El último informe de la OCDE: Panorama de la educación mundial 2012, señala: “Desde hace algún tiempo, los panoramas educativo y económico globales han experimentado una rápida transformación, estimulada en forma considerable por dos cambios fundamentales. El primero es el ascenso continuo de la economía del conocimiento, el cual ha creado nuevos y poderosos incentivos para que las personas forjen sus capacidades por medio de la educación... y para que los países las ayuden a hacerlo. El segundo fenómeno –el cual está estrechamente relacionado con el primero– es el crecimiento explosivo de la educación superior en el mundo entero, mismo que ha aumentado las oportunidades para millones de seres humanos y expande de manera espectacular el acervo de talento global de individuos con un alto nivel educativo”.

Es posible que alguien pueda increpar los argumentos de los contrastes anteriores con la pregunta: ¿Y con qué recursos va iniciar una reforma, transformación o cambio, ante semejante crisis fiscal? La respuesta podría fijarse sobre la base de ciertos valores de futuristas: creatividad, valor, audacia, pensamiento alternativo, y respaldada con algunas iniciativas de las cuales ya hemos escrito: un impuesto educativo, un plan nacional inclusivo o un llamado a la comunidad internacional sustentado en un proyecto de país de largo plazo.

Nada de esto sucede... el país sigue polarizado e ideologizado; los mismos problemas del pasado están ahí, latentes y tradentes: el transporte público, los excombatientes, los vendedores informales, las gremiales de maestros protestando, los hospitales en ciclos de carencias; marchas van y marchas vienen, cada semana es el turno de un sector social descontento; no se logran consensos ni administración de disensos; la historia se repite... hasta en la federación de fútbol.

El futuro de los niños y jóvenes tiene los dados cargados por la predestinación y el determinismo de nuestra clase política y empresarial; no hay diálogo ni debate, solo acusaciones, mensajes subliminales y acciones de hecho vergonzosas. Convivimos, en nuestro Pandemonium: con el demiurgo gubernamental, con el autismo legislativo, con la injusticia judicial, con la avaricia empresarial; habrá excepciones, sin lugar a dudas, pero tienen poco poder, espacios y es posible que ya estén aburridos o decepcionados de ver sus ideas naufragar en un océano de incertidumbre.

La gente aún se pregunta por el cambio, y cada cinco años se ofrece un nuevo rumbo pleno de promesas; el marco de los cambios siempre es de forma y no de fondo; y lo cierto es que un cambio necesita una postura “radical”, no fanática, pero sí determinada, rigurosa y con un objetivo firme. El cambio está oculto en la educación...