Con eso algunos se convirtieron en maestros de la autorresurrección artificial, cuando se comenzó a denunciar que en ese negocio participaron algunos tahúres.

Pero ahora se comprobó que, quizá, la participación de un representante de ese banco alemán en la búsqueda de un socio estratégico para LaGeo fue por ornato. Nada más. Hay quienes trataron de decirnos que el banco actuó como eunuco moral para que el negocio estatal no se ensuciara. El problema es que ahora sabemos que al eunuco no le hicieron caso y, sin que lo pidiera, algunos le pusieron testículos.

Un alemán con cara de tecnócrata y carácter pulido llegó, el miércoles pasado, a la Asamblea Legislativa, caminando casi de puntillas. Se llama Peter Vonk y fue, precisamente, el hombre que envió el Deustche Bank a San Salvador, en 2000, contratado por la CEL, para que buscara el “socio estratégico” de la geotermia estatal.

Hasta donde entiendo, Vonk ya no trabaja en ese banco. Por eso no podía hablar en nombre de los banqueros. Pero sí habló a título personal. Para hacerlo, hasta sacaron a los periodistas de la sala de la comisión especial que estudia el negociado de LaGeo. Él lo pidió así.

Pero basta hablar con algunos diputados que forman esa comisión para saber lo que dijo Vonk sin estampidas mentales. El resumen de sus palabras es sencillo: el Deutsche Bank jamás recomendó que el “socio estratégico” tuviese una mayoría accionaria. Y lo que más sorprendió a Vonk, en 2002, cuando se hizo la negociación, es que, apenas pocas horas de adjudicada la licitación por medio de la cual se buscó el “socio”, se cambiara el pacto de accionistas para que el Estado quedara, frente a los italianos, como burro amarrado ante tigre suelto.

¡El banco jamás recomendó que a la CEL le quitaran su capacidad de capitalizarse en la geotermia para que los italianos agarraran los mejores filetes! “Nada de eso estaba planteado”, habría dicho el alemán, para comprobarnos que en todo eso hubo una degeneración indolente provocada por algunos.

Pero Vonk dijo algo más: ellos plantearon la necesidad de que los italianos tomaran acciones de LaGeo solamente a cambio de cada megavatio de electricidad que consiguiera agregar a la producción que se lograba en ese momento. El problema es que, con el cambio del pacto de accionistas que acordaron unos pocos, a puertas cerradas, hasta un bote de pintura que pusieran los italianos para arreglar sus oficinas debía canjearse por acciones propiedad del Estado.

De acuerdo con lo que se me dijo, al flemático alemán ya no le dan ni los números. Él había previsto que por una inversión, “bajo su riesgo”, de los italianos, de $110 millones, se le diera el 11 % de las acciones de LaGeo. Pero ahora resulta que por esa cantidad quieren la mayoría de acciones de una empresa que, el año pasado, ganó $120 millones. Eso sí que debe haber sido una hospitalaria ironía para el alemán.

Sigo creyendo, y el técnico alemán me convenció aún más sobre eso, que una transformación que nació de lo que se tenía como una nueva verdad (privatización y competitividad) tomó un camino escalofriante. Hubo mano peluda en ese negociado.

Pero tal vez quienes, de buena fe, insisten en que el Deustche Bank le echó agua bendita al negocio de LaGeo, en 2002, ahora cambien de opinión. Si se acercan a los diputados que el miércoles escucharon a Peter Vonk, sabrán que, por el contrario, lo que se hizo en 2002 se desbarrancó frente a lo que él y el banco sugirieron.