Bastantes análisis circulan actualmente sobre la delicada situación de nuestra economía y nuestras finanzas públicas. De ellos se pueden extraer algunas constataciones.

En primer lugar, la economía salvadoreña padece de problemas estructurales que la han mantenido con bajos niveles de crecimiento (excepción del período especial 91-95). El estado parapléjico de nuestra economía no es nuevo, pero se ha acentuado en los últimos años. Una “economía pasmada”, tal como la hemos bautizado en otras ocasiones, que se hace más manifiesta a partir de 2008/2009 con la crisis financiera internacional: en el período 2009-2012 el promedio de crecimiento fue de apenas 0.3 %, es decir, casi nulo.

En segundo lugar, bajo las tendencias actuales, no se vislumbran en el corto plazo mayores niveles de crecimiento. La mayoría de previsiones apuntan a que la economía salvadoreña difícilmente superará el pírrico 2 % de crecimiento en los próximos dos años.

En tercer lugar, el crecimiento económico de El Salvador ha sido y será próximamente uno de los más bajos del continente. Asimismo se constata que es el país donde menos inversión externa está llegando, y donde los niveles de inversión privada nacional están siendo también de los más bajos. En cuarto lugar, la economía nacional ha venido históricamente mostrando una tendencia creciente al endeudamiento. En 1998, de cada 100 dólares que producíamos, los salvadoreños/as debíamos 27 dólares, mientras que en 20012 debíamos más de la mitad, es decir, 54.2 dólares.

En quinto lugar, sobre la base de ese incontenible e incremental endeudamiento se encuentra, además del enclenque crecimiento económico, los permanentes y crecientes desequilibrios fiscales. Desde que finalizó el boom económico de posguerra en 1995/6, el déficit fiscal ha sido constante y relativamente elevado (-3.3 % del PIB entre 1996-2012), y se ha incrementado aún más de 2009 a 2012, el período con mayor déficit promedio desde los Acuerdos de Paz (-4.1 % del PIB). Una situación parecida se presenta con el comportamiento del Balance Primario, importante variable de nuestro nivel de solvencia para enfrentar el endeudamiento. Sin duda nuestra capacidad de pago experimenta un serio deterioro.

En sexto lugar, nuestro proceso de endeudamiento y nuestras finanzas públicas se encuentran en acelerada ruta hacia la insostenibilidad. Más aún, con certeza nos encontramos en la ruta perversa y crítica de bajo crecimiento-pérdida de solvencia-iliquidez en la caja pública-contaminación del sistema financiero-estallido de crisis económica. Algo parecido, guardando las enormes diferencias, de lo que le está sucediendo a casi todas las economías mediterráneas.

En sexto lugar, es cierto que los problemas estructurales son parte culpables de falta de crecimiento, endeudamiento y finanzas públicas débiles, pero el problema no es que no haya cambiado, sino que se montó en las tendencias y en todo caso a administrar la crisis.

Hechas tales constataciones, podemos hacer algunas reflexiones al respecto.

No se le puede criticar al presente gobierno no haber solucionado los problemas económicos estructurales heredados. Ello toma tiempo. Pero sí podemos criticarle el haberse limitado a administrar la crisis, y sobre todo haber contribuido a profundizar muchos de ellos. En lugar de revertir las históricas tendencias negativas de nuestra economía, se dejó montar por ellas.

Es cierto que el gobierno anterior le tiró una “buena pelota” de deuda y de problemas económicos estructurales no resueltos al presente gobierno. Pero si este gobierno no hace algo por revertir la tendencia, no cabe duda que le dejará una pelota mayor y más pesada al siguiente gobierno. Que no quepa duda que el próximo gobierno, sea quien sea, enfrentará una crisis fiscal con riesgo de contaminar el sistema monetario y financiero y el resto de la economía; si es que no le sucede antes al presente gobierno, el cual todavía parece tener algunos estrechos márgenes de evadir la crisis con mayores dosis de endeudamiento.

Ahora que no se sabe quién será el próximo gobierno, será importante establecer entre las principales fuerzas políticas algunos acuerdos básicos, que le otorguen al próximo gobierno ciertos espacios y márgenes de maniobra que le permitan mermar o enfrentar la crisis económica en ciernes, la cual nos afectará a todos.