El poder estatal repartido y el pluralismo en la Asamblea Legislativa son esenciales para evitar los abusos de poder, pero en El Salvador ya no hay necesidad de negociación política para tomar las decisiones trascendentales que el pueblo quiso que fueran consensuadas, lo que puede llevar a la concentración de poder en manos de chapulines-dioses y sus ungidos, que reinen sobre una multitud de creyentes adoradores.

No se trata de quién tenga el poder incontrolado, sino del poder en sí. El deseo de dominio y de gloria es muy intenso en algunas personas y moderado en otras, pero eso no es en función de su ideología, sino de su lucha por superar la naturaleza caída, la misma por la que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso: “[…] Serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios...”, dijo la serpiente.

No importa entonces en manos de quién esté el poder irrestricto, si en las de ARENA y otros o en las del FMLN y otros o simplemente en otros. Tan cierto es esto que en El Salvador los partidos políticos que se han opuesto sistemáticamente al voto por personas, a la independencia de poderes, al nombramiento fundamentado de funcionarios públicos etcétera, no comparten más ideología que la del poder.

Pues bueno, con la renuncia de una diputada más a ARENA, el bloque de los otros partidos casi tiene la mayoría calificada que se necesita en la Asamblea Legislativa para completar su dominio sobre todas las instituciones en las que se divide el poder del Estado y la mayoría de las cuales debieran desempeñar una función técnica y no política (lo de “casi” es por la esperanza de que el CD no siga siempre al bloque).

Imagínese usted un grupo de personas capaz de determinar las leyes y modificar la Constitución, de decidir cuándo, qué y cómo se juzga, dónde se gasta el dinero del Estado, a quién persigue la policía y a quién no, cuál partido participa en las elecciones y quién las gana, quién ha malgastado y quién no ha malgastado los dineros del Estado, a quién se le da un defensor público y a quién no, etcétera.

No hemos llegado a ese extremo todavía, pero parece que hacia allá va El Salvador. Esto implica para sus habitantes el peligro de perder la capacidad de decidir por sí mismos, de volver al Estado sobre los ciudadanos y a unos chapulines sobre el Estado.

En tiempo en los que los caudillos descienden en forma de pajaritos a hablar con sus sucesores (y hay gente que lo cree) deben defenderse con más fuerza las libertades individuales. Esta es la única forma de limitar al poder del Estado cada vez más concentrado, o en otras palabras, solo los individuos pueden defenderse a sí mismos.

La fuerza de los políticos que llegan a creerse deidades está en las multitudes que corean sus nombres (y legitiman sus ejércitos), pero por eso mismo las personas pueden hacer algunas cosas para prevenir la pérdida de su libertad, como organizarse para participar cívicamente manifestando su voluntad; pero a eso precede una acción ciudadana más básica: pensar por sí mismo y no ser adoradores.