Aquel escenario, aunque global por la disputa del poder que ahí se dramatizaba, parecía más un pulso privado entre dos contendientes que no permitían que nadie participara en el juego. Era el mundo antiglobal por esencia. Entre 1945 y 1989, tal puesta en escena daba toda la impresión de ser inevitable. Y hasta las inteligencias más brillantes cayeron en la trampa de tal efecto alucinatorio. Hasta que un día de tantos el efecto empezó a disolverse por su cuenta. ¿Qué estaba pasando? La realidad, con sonrisa de deidad incorregiblemente sarcástica, llegaba a hacer limpieza de objetos inútiles, y lo primero que tiraba al basurero era un teléfono rojo.

Lo más curioso de aquel momento centrado en el 89 es que en él se manifestó el efecto al revés. Nadie pareció darse por aludido de lo que estaba pasando. El surrealismo es proclive a tales reacciones. Carlos Marx y Adam Smith venían caminando de pronto por la calleja crepuscular de un lienzo de René Magritte, quizás en busca de una taberna penumbrosa donde tomarse unos tragos para sobrellevar el desconcierto. A la mañana siguiente volvería a salir el Sol. Es decir, se animarían los primeros impulsos del nuevo ciclo, sin que los pensadores soñolientos se hicieran sentir. Las “grandes potencias” asumían demencia frente a lo incomprensible, y de pronto el mundo empezaba a parecer un predio baldío, urbanizable para el futuro. Pero la vida no se detiene, y ya que la bipolaridad, de salud tan cacareada, había sufrido infarto cerebral, era preciso dejar pasar adelante al nuevo elenco.

Y el nuevo elenco ya no podía ser el de un diálogo de sordos: tenía que ser el de un convivio creciente. Ese convivio creciente es la globalización. Estamos, sin duda, en el inicio de un nuevo ciclo, y las profecías al respecto son una especie de endoso antedatado que, cuando menos, estimula los fervores de la imaginación. Tal replanteamiento también despierta, como es natural, reacciones adversas, porque es un reto al racionalismo que viene queriendo imponerse a toda costa desde las lejanas fronteras renacentistas. La razón, que pareció acomodarse sin problemas en el nicho de la bipolaridad, no acaba de estar a gusto en las azoteas de la estancia global. Y más cuando lo que ahora campea en todos los entornos es la variada fantasmagoría de la crisis. Vivimos entre fantasmas: eso es lo único cierto.

Y lo más curioso es que la crisis apela, en todas partes, al magisterio de los tecnócratas. De los políticos, que son fantasmas que no osan decir su nombre a los tecnócratas, que son fantasmas sin nombre. Aquí solo queda apelar al clamor del personaje televisivo emblemático: Y hoy, ¿quién podrá defendernos? Cada quien que lance su oferta. Esta es una subasta de respuestas posibles frente al cuestionario del nuevo tiempo. Por el momento, prevalece la sensación de que el mundo actual, en trance globalizador, es una roca que vuela en el vacío. Volvemos, pues, a la imagen surrealista de Magritte, que parece ser el intérprete más sutil del inicio de esta nueva era. Estamos, evidentemente, haciendo práctica surrealista, como antesala para arribar al realismo sostenible del futuro, que deberá ser un humanismo rehabilitador de las esencias de lo humano.

Puras divagaciones, dirán algunos. Quizás sí. Divagar es función eminentemente ventiladora e irrigadora, que se vuelve aún más necesaria cuando se viene de una sequía tan implacable como la que fue instalándose en el mundo durante la obsesión bipolar. Si ahora el mundo está perdiéndole el miedo a sus viejas y crispadas fronteras, dejemos que circulen los soplos y las brisas de esta reanimada creatividad. Y si lo primero que ha traspasado fronteras es la crisis, pues tomémosle la palabra y el mensaje. Si no hubiera crisis, todos los fantasmas estarían tranquilos. La crisis hace que los fantasmas se espeluznen. Es lo primero que se necesita. Y al lanzar una mirada de horizonte sobre el mundo actual, lo que encontramos de inmediato es este desparpajo de fantasmas, señal inequívoca de que los seres reales se van haciendo visibles.

Todo lo anterior significa que los que estamos presentes en este preciso momento de la evolución universal tenemos a la vez el deber y la oportunidad de aprovechar esta crisis de recorrido para replantearnos las potencialidades del futuro. Potencialidades en forma de compromisos; compromisos en forma de demandas inapelables. Hay, sin duda, mucho, muchísimo por hacer; y la novedad es que en ese esfuerzo nadie en solitario es capaz de imponer su ley.

La crisis global que aún no se desenlaza nos pone a todos a merced de una intemperie de nuevo estilo. Nadie se salva de esta prueba del tiempo. Y esa es justamente la mejor invitación para apostarle al futuro. Con todas las verdades en cuestión y todas las herencias en entredicho, no queda de otra.