Por tradición, el Día del Trabajo tiende a presentar en todas partes tintes y matices reivindicativos, a partir de la percepción de que el sector laboral es la parte débil dentro del esfuerzo productivo en cualquier sociedad. La aspiración justiciera y equitativa que reconozca, favorezca y estimule a los sectores que por distintos motivos han tenido y siguen teniendo menos oportunidades de progreso y más dificultades de supervivencia es legítima y necesaria para asegurar la armonía social y el progreso sostenible, siempre que se ejerza en paz y en orden; pero el esfuerzo progresista no se puede ni se debe quedar en el plano reivindicativo: es imperativo que avance hacia niveles superiores de autorrealización de las personas, independientemente de su condición socioeconómica, de su adhesión política y de su nivel cultural.

En este tiempo en que las comunicaciones se abren con una amplitud y una efectividad sin precedentes, y en que los dinamismos propios del mundo globalizado van poniendo al ciudadano en posición cada vez más visible, los efectos de las distorsiones productivas prevalecientes y de los esquemas políticos imperantes a lo largo y a lo ancho del mapamundi propician un contraste verdaderamente dramático y en muchos sentidos lacerante. Fenómenos de deterioro en la economía, en el empleo y en el llamado Estado de Bienestar como los que ahora mismo se están viendo en países europeos que se consideraban ubicados en un plano de prosperidad permanente nos indican que el progreso hay que cuidarlo responsable y constantemente en cualquier parte. Entendámoslo todos: la prosperidad es esfuerzo diario.

A estas alturas, y luego de vivir tantas experiencias en el proceso evolutivo tanto internacional como nacional, ya no debería haber ninguna duda en cuanto a que los distintos actores del desarrollo social –y muy en concreto, el capital y el trabajo– tienen funciones que no son sustituibles y que desde luego son complementarias. No es casual que todos los experimentos ideológicos que se han propuesto el cambio de sistema hayan ido desfalleciendo en el camino, como fantasías inútiles. Lo que queda demostrado de manera fehaciente, sobre todo desde el derrumbe de la bipolaridad entre capitalismo y socialismo allá al final de la penúltima década del pasado siglo, es que todos los factores productivos son insustituibles. Lo que hay que hacer es potenciarlos a todos, de tal manera que cumplan sus respectivos roles de manera justa y responsable.

En nuestro país, tenemos ahora mismo un serio problema de empleo, especialmente radicado en el sector de la juventud. La tarea, en ese sentido, se orienta a crear oportunidades laborales que propendan a asegurar una vida digna y un horizonte de superación constante. Esto no puede lograrse sino sobre la base del crecimiento económico en la proporción y en la progresión debidas. Dicho mejoramiento no puede ser mero producto de la voluntad política del momento, porque lo que no tiene sustentación permanente acaba siendo irrelevante.

Requerimos un verdadero pacto nacional que impulse la productividad, actualice la competitividad y atraiga la inversión tanto interna como externa. Sólo en esa forma se podrá generar una dinámica de progreso efectivo, de la que todos podamos obtener los beneficios correspondientes, en función de un país más humano, más convivible y más estable en todos los órdenes. Este Día la reflexión y la voluntad tendrían que orientarse en esa línea.