Me cuesta escribir de Guatemala. Mi tesis, la que me tiene en tierras mexicanas, no es de México. Quiso ser de Centroamérica. Vivir en un país tan grande como México me hizo apreciar lo pequeño del mío, y lo poco que sé de lo que está a la par mía. Guatemala, por ejemplo. Al final, elegí a ese país además de Costa Rica y El Salvador.

Me cuesta escribir de Guatemala, porque no importa cuánto tiempo me la pase leyendo libros de Guatemala hay algo inconcluso. En julio de este año tuve la oportunidad de estar en Guatemala un par de semanas. No podía escribir de un país a base de puro datos (bueno, en realidad sí se puede, pero me parece muy difícil). Y uno va ahí preguntando qué hace que ese país sea cómo es. Es una pregunta difícil que uno no puede contestar ni siquiera desde su propio país.

Leyendo me fui dando cuenta de un paralelismo tenaz con la historia salvadoreña. Un café, unos ejidos, una clase dominante. Luego las diferencias: la presencia indígena, la participación de la iglesia en la abolición de tierras comunales. La heterogeneidad maya, me digo. Ahí entonces, me entra un sinsabor, un vacío con fecha: un 1932 salvadoreño que nos separa. Después más coincidencias: mientras en 1944 en El Salvador se sustituía al general Maximiliano Hernández Martínez, Guatemala también se deshacía de su propio dictador, Federico Ponce Valdés, por un movimiento también con un apoyo empresarial y burgués. Sigo. Se nos adelantaron en la guerra. Les duró más, pienso. Firmaron unos acuerdos. Y sí, los acuerdos de Guatemala son más comprometidos. Tienen metas económicas y de desempeño fiscal. Pero también una paz que se construye con ajuste estructural.

Entonces las calles anchas de la antigua Capitanía General no solo se me hacían bonitas por anchas, ni sus edificios hermosos nomás por su estilo medio francés en el centro. No. Guatemala enamora, me dije. Porque soy esta mujer que tiene amor por las patrias que podría clasificarse de parafilia. Además soy de fácil convencer o es Guatemala la mujeriega que sabe cómo ganarse mi cariño. Entonces en la fiesta, en los eventos, en la cotidianidad, conviví con más gente. La gente es de risa fácil. Nos parecemos los salvadoreños y los guatemaltecos, pensé y pienso aún. Quizás demasiado. Y a veces somos tan ajenos.

Sigo escribiendo de Guatemala y entonces pasan las protestas en Totonicapán. Silencio en El Salvador, casi no se supo en los medios. Quizás no entendamos lo que significa que en las protestas civiles se mate gente, ocho, y que quede una treintena de heridos. Quizás no entendamos eso con nuestros 70,000 muertos de un conflicto armado de 12 años. O quizás ya estemos cansados de entender y no queramos entender ni siquiera a los vecinos.

Recientemente, un terremoto afectó sobre todo la zona occidental de Guatemala, zona donde se concentra gente pobre y que coincide con ser la misma gente indígena. Porque esa coincidencia atroz e histórica persigue a nuestra vecina Guatemala.

El Salvador, sin salida al Atlántico, con menos tierra pero gemelo de nacimiento, es a veces demasiado ensimismado en su tamaño. Y digo, quizás aprendamos algo de entender las semejanzas y diferencias con nuestros vecinos. Demasiados “quizás” en mis pensamientos. Porque las certezas, sobre todo las académicas, se me acaban donde empieza el cariño. Y por eso, me cuesta escribir de Guatemala.