El Salvador - Agosto 19, 2017

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Se va Nicolás

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Mi papá casi nunca jugó conmigo. Eran otras épocas. Pero aprendí. Así que he jugado con Nicolás hasta más no poder. La mitad de ser papá es estar presente; la otra mitad es vivir experiencias con tus hijos que les sirvan para el futuro. Por eso he viajado tanto con él y con su hermana, Paola.

13 de Agosto de 2017 a la(s) 0:0 / Jorge Ramos

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Se va Nicolás, mi hijo, y no sé qué voy a hacer. Después de pasar más de 19 años con este niño, adolescente, hombre, ha llegado el momento de que se vaya a la universidad, y lo único que sé es que lo voy a extrañar. Mucho.

Él está listo para irse –y siempre supo que sería lejos de Miami. Yo me quedé en casa de mis papás en México hasta los 24 años. Eran otros tiempos y en Estados Unidos eso casi no ocurre.

Además de estudiar, será uno de los pateadores del equipo de fútbol americano de la universidad. Él se lo ganó a pulso. Buscó un camino muy distinto al de los otros miembros de la familia y, con una impresionante determinación y fuerza de voluntad, lo encontró.

Aún recuerdo cuando lo llevaba todos los sábados por la mañana a mi partido de fútbol. Esperaba con ansias el medio tiempo para meterse a la cancha y patear con mis amigos. Le pegaba durísimo a la pelota. Pero una vez en “high school” mezcló su herencia latina con su mundo americano y cambió el esférico por una pelota ovalada y puntiaguda.

Nicolás y yo saltamos de idioma sin mucho esfuerzo. Le hablo en español, y me contesta en inglés. Pero puede sostener perfectamente una conversación en español con sus abuelos gracias a las lecciones de la doctora María del Carmen Naranjo, quien lo introdujo a las maravillas de la literatura latinoamericana.

Yo crecí leyendo en papel, igual novelas que periódicos, y Nico leyendo en su celular. Tiene una muy bien desarrollada curiosidad por la historia y un educado olfato para las buenas comidas. Le tiene respeto a los jugadores de fútbol americano y a los chefs –es decir, a los que muestran lo que hacen, no a los que hablan.

Mi papá casi nunca jugó conmigo. Eran otras épocas. Pero aprendí. Así que he jugado con Nicolás hasta más no poder. La mitad de ser papá es estar presente; la otra mitad es vivir experiencias con tus hijos que les sirvan para el futuro. Por eso he viajado tanto con él y con su hermana, Paola.

Nicolás es un gran compañero de viaje, y desde niño me lo llevaba a mis coberturas periodísticas, desde Brasil y Bangkok, hasta Roma y Johannesburgo. No le molesta despertar en un país, comer en otro e ir a dormir a un tercero. Mi intención era enseñarle a viajar con los ojos bien abiertos, a lugares extraños y “ligero de equipaje”, como dice la canción de Serrat. No checamos maletas. La regla es sencilla: Si no cabe en la maleta, no va.

Nicolás tiene esa personalidad tan Ramos –muy independiente, a veces callado, siempre observando– y una buena dosis de rebeldía, que le va a servir bien en la vida. Y por supuesto que hemos tenido nuestras diferencias, como todo padre e hijo. Es una forma de crecer. Una vez se lo comenté a mi mamá y lo puso en perspectiva con un poquito de humor: “¿Y a ti ya se te olvidó cómo eras cuando tenías la misma edad?” Me reí y la abracé, como pidiendo perdón.

Una vez a la semana, más o menos, Nicolás me llama o me manda un mensaje de texto para invitarme a cenar, solos, él y yo. Creo que nunca le he dicho que no. Es un ritual. Solemos ir a un restaurante mexicano, pedimos queso fundido con chorizo y tortillas de harina para compartir, y luego se echa unos riquísimos tacos con guacamole. Aguanta la salsa picante mucho más que yo. A mí me gusta pedir cualquier cosa que me recuerde mi infancia, y limonada con cilantro.

En mi oficina tengo una foto de Nicolás con una de mis camisetas. Le queda enorme. Él se nota feliz y a mí me lleva a un buen momento en mi vida. Pero el mejor regalo que me han hecho es una pequeña foto de Nicolás con una grabación de su risa. Cada vez que aprieto un botoncito escucho a ese niño, de apenas unos meses, riéndose alegremente. Lo aprieto varias veces al mes. Me mueve algo por dentro. Pero vivo con un miedo constante de que el viejo regalo deje de funcionar y me quede sin la risa de Nico.

Siento el mismo temor ahora que se acerca el día de su partida. Yo sé que él va a estar bien, pero estoy seguro de que me voy a sentir fuera de lugar (porque siempre pensé que mi lugar era estar junto a él o muy cerca para poderlo ver).

No sé qué va a pensar cuando lea esto. Quizás le parezca cursi o inapropiado. Pero de lo único que se trata es que sepa que lo quiero mucho, que estoy muy orgulloso de él... y que ya lo estoy extrañando.

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