Si fuésemos médicos electorales, fácilmente se podría dar un diagnóstico: en ambos casos los candidatos presidenciales no tienen todas las cosas consigo.
 Si le seguimos la pista a los matemáticos y aplicamos, a la política, el ceteris paribus (dejando las cosas como están), podríamos decir que ocurre lo siguiente: en un caso (el FMLN) un partido más fuerte y unificado hala y resortea a un débil candidato presidencial. En la otra agrupación (ARENA) sucede lo contrario: un candidato presidencial menos impopular remolca a un partido que le falta fibra y músculo para darle nuevas esperanzas y garantías de progreso a los votantes.

Si fuésemos médicos electorales, fácilmente se podría dar un diagnóstico: en ambos casos los candidatos presidenciales no tienen todas las cosas consigo. Mucho menos se puede decir que los astros están alineados para favorecer a Salvador Sánchez Cerén o a Norman Quijano.

Marchar hacia una elección presidencial con un candidato débil es un suicidio para cualquier agrupación política. Una elección presidencial no se gana, jamás, sin un líder, sin carisma y sin todo lo que signifique esperanza y futuro para un pueblo. Ni todo el dinero del ALBA, ni el posible reencuentro de Mauricio Funes con el FMLN ocurrido en la segunda mitad de 2012, bastan para que Sánchez Cerén limpie su camino de espinas. Hay algo que a la gente parece no gustarle del candidato presidencial del FMLN y no creo que eso se pueda borrar como si fuese tiza en un pizarrón. Ni siquiera el torrente de apoyos que logra, a su modo, Óscar Ortiz pudo servir de locomotora para halar la figura del vicepresidente. Por lo menos eso lo prueban las encuestas electorales. La gente sabe que Ortiz no gobernará, no tendrá el poder real. Por eso los chiflidos no se apagaron.

Pero el FMLN tiene, en su partido, su mayor activo. Y eso está golpeando, y mucho, a ARENA. Sobre todo en las áreas donde los areneros se agigantaban: en los campos, en las zonas del interior del país. Si eso es producto del ALBA, no lo sé. Pero existen sospechas de que los programas agrícolas del ALBA son un éxito para atraer electores. Algo bueno, entonces, se estaría haciendo con el dinero que proporciona Hugo Chávez al país.

En la otra acera, parece que Norman Quijano ha pasado de mostrar números electorales muy elevados (casi de extraterrestres), a datos que lo mostrarían, ahora, cuesta abajo. Manifestaciones públicas erráticas, una campaña no acertada del todo, pero, sobre todo, un partido que no le sirve como la palanca que necesita son parte de las razones de esas transformaciones en las preferencias.

El problema de ARENA es que durante los últimos tres años no se dedicó nunca a conquistar, de nuevo, a la clase media. Mucho menos a transformarse en un partido de oposición vigoroso, creativo, de enormes ofertas para mejorar el bienestar de los salvadoreños. ARENA se desgastó, y mucho, pasando buena parte de su tiempo en combatir la figura de Elías Antonio Saca y no a impedir, por ejemplo, que le arrancaran votantes en los campos.

Todas estas cosas las saben sectores importantes de ARENA que creen que, en esa agrupación política, deben surgir nuevos liderazgos y nuevos directores de orquesta más allá del papel de los exgobernantes. La mayor preocupación de gente importante en esa organización es que miran a la organización sin la potencia necesaria para acudir a unas elecciones presidenciales. Otros profundizan las creencias: piensan que no solo el partido ARENA está mal, sino que no les gusta el candidato. Por eso las aguas están arremolinadas. Sobre todo en tiempos en que se aproxima una decisión de Elías Antonio Saca sobre si pelea por su candidatura presidencial o no.

Pero, cualquiera que sea la decisión de Saca, las condiciones de los dos principales partidos y las de sus candidatos están lejos de ser las adecuadas para garantizarles un triunfo.