Vergüenza debería de darles, en vez de argumentar que el reculón que dieron con las reformas a la LAIP obedeció a que la sociedad no está preparada para utilizar una ley que surgió en gran medida por su propia iniciativa. Es más bien lo contrario. Los gestores –independientemente de quienes hayan sido, porque hasta en esto también hay mucha tela que cortar– y los ejecutores finales de este nuevo desaguisado no han terminado de asimilar el mensaje que la sociedad civil le ha estado enviando a toda la clase política, en el sentido de que sean más consecuentes con la historia y más sensibles ante los graves problemas en que se debate el país, causados en gran medida por ellos mismos.

En esta ocasión, hubo una mayor, más diversa e incisiva crítica social, mientras los autores del entuerto se iban quedando progresivamente solos y daban una muestra contundente de una cobardía arropada solo por el manto de prepotencia de que siempre hacen gala, para satisfacción, vaya paradoja, de la ciudadanía. Y de esto pocos son los que se salvan, pues aun el mismo presidente tuvo que recapacitar ante el clamor de la población. La lección es clara. No creo que la sociedad como un todo se regocije por la nueva derrota que le infligió a la clase política que constantemente conspira contra los intereses más preciados del país. Este nuevo mensaje, al menos yo, lo interpreto como un llamado para que los hilos del poder se enmadejen, no para que se diluya su color y textura, sino para formar una especie de colchón que sirva para amortiguar los golpes (sacrificios) que supone la misma transformación. Y al decir esto, no somos tan ingenuos como para pensar que todos deberíamos coincidir en los medios para lograr ese objetivo, pero tampoco podemos obviar la necesidad que tiene el país de encontrar su rumbo, que solo se puede lograr con el compromiso genuino de todos sus buenos hijos.

Lo que asombra es la ceguera y la tozudez conque siguen actuando las fuerzas hostiles a la democracia y en general al progreso del país. Así nada se puede descartar. Ejemplos de actitudes perversas abundan y cada vez con más cinismo y desvergüenza, casi siempre ligadas al intento de blindar todo acto delictivo, donde la corrupción se erige como el más dañino para el desarrollo integral. Esto, por sí solo, ya señala un desdén total por todo aquello que nos afecta y que pone en duda nuestra viabilidad como sociedad civilizada, solidaria, segura y progresista. El problema se vuelve complejo, cuando los embates contra el sistema provienen del llamado primer órgano del Estado, que invariablemente disfraza sus cuestionables actuaciones con una máscara de legalidad cada vez más obscena.

Frente a ello debemos permanecer alerta como sociedad civil, que para decirlo con toda franqueza, es la mejor respuesta ante el hastío que provoca una clase política desvergonzada y –como diría un jerarca de la Iglesia católica– prostituida. Por ello es que no debemos bajar la guardia y porque además se nos vienen desafíos más grandes, empezando por el de prevenir que se mine la fortaleza que tanto necesitamos de todos aquellos que queremos un mejor país, lo mismo que evitar que los incautos caigan en la trampa o en las garras de los malos salvadoreños.

El solo pensar en el objetivo de algunos partidos de no cejar en su empeño de descabezar a la Sala de Constitucional –cuando están a la espera de sentencias quizás de mayor trascendencia que las anteriores– ya nos obliga a redoblar nuestros esfuerzos, para impedir que la clase política siga manejando a su antojo nuestro destino. Impulsado por esta ilusión, termino con la frase de la ilustre escritora española Concepción Arenal: “Todo poder cae a impulsos del mal que ha hecho (… ) Cada falta que ha cometido se convierte, tarde o temprano, en un ariete que contribuye a derribarlo”.