Hace algunos días, el Arzobispo de San Salvador, en su usual conferencia de prensa dominical, instó al Gobierno y a la ANEP a bajar el tono en el manejo de sus diferencias. Este llamamiento es de nuevo oportuno, porque lo que se viene observando es que, lejos de pasar a las distensiones necesarias, la incomprensión mutua se mantiene viva, con evidente perjuicio para el desenvolvimiento normal de las distintas tareas pendientes, que demandan tratamientos conjuntos. Desde luego, la tensión no sólo se da entre los actores antes mencionados: hay una tendencia a proyectarla en todos los campos del quehacer nacional.

Es cada vez más notoria e insoslayable la necesidad de enfrentar la problemática del país con una suma de esfuerzos que sea lo suficientemente sólida para construir soluciones. Y eso no se puede dar en el vacío de las palabras que se repiten sin tomar pie a tierra. Llamados al diálogo y a la unidad nacional fueron reiterativos hace algún tiempo, pero como no hubo un espacio adecuado ni un clima favorable para que se instalara el esfuerzo en esa vía, todo se quedó en humo de pajas. Ahora, el término “unidad nacional” ni siquiera se menciona, cuando debería ser uno de los impulsos motores del momento actual, tan crítico en tantos sentidos.

Lejos de avanzar en la tarea de limpiar y ventilar la atmósfera política a fin de hacerla amigable para albergar los trabajos de un acuerdo nacional que merezca el nombre de tal, lo que hemos venido viendo es una tendencia creciente a la riña estéril y a las descalificaciones virulentas. Cualquiera entiende que en un clima semejante, cargado con tanta facilidad de rayos y centellas, nada positivo y sustantivo se puede lograr. Y los hechos lo demuestran de manera inequívoca. Si algo es indispensable para motivar y mover voluntades es el estar en un ambiente que no convierta las diferencias en trifulcas ni los desencuentros en motines.

Desde luego, crear esa atmósfera propicia a la que nos referimos en el título de este Editorial implica partir de algunos principios esenciales como el respeto, la tolerancia y el compromiso con el bien común. No se trata de invitar a los demás a que compartan el punto de vista propio: eso es querer hacer una imposición encubierta; se trata de emprender un proceso abierto y responsable de intercambio de opiniones, visiones, puntos de vista y enfoques de acción, que no encubra los respectivos intereses sino que les dé tratamiento interactivo. Despojarse de pasionismos y de prejuicios es, entonces, el punto natural de partida.

La mejor herencia que podría dejar el Gobierno actual sería sentar las bases de un acuerdo nacional que permita garantizar la gobernabilidad presente y futura. Y cuando hablamos de gobernabilidad no nos referimos a los manejos y las maniobras para lograr mayorías eventuales sobre la base de entendimientos que nunca quedan del todo claros: hacemos referencia a una gobernabilidad real y sostenible, que se fundamente en negociaciones abiertas, que tengan como propósito servir al bien común. Si esto se hubiera dado a tiempo, muy distinta sería la situación que se estuviera dando actualmente en el país.

Desafortunadamente, lo que se ha vuelto más común es la crispación ofensiva que lleva a la confrontación estéril. Eso es perfectamente evitable con sólo hacer que todos los actores en juego dentro del escenario nacional se autocontrolen y se pongan en línea con la realidad.