Hoy hace 21 años se formalizó en el castillo de Chapultepec la finalización del enfrentamiento bélico entre el FMLN y la Fuerza Armada de El Salvador. Después de aquel festivo 16 de enero con clima fresco, cielos azules y esperanzas renovadas, todavía pasaron algunos años para desmontar completamente el aparato de guerra y traducir en nueva legislación y nuevas instituciones todo lo pactado en los Acuerdos de Paz, pero el cese el fuego fue efectivo y definitivo a partir de esa fecha.

Durante la fase más crítica de cumplimiento de acuerdos, fue todavía necesaria la presencia de la Organización de Naciones Unidas (ONU) para resolver conflictos, destrabar algunas cosas y hacer que sucedieran otras, pero en términos generales todos los actores políticos del momento hicieron la parte que les correspondía. Bien o no tan bien, con entusiasmo o renuentemente, con convicción o con dudas, pero se hizo lo que había que hacer para terminar la guerra y sentar las bases para la paz y el progreso en democracia.

Los Acuerdos de Chapultepec lograron a cabalidad su cometido. Habría sido absurdo proponerse superar de un plumazo todas las lacras económicas, políticas y sociales que hicieron inevitable el conflicto armado. Eso quedaba como desafío para la naciente democracia. Quedaba como tarea pendiente para todas las fuerzas políticas y sociales, a realizarse en un nuevo marco de libertades que hacía posible por primera vez en nuestra historia una amplia participación política con vías reales de acceso al poder.

En el tiempo transcurrido desde la firma de esos acuerdos que se fraguaron durante casi dos años de intensas y lúcidas negociaciones, ha habido importantes transformaciones que talvez solo podemos apreciar en su justo valor los que sabemos bien de dónde veníamos. Pero luego de un breve período muy dinámico, de exploración y aprovechamiento de las nuevas condiciones y oportunidades en todos los ámbitos, se frenó el crecimiento económico, se estancaron las instituciones y empezaron a acumularse, hasta alcanzar dimensiones abrumadoras, los problemas que no estábamos siendo capaces de resolver.

El vigésimo primer aniversario de los acuerdos de paz nos encuentra exhaustos, frustrados y hondamente preocupados. La actividad económica se ha debilitado, la criminalidad ha rebasado con creces las capacidades institucionales del sistema de justicia, no hay logros significativos en el combate a la corrupción, hay cada vez más pobreza en el debate de ideas, la población ha perdido casi totalmente su confianza en algunas de las instituciones más fundamentales del sistema democrático y, en términos generales, los esfuerzos ya no están orientados al progreso sino a resistir las fuerzas que nos empujan hacia atrás.

Hiroshima quedó literalmente arrasada por la bomba atómica pero ahora es una de las ciudades más modernas y pujantes del planeta. Corea del Sur tenía, en los años sesenta, indicadores socioeconómicos iguales o peores que los nuestros, pero hoy es una de las economías más desarrolladas. Chile interrumpió su larga historia de civilidad democrática con un régimen autoritario, pero pudo resurgir y convertirse en modelo de desarrollo económico y social. El Salvador, en cambio, no ha hecho más que ir perdiendo las pocas ventajas competitivas que tenía, quedándose cada vez más a la zaga en todos los ámbitos. La pregunta es inevitable: ¿Por qué?

No hay una única explicación a este fenómeno de mediocridad y estancamiento, que ya parece una verdadera maldición. Sin duda, nos han faltado liderazgos visionarios, verdaderamente capaces de convocar talentos y generar sinergias hacia el logro de metas ambiciosas pero concretas y alcanzables. Hablo aquí de liderazgos políticos, pero también empresariales, religiosos, académicos y sociales.

Sin embargo, lo que más nos frena es el agotamiento de todas nuestras energías creativas en confrontaciones y pulsos de fuerza cuyo único propósito es alcanzar o mantener posiciones de poder, sin mayor consideración a las finalidades legítimas del poder.

Algunas contradicciones son inevitables y hasta pueden ser beneficiosas, pero hay una tensión que tiende a anular el impacto resultante de todos los esfuerzos, una tensión que debiéramos resolver cuanto antes y de manera definitiva, la tensión entre dos proyectos mutuamente excluyentes: uno autoritario y clientelista y otro democratizador y genuinamente incluyente. La insistencia en imponer el primero socava toda posibilidad de construir el segundo.