Por ejemplo, el hecho de que desde 2009 haya una Sala de lo Constitucional que se les haya salido del carril a los poderes establecidos es un signo palpitante de ello.
Tenemos ya casi 32 años de haber emprendido la andadura democratizadora, desde aquellas elecciones para Asamblea Constituyente que tuvieron lugar a inicios de 1982. Tal experiencia inicial coincidió con la etapa más aguda de la guerra, porque entonces estaba muy viva la voluntad guerrerista de ambas partes, y todo parecía indicarles que el desenlace del conflicto bélico sería militar. Sin embargo, la guerra se extendió en el tiempo, a la par del avance del proceso democrático, que vivió elecciones en 1985, 1988 y 1989. Hubo tiempo de hacer la primera alternancia, que no se vio con tanto dramatismo como la de 2009, porque se dio entre la Democracia Cristiana y el partido ARENA. Fue en realidad a partir de 1992 que el escenario político se abrió a una competencia en serio, al ingresar el FMLN al campo legal.

En estos ya más de 21 de posguerra la política prácticamente ha copado todos los espacios de la vida pública del país. Pero en verdad el verdadero pulso decisivo viene dándose entre las viejas prácticas que se niegan a desaparecer y las nuevas exigencias que impone la lógica democrática. Y en el centro de todo ello está la suerte del Estado de Derecho; es decir, la suerte de la legalidad como marco definidor de todos los comportamientos nacionales, tanto públicos como privados. Aquí hay un tema de voluntades pero también de atmósfera. Las voluntades, en buena medida, continúan resistiéndose —con más o menos manifestación explícita— a que la ley lo rija todo como debe ser, pero la atmósfera de la democracia en movimiento se halla cada vez más cargada de mecanismos de defensa de la legalidad, sobre todo desde el plano de la conciencia ciudadana.

La evolución del Estado de Derecho, como ocurre con todos los dinamismos modernizadores que están llamados a transformar prácticas viciosas muy bien arraigadas, es un proceso que inevitablemente va pasando por distintas etapas. En un primer momento, los intereses establecidos “fingen demencia” al respecto, queriendo garantizar con tal actitud que, al estilo del Gatopardo, las cosas cambien sin cambiar.

Ese es, por supuesto, un recurso que nace fallido, aunque por algún tiempo pueda parecer eficaz para el logro de sus propósitos. La evolución tiene no sólo su curso, sino sobre todo su lógica, y dentro de esta se halla la función acumulativa de los hechos. El proceso acumula experiencias y exigencias, y así se va consolidando a sí mismo, en función de alcanzar las metas ordenadoras y racionalizadoras que le corresponden.

Luego viene la etapa de la formalidad, que pretende justamente guardar las formas pero sin comprometerse a honrar los contenidos. Así, en nuestro ambiente, tenemos infinidad de leyes que están ahí, pero que no se cumplen como debe ser y en la dimensión que debe ser. Esto no es nuevo, y la mejor prueba de ello está en lo que pasa con la Constitución misma que, no por ser conocida como la Carta Magna, deja de quedar expuesta en tantos sentidos a ser prácticamente “letra muerta” o al menos “letra letárgica”. Es lo que podríamos llamar, en frase metafórica, la legalidad esquelética, porque tiene estructura ósea pero no tiene músculos ni tejidos suficientes para funcionar como un ser vivo. Lo destacable hoy es que todas estas realidades son cada vez más visibles, y, por ende, más criticables. El Estado de Derecho es ahora tema de discusión abierta.

Vamos avanzando, sin duda, pese a la infinidad de incidentes, quiebres y quebrantos que el proceso de afirmación real de la legalidad tiene que encarar en el día a día. Hay hechos y datos que son muy reveladores al respecto. Por ejemplo, el hecho de que desde 2009 haya una Sala de lo Constitucional que se les haya salido del carril a los poderes establecidos es un signo palpitante de ello. El Estado de Derecho, para que cumpla su verdadera misión a cabalidad y a plenitud, debe hacerse normal en todo ámbito y sentido. La auténtica normalidad llega cuando el Estado de Derecho ni siquiera se percibe de tan natural que resulta en la vida de la sociedad y de la institucionalidad. Vamos en esa ruta, y en verdad –optimismo aparte— lo que vemos son las patadas de ahogado de las antiguas prácticas arbitrarias y antidemocráticas.