliento.

La plataforma social es el mundo cotidiano en que nos movemos y somos. Y al ser social es eminentemente humana. De ahí que su rehumanización sea al mismo tiempo fertilizante y vacuna. Si esto no se hace estaremos cada vez más a la deriva.
 
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