Hablar entre nosotros de desigualdad resulta en muchos ambientes como de mal gusto. Incluso la izquierda de nuestro país, especial-mente desde que está en el poder, ha dejado de tocar el tema.
El tema debería alarmarnos en América Latina, que como región tenemos uno de los índices de desigualdad mayores a escala mundial. Y en El Salvador tampoco salimos muy bien en el tema. Con el agravante que hablar entre nosotros de desigualdad resulta en muchos ambientes como de mal gusto. Incluso la izquierda de nuestro país, especialmente desde que está en el poder, ha dejado de tocar el tema, talvez porque algunos de sus líderes han ido creciendo en desigualdad, por supuesto favorable a ellos. Sería una paradoja que mientras la izquierda habla menos de desigualdad, los ricos se preocuparan por ella. Por supuesto no todos los ricos. Que entre nosotros aún queda algún que otro dinosaurio ideológico.

La misma idea de la solidaridad tiene entre nosotros sus profundas debilidades. Podemos mostrarnos muy solidarios en caso de desastre. Pero en la construcción de una solidaridad estructural somos lentos. Creemos que la solidaridad es una virtud opcional. Y nada más destructivo para una sociedad que olvidarse de los derechos de la solidaridad. El individualismo exacerbado que brota de una concepción liberal bastante absurda olvida una de las verdades más profundas de lo humano: somos seres dependientes unos de otros y que tendemos más a la empatía y la solidaridad que a la soledad y el aislamiento. Incluso para ser humanos necesitamos relación social. El mito del buen salvaje amamantado por lobos no es más que una ensoñación sin base científica. Una persona que creciera sin relación con otros seres humanos, en completo aislamiento de lo humano, si lograra sobrevivir y llegar a la juventud, sería sin duda mentalmente retrasado.

Los derechos de la solidaridad son, en ese sentido, tan naturales y exigentes como lo puede ser el derecho a la libertad. Pero en muchos de nuestros países latinoamericanos, y en El Salvador también, los derechos del capital individual están mejor regulados y protegidos que los derechos sociales. Por supuesto no se trata de cambiar lo uno por lo otro. Pero sí de insistir en que el trabajo está antes que el capital, que la persona humana tiene derechos sociales y que la solidaridad debe ser campo de acción permanente si queremos avanzar en desarrollo. Si en este tiempo preelectoral logramos algunos acuerdos en el campo de la solidaridad, daremos pasos reales para superar la desigualdad. Si somos incapaces de acuerdos, la desigualdad continuará rompiendo cohesión social y esperanzas ciudadanas.