Opinión

Gabinete Caligari

La tienda de discos Mabu Vinyl está ubicada en Rhedee Street, en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Su especialidad es la nostalgia musical. Quien busca música de los años sesenta o setenta, o música de los grupos musicales independientes sudafricanos, la encuentra allí.

Un día de 2006 el sueco Malik Bendjelloul, quien tenía meses viajando por Latinoamérica y África en busca de alguna historia para filmar un documental, llegó a Mabu Vinyl. Comenzó a hablar con uno de los dueños, Serge Segerman, a quien apodan “Sugar Man”, debido a que es fanático de un cantante estadounidense muy famoso en Sudáfrica, llamado Rodriguez, una de cuyas canciones más conocidas se llama, precisamente, “Sugar Man”.

En los años setenta, Rodriguez había sido tan popular como The Rolling Stones y Bob Dylan. Sus canciones fueron parte del soundtrack de la generación de sudafricanos blancos que lucharon contra al apartheid. Todos en Sudáfrica se sabían las letras de sus canciones. Incluso Steve Biko era su fan. Así es que fue una gran tragedia nacional cuando se supo que Rodriguez se había suicidado.

Las noticias eran confusas y extrañas. Hubo varias versiones. La más escabrosa decía que el cantante había matado a su esposa, luego se había ido a dar un concierto y se había dado fuego frente a los asistentes. Otra versión decía que se había pegado un tiro frente al público. Otra decía que se había pegado el tiro en casa. Otra versión decía que había muerto de una sobredosis de heroína. El caso era que estaba muerto.

Con el surgimiento de internet, Craig Bartholomew Strydom, un periodista musical y también fan de Rodriguez, se unió con Segermen y abrieron, a finales de los noventa, una rudimentaria página web para rastrear toda la información posible sobre el cantante. Pese a su fama, nadie sabía dónde había nacido, dónde estaba enterrado ni tenían ningún dato sobre él.

Un día les escribió una mujer llamada Eva Rodríguez. Era la hija del cantante. Les dijo que su padre no había muerto y que vivía en Detroit. Segerman y Strydom lloraron de la emoción al saber que su ídolo seguía vivo. Al día siguiente, Segerman recibió una llamada a medianoche. Era Rodriguez en persona. Trabajaba como obrero de demoliciones y todavía tocaba la guitarra. Segerman lo invitó de inmediato a Sudáfrica a dar un par de conciertos. Rodriguez aceptó pensando que serían un par de presentaciones en bares pequeños.

Cuando Rodriguez llegó a Sudáfrica lo esperaba una limusina. El primer concierto fue en un coliseo con 5,000 personas que al verlo corearon su nombre sin cesar durante 10 minutos. Y cuando cantó sus canciones, toda la muchedumbre cantó con él.

Sixto Díaz Rodríguez nació el 10 de julio de 1942 en Detroit, hijo de una pareja mexicana que llegó a Estados Unidos en la década de 1920. De personalidad tímida, desde muy joven se escudó detrás de una guitarra y unos lentes oscuros. Tocaba en bares de octava, de espaldas al público. El productor Dennis Coffey lo escuchó una noche en un club y se sorprendió mucho. No le cupo duda. Aquel tipo de pelo largo, vestido de negro, era el próximo Bob Dylan, solo que con mejor voz.

Para entonces ya el cantante se había quedado con el apellido Rodriguez, sin tilde, como nombre artístico. Sus canciones hablaban de la clase trabajadora, de la revolución que debía sufrir el sistema, y decía con claridad lo que otros preferían decir con metáforas extrañas.

En marzo de 1970 salió su primer disco, “Cold Fact”, bajo el sello Sussex. Solo se vendieron seis copias. A pesar de esto, el esfuerzo por promocionarlo continuó. Dio un par de conciertos en Londres y grabó allá algunas canciones para su segundo disco, “Coming From Reality”, el cual tampoco vendió nada. A las pocas semanas fue despedido del sello.

Asumiendo la realidad, Rodriguez decidió abandonar la música. Consiguió trabajo en Detroit como obrero de demoliciones y se metió a la universidad a estudiar Filosofía. Compró una casa en desahucio por $50, la cual fue haciendo habitable poco a poco. Así pasaron los años hasta el día en que su hija encontró la página en internet que buscaba información sobre el músico.

Malik Bendjelloul, el sueco que visitó Mabu Vinyl, supo que esto era lo que andaba buscando. Y filmó el documental “Searching For Sugar Man”, basado en toda esta historia.

El documental fue presentado en el festival de cine de Sundance en 2012, y ganó el premio de la audiencia. Desde entonces no ha dejado de exhibirse en todos los festivales de cine posibles y ha sido nominado como candidato al mejor documental para el premio Óscar de este año.

El documental expuso no solo una historia increíble, sino el repertorio musical de Rodriguez, cuya música se ha popularizado desde entonces. El cantante, que ahora tiene 70 años, ha sido invitado a dar conciertos en varios países y es ahora un personaje frecuente en entrevistas de televisión y prensa escrita.

¿Cómo llegó alguno de sus discos a Sudáfrica y por qué allá sí triunfó a gran escala? ¿Por qué no triunfó Rodriguez en Estados Unidos durante los setenta cuando aparentaba tener todos los elementos necesarios para lograrlo? ¿Fue por su origen mexicano? ¿El “establishment” contra el cual cantaba no estaba listo para que un hijo de migrantes dijera en su cara unas cuantas verdades? ¿O fue, como insinuaron algunos, porque no les gustaba su activismo político que culminó con la presencia, en alguno de sus conciertos, de los Boinas Pardas, el movimiento político chicano de aquella época?

Pero la pregunta más frecuente que le hacen ahora a Rodriguez en las entrevistas es qué piensa de esa fama que le era desconocida. Con una modestia que desarma a cualquiera, sonríe con humildad y dice nada más estar asombrado. Lo repite una y otra vez mientras sacude la cabeza y mira al suelo: “It’s amazing, man, it’s amazing”.

La justicia poética está servida.