Durante esta semana me he encontrado en dos ocasiones a los ciclistas urbanos. Aunque ya los había visto antes, el encuentro del jueves pasado fue el más impresionante. Eran calles y calles de ciclistas debidamente equipados con luces y reflectores, surcando las diferentes vías. La fila se extendía desde el redondel Luceiro hasta la calle al volcán. Y desde siempre, estos niños, jóvenes y no tan jóvenes me han dejado una agradable sensación al verlos pedaleando.

Me parece que su iniciativa, junto con los “runners”, le inyectan un poco de vida a esta ciudad, que cada vez luce más amurallada y cuyos ciudadanos cada vez se hacinan más detrás de paredes para buscar esparcimiento.

Es lamentable cuando uno hace una obligada comparación con otros países cuyos parques y calles lucen abarrotados de gente. En El Salvador, la falta de espacios libres cada vez es más evidente y el tema de la inseguridad es lo que más lo propicia.

Por eso proyectos como el parque Bicentenario, en San Salvador, y el del Paseo El Carmen, en Santa Tecla, son tan exitosos.

La gente está ávida de encontrar espacios donde respirar algo más que aire acondicionado.

No hay que irse demasiado lejos: hace algunos años, en mi infancia, yo todavía pude gozar de paseos nocturnos en el parque de la colonia Satélite o de otros como uno que se encontraba en la colonia San Luis. También solía andar en bicicleta en la cuadra de mi colonia y no recuerdo haber experimentado ninguna angustia durante mis horas de recreo.

Por eso, ver a tanto ciclista (unos 400 según su página en Facebook) me llenó de esperanza. Verlos pedalear y correr durante las noches me hace pensar que no todo está perdido, que todavía esta es una ciudad viva.

Quienes han decidido retomar cualquiera de estas dos rutinas han logrado vencer muchos “pero”. Entre ellos el tiempo, la rutina laboral y sobre todo el miedo a sufrir algún asalto o algún ataque a su integridad.

Por eso lo destaco tanto, me parece que este país necesita más movimientos civiles que nos permitan vencer el miedo, ese que por momentos nos ahoga, nos paraliza y no nos deja avanzar.

Los “buenos” deberían volver a tomarse las calles y poder circular libremente sin temor y haciendo cualquier actividad recreativa que se les antoje.

Ojalá actividades como estas llegaran cada vez más a comunidades que parecen desiertas a ciertas horas de la noche, ahogadas por el miedo.

Y aunque estas iniciativas deberían expandirse, también deben ser cuidadosas de mantenerse alejadas de cualquier tinte político. Ya he visto algunas luces de municipalidades que quieren invitarlos con la idea de hacer marketing y hacer campaña con la idea de que ese es un lugar seguro, donde se puede bicicletear.

Que los reciban y aplaudan su iniciativa, pero que nadie saque raja política de este esfuerzo que, como dicen en su página web, “surgió de la necesidad, solo vean las calles de San Salvador a las 5:15 (de la tarde) y verán cómo se nos ocurrió”.

Suerte en la bicicleteada.