Cada cinco años con el inicio de un nuevo gobierno se hacen planes y programas”. Con el lapicero, recorrió la línea hasta llegar a la cresta de las ondas y me explicó: “Cuando está por acabarse el período presidencial, caen los esfuerzos y el nuevo gobierno destruye todos los avances anteriores”. De nuevo me señaló los valles en la línea ondulada. “No tenemos horizonte de largo plazo”, dijo don Luis y finalizó dibujando una línea recta.

Fue la primera persona a la que escuché hablar en serio de visión país, tenía una teoría personal sobre el tema, la llamaba “los ciclos oscilantes”. Siempre se encargaba de decir que no podíamos seguir planificando el desarrollo en ciclos de cinco años. Recuerdo cuánto sentido tuvo su breve y concisa explicación. Él era así. Sus argumentos eran coherentes y sencillos, distantes de las gastadas jergas burocráticas y pretenciosas.

El 27 de febrero nos dejó Luis López Lindo, quien fue director ejecutivo del Consejo Empresarial Salvadoreño para el Desarrollo Sostenible (CEDES) durante más de 10 años. De 2006 a 2012 tuve la oportunidad invaluable de tenerlo como jefe. Jamás levantó la voz, escuchaba atento, no perdía la cordura, era optimista y sensato, transparente en sus negociaciones, nunca llegaba tarde, era extremadamente ordenado, y respetuoso.

En cierta ocasión leyó un buen libro, “No te ahogues en un vaso de agua”. Su bondad era tal que escribió un resumen de cada capítulo y lo compartía semanalmente con sus amigos y colegas. “No sufras por pequeñeces, aprende a escuchar, permite que los demás tengan la razón” eran algunos de sus consejos.

Cuando tenía un nuevo proyecto lo iniciaba de inmediato, priorizaba e iniciaba las tareas. Incluso tenía una visión para mi carrera profesional. “De CEDES quiero que te vayas a estudiar una maestría”, me decía.

En estos días en los que a muchos líderes se les dificulta “descentrarse” del poder y pensar en el largo plazo de la sociedad; don Luis vivía coherentemente en cada aspecto de su vida, trabajaba desde muy temprano para dejar la semilla del país sostenible con el que soñaba para sus nietos y las futuras generaciones.

Cuando asistíamos juntos a reuniones, yo caminaba apresurada a la par suya, casi corriendo. Don Luis daba pasos largos y tranquilos, un paso suyo eran dos pasos míos. Hoy más que nunca me hace sentido esa imagen. Observo su vida con respeto y siento literalmente cómo dos de mis pasos apresurados son pequeñitos para seguir sus huellas.

Aun en medio de la tristeza que causa su muerte veo más claro su ejemplo, sus esfuerzos carecían de alardes, pero los frutos de su vida son reales en su familia, en su trabajo, en su rol como ciudadano.

En la oficina recibimos mensajes desde todo el mundo: Barcelona, Ginebra, Nicaragua. Qué lindo es que al final de la vida tantas personas reconozcan que se estuvo ante un hombre maravilloso. El mundo necesita más seres humanos como don Luis, visionario, noble, auténtico, y sobre todo coherente en la construcción de un mejor El Salvador.