Algún analfabeto del espíritu presentó, hace algunos días, un recurso ante la Sala de lo Constitucional para tratar de lograr que a Vanda Pignato, primera dama de la República, la manden a su casa a cuidar a su niño.
Alegan que, como es extranjera, nacionalizada salvadoreña, no puede ser secretaria de Inclusión Social, y, quizá, ni primera dama. Es evidente que alguna mente perversa, con un existencialismo de pacotilla y con una modestia muy escasa, se construyó un camino para agraviar a la primera dama.

No soy lambiscón de nadie. Mucho menos soy empleado de Vanda Pignato.

Pero no tengo la menor duda de que alguien lleno de desaliño está incómodo porque una mujer, nacida donde sea, abra las puertas de la historia de este país en asuntos de protección, real y efectiva, de las mujeres . Alguien está incómodo, y hasta deschavetado, porque una mujer se ha dedicado, desde la Casa Presidencial, no a asistir a cocteles o a sembrar rosas en un jardín, sino a sacar gente de la pobreza y a construir protección legal para quienes no la tenían.

El mismo abogado que presentó la demanda contra la primera dama debería tomar su vehículo y viajar a cualquier Ciudad Mujer (la que se le antoje), para que entienda cómo algunas mujeres que caminaban por las calles sin ningún bien encima, como Adán y Eva, encontraron protección contra la agresión de los hombres o beneficio para niños a quienes se les cayeron los dientes por una frondosa desnutrición. Hay que ver las cosas a más de dos metros y más allá de las narices para entender que la jugada de la descalificación es política. Vanda le resulta incómoda a quienes creen que el mercado arregla todo y a quienes dicen que tomar dinero de los impuestos para darle de comer a quien no tiene un bocado es inmoral y arrebatador.

Yo también soy extranjero. Nací en Costa Rica. Vanda nació en Brasil.

Ambos adoptamos la nacionalidad salvadoreña por nuestra propia voluntad. Sé que ella lleva el país pegado a su pecho. Y no vino aquí a jugar canasta ni a robarle nada a nadie. Basta verla trabajar para darse cuenta cuáles son sus verdaderos compromisos con el país.

El día que inauguró Ciudad Mujer en las cercanías de Santa Ana, llegué a acompañarla, sin mucho aspaviento. Me quedé en la periferia de la celebración para mirar, con más independencia, una de las obras de la primera dama. De ahí salí completamente abrumado por la idea de que en este país pocos han hecho con tan poco dinero obras sociales tan gigantes como lo que hace Vanda Pignato. El modelo de Ciudad Mujer ya lo quieren copiar otros países por la eficiencia con la que se entrega el corazón para ayudar a quienes están jodidas; algunas de ellas, tras ser vapuleadas, ahora buscan ayuda para ganarse la comida de sus hijos con una dignidad que ya no quieren malbaratar. Es impresionante el número de mujeres que Vanda ha logrado que se miren en el espejo, se besen la frente y no busquen en ese espejo satisfacciones estéticas, sino que aprendan a luchar en la vida y a defenderse para que no les rompan el equilibrio de una vez por todas.

Talvez el problema de Vanda es ser la esposa de Mauricio Funes. Quizá sea porque es una primera dama que no camina sobre espejismos ni especulaciones insensatas que le cae mal a sus adversarios. Ella es una mujer inteligente, sensible, trabajadora, comprometida con lo que hace. Déjenla trabajar, que aún cuando algunos dormimos, ella anda buscando soluciones para algunos problemas del país que nadie atendió jamás.