Se le compara con Nerón quien, afirma, incendió Roma a costa de infinitos sufrimientos para el pueblo humilde, con el propósito de embellecer la ciudad a su gusto.

También la emprende contra Cristiani, al que acusa de ser incapaz de aceptar ninguna disidencia dentro de su partido, ordenando la inmediata ejecución de quien la protagonice, como si fuese el líder fanático de un estado confesional.

El ejemplo del emperador romano, cuarto y último de la dinastía iniciada por Octavio, quien se dio los nombres de “César” en honor de su tío, maestro y protector, Julio César; el de “Augusto”, o sea el máximo dignatario; e “Imperator”, es decir, el título de los generales romanos victoriosos, convirtiéndose en el último gobernante de la República y primero del Imperio; el ejemplo, repito, es un lugar común, una falsa referencia, porque no es pacífica la aceptación de que Nerón mandó a prender fuego a la Urbe, diz que para culpar a los cristianos. Es posible que el siniestro haya sido casual. Ya Augusto había tomado providencias para prevenirlos y combatirlos en la ciudad. Sucesores de Nerón tuvieron que enfrentar no tan graves pero sí parecidas conflagraciones. Tampoco es indiscutible que lo haya ocasionado para atribuirlo a la naciente confesión. Es posible que descargara en sus seguidores la culpa, cuando sus enemigos empezaron a endilgarle a él la responsabilidad.

No, ni por asomo imputable de neronismo, a Quijano sí puede atribuírsele el sufrimiento de mucha gente pobre e inocente, solo deseosa y necesitada de trabajar.

Aunque el problema es de origen antiguo y en forma alguna causado por él, al jefe edilicio era de pedirle encontrar el modo de proteger el comercio formal, las bellezas arquitectónicas y la circulación tanto peatonal como vehicular, resolviéndoles de antemano, o de inmediato, la grave dificultad creada a los vendedores de buena fe. También es de señalar, por enésima vez, que el despliegue de fuerza y la brutal destrucción de su lugar de labores a personas carentes de otros recursos no puede sino contristar el alma.

En cuanto al posible maximalismo de Cristiani, es incomparable con el fanatismo religioso, pero carece de justificación. Previo a su secesión, los diputados hoy de GANA formularon peticiones que si era imposible concederlas, resultaba indispensable negociarlas. Sin embargo, la expulsión fue fulmínea.

En el caso del coronel Ochoa, sus “salidas” impredecibles, de contumaz independencia, eran sobradamente conocidas. Desde los principios de ARENA le generaron esos significativos apodos del “holandés” y “el gato”. La dirigencia lo sabía. Si toleró y fomentó su candidatura, conocía hasta dónde llegaría. Pero pudieron más que el riesgo, los deseos de inferirle a Funes una herida con la daga que él mismo habría desenvainado, chocando con el Héroe de Cabañas. La cúpula arenera está sorbiendo la amargura de las hierbas que puso en el trago.

Y venir ahora con la historia del “hombre del maletín negro” es solo confesar su ingenuidad e incapacidad de defensa o contra ataque. Acusar de “traidores” o, ¡caray!, “vendepatrias” a quienes la abandonan, sí es creerse facultados no para crucificar como en los tiempos de Roma, pero sí para matar en la hoguera, como despuesito se hizo, a los herejes, a los reos de desafiar la verdad, la única verdad, la del poder, la oficial.