“Sin duda, por los excesos que se han cometido en el Congreso de la República con los escasos recursos que les podemos trasladar los contribuyentes a la administración pública, buena parte de la atención durante los primeros días de la gestión del señor Reyes ha girado alrededor de la transparencia y la excesiva, ineficiente y costosa carga burocrática heredada. Enfrentar con solvencia, decisión y firmeza este problema constituye en sí mismo un enorme desafío, por el maridaje partidario que está detrás del mismo”. A dos años de gestión, todo indica que en estos temas la tarea le ha resultado difícil al presidente Reyes, problemas que desde luego no son exclusivos de la Asamblea. Pero en su caso, la persistencia de las irregularidades en este campo cobra otra dimensión. Y esto, no tanto por la inveterada costumbre de sus colegas diputados (que con honrosas excepciones, siempre andan a la caza de canonjías), cuanto por su participación en acciones que lindan con la ilegalidad o con prácticas que conspiran contra la ética en la función pública.

Ya anteriormente había sorprendido a medio mundo, al distribuir a su antojo un sobrante presupuestario (con respaldo financiero real), cuando lo correcto hubiera sido devolverlo a Hacienda o dejarlo como provisión para financiar el siguiente ejercicio fiscal. En el medio, hubo y sigue habiendo otras expresiones del poco éxito que ha tenido don Sigfrido para poner paro al gasto dispendioso, opaco y cuestionable de la Asamblea Legislativa. Pero su última generosidad ha venido a demostrar que si no se comulga con el ejemplo, no hay forma ética de exigir que los demás se comporten de manera distinta.

Gastar casi $200 mil entre obras de arte y regalos para sus compañeros legisladores es desde todo punto de vista censurable. De entrada denota una falta de entendimiento, consideración y compromiso, ante la calamitosa situación que presentan las finanzas públicas, que no dan ni siquiera para adquirir lo esencial en la red hospitalaria, atender oportunamente las necesidades de la corporación policial, honrar los compromisos con los proveedores de bienes y servicios (incluyendo a la misma Asamblea), darle mantenimiento adecuado a la infraestructura existente, entre otras penurias.

Los famosos bonos que se otorgan bajo la presión política o de los sindicatos o políticas constituyen otro ejemplo grotesco de la poca solidaridad que dirigentes y subalternos de entidades públicas exhiben frente a carencias de la población más pobre, y, un mensaje nada edificante aun para la comunidad internacional, de la que siempre esperamos cooperación, especialmente para programas sociales. De ahí se deriva el “efecto demostración perverso” de que hablábamos en otra columna, porque si los de arriba se sirven con la cuchara grande, ¿por qué (se preguntan quienes reivindican derechos reales o inventados) vamos a ser nosotros los actores del cuento del gallinero? Esto y más no puede pasar desapercibido en estos momentos. Callarlo significaría complicidad.

El recurso que ha interpuesto un programa de Transparencia Internacional –radicado en FUNDE– ante el Tribunal de Ética Gubernamental por el último exceso cometido en la AL está por ello más que justificado. De dicho organismo se espera, al menos, una censura pública por el supuesto abuso de autoridad, porque con el fuero de que gozan los señores diputados y el cuestionable papel de la Corte de Cuentas no queda de otra.

Pero además se espera, en el caso de los regalitos navideños, una reprimenda a todos los diputados que se quedaron con los mismos o no denunciaron el hecho, porque la doble moral es tan dañina como el abuso del poder.

P. D. Vamos a ver cómo reaccionan con la última sentencia de la SC.